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Biden: «Terminemos el trabajo» Wednesday, 08 February 2023


El presidente aprovecha su discurso sobre el Estado de la Unión para dibujar las líneas maestras de su campaña de reelección


Para quienes intentaban ayer leer en los posos del café las intenciones electorales de Joe Biden, el presidente se lo puso muy claro y hasta les dio lo que puede ser el eslogan de su próxima campaña. «Terminemos el trabajo», repitió siete veces.

La primera mitad de su discurso de casi una hora y cuarto estuvo dedicada a declarar la buena salud de la economía estadounidense, que «hace dos años se estaba tambaleando». Biden puede presumir de un desempleo históricamente bajo -3.4% de paro, el más bajo del último medio siglo-, pero insiste en apuntarse también la creación de 12 millones de puestos de trabajo, «más de lo que haya creado ningún presidente en cuatro años de mandato», lo que incluiría también la reposición de todos los empleos que se terminaron durante la pandemia y volvieron a cursarse cuando se reactivó la maquinaria económica.

Estados Unidos ha evitado, por el momento, el fantasma de la recesión gracias a fuertes recortes de los tipos de interés, pero la inflación, la crisis energética y la subida de las hipotecas han tatuado en la mente del electorado que el país está mucho peor de lo que estaba cuando él tomó el poder hace dos años. Por eso Biden les prometió anoche construir una economía de abajo hacia arriba, «donde a la clase media le vaya bien, los pobres tengan una escalera para subir y a los ricos les siga yendo muy bien».

Es la eterna promesa de las campañas demócratas, en las que el caso de Warren Buffett, que dice pagar menos impuestos que su secretaria, se repite irremediablemente. «La idea de que en 2025, 55 de las mayores empresas de Estados Unidos ganen más de 40.000 millones en beneficios y paguen cero en impuestos federales, simplemente no es justa», entonó. Su plan obligará a que todas las empresas de más de mil millones de dólares paguen un mínimo del 15%, «menos que una enfermera», aclaró, «porque ningún multimillonario debería pagar menos que un maestro o un bombero».

Quedaba bien atacar a las petroleras y a las farmacéuticas, particularmente a las primeras, «que el año pasado ganaron 200.000 millones en medio de una crisis energética global», y utilizaron ese dinero para recomprar sus propias acciones, recompensando a sus consejeros delegados y accionistas. «Acabemos el trabajo y cerremos las lagunas legales que les permiten a los muy ricos evitar el pago de sus impuestos», pidió.

Hay que rematar también la tarea de reducir el precio de medicamentos clave como la insulina, que lleva en circulación cien años y solo cuesta a las farmacéuticas 10 dólares, pero arruina la vida de millones de diabéticos. «No os preocupéis, que Big Pharma no se va a arruinar», dijo irónico al recordar que su gobierno ha limitado el precio de la insulina para los jubilados con seguro subvencionado por el gobierno a 35 dólares al mes, en «una de las más de 300 leyes bipartidistas» que ha firmado.

Biden necesita venderse a la gente de la calle como alguien capaz de sentir las penurias de la clase trabajadora para volver a conectar con ella. Si la misión tradicional de un presidente en su situación es demostrar que puede trabajar con la oposición, el reto de Biden para las próximas elecciones es superar las reticencias de que a sus 86 años que tendría cuando acabe su segundo mandato puede tener la energía y la cabeza para hacerlo. El mandatario es ya el presidente de más edad en la historia del país, y ese es el argumento más habitual que dan en las encuestas los que no quieren que se presente a la reelección.

Para demostrarlo, salió a la cancha como si lo hubieran dopado, leyendo del teleprónter a toda velocidad, en un estilo agitado y combativo, que solo fue relajando cuando pasó de la mitad económica y social, que se espera sirva de base a su campaña. Todos los proyectos de la agenda para los que retó a los republicanos a trabajar juntos se quedarán probablemente en nada, como demuestran las irreverentes interrupciones del ala más extremista del Partido Republicano, donde la congresista Marjorie Taylor Greene y otros se levantaron del asiento para llamarle «mentiroso».

El momento más tenso fue cuando el presidente acusó algunos elementos republicanos de querer obligar a su gobierno a recortar la Seguridad Social y las subvenciones de sanidad para jubilados, a cambio de expandir el techo de la deuda, algo que, dijo, no permitirá que ocurra. Era, en realidad, una encerrona. El mandatario sabía que los macarras del partido conservador se levantarían sin decoro en pleno discurso al escucharlo, por lo que una vez que dejaron claro que mentía, aprovechó la oportunidad para tomarles la palabra. «Vale, y como aparentemente todos estamos de acuerdo, la Seguridad Social y Medicare están fuera de la mesa, ¿no?«. Y así ,en directo, frente a las cámaras y con toda la nación por testigo, acababa de sacudirse el primer escollo de la negociación más clave con la que tendrá que salvar la reputación crediticia de Estados Unidos antes de junio.

Paliza mortal

Como Clinton y Obama tras perder el control del Congreso en las elecciones de medio mandato, el mandatario necesita demostrar que es capaz de trabajar con la oposición. Los temas de más consenso los trajeron algunos de los invitados, como los padres de Tayre Nichols, enterrado la semana pasada después de recibir una mortal paliza a manos de cinco policías negros, la embajadora de Ucrania, Oksana Markarova, a la que allí mismo prometió seguir dando apoyo a su país «tanto tiempo como haga falta», y Paul Pelosi, que aún se recupera de los martillazos que le dio en la cabeza un psicópata intoxicado por la radicalización política del país. «No hay lugar para la violencia política en Estados Unidos», insistió el presidente. Sentado entre sus invitados, el cantante de U-2, Bono, representaba el bipartidismo que quiere alcanzar.

Con todo, los analistas de la cadena Fox le encontraron particularmente combativo y echaron en falta más explicaciones de los temas que preocupan a la derecha: la crisis fronteriza y la desatada con China tras el derribo de un globo espía. Biden pasó de puntillas por esas crisis que añade a su cuenta de éxitos y prefirió terminar su discurso al estilo Obama. «Nunca he estado más optimista sobre el futuro de Estados Unidos», afirmó en el epitafio hollywoodense. «Solo tenemos que recordar quiénes somos: somos los Estados Unidos de América y nada, nada, está por encima de nuestra capacidad si lo hacemos unidos».

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