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La industria española gasta el doble de energía que la europea por cada euro que produce Sunday, 12 February 2023


La industria española gasta casi el doble de energía que la media europea para producir lo mismo. El sector manufacturero español ya arrastraba un grave problema de competitividad antes de la crisis inflacionista, según un estudio del profesor Roberto Gómez-Calvet, de la Universidad Europea de Valencia, a partir de los datos de Eurostat de 2019. Para generar un millón de euros de valor añadido, las factorías nacionales empleaban entonces cerca de 49 terajulios, que equivalen al consumo del Ayuntamiento de Madrid (alumbrados, semáforos, edificios oficiales...) durante ocho días. En cambio, en el conjunto de la UE la cifra desciende hasta rozar los 26 terajulios, un 47% menos.

Los récords del gas y la electricidad que se han sucedido desde el verano de 2021 podrían haber ampliado una brecha que dificulta la capacidad de nuestro sector secundario para medirse en pie de igualdad con el del resto del continente.

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La investigación, que se resume en el último número de la revista Panorama Social —editada por la fundación de las antiguas cajas de ahorros (Funcas)—, corrobora cómo la industria constituye una anomalía negativa en el panorama productivo español. Mientras la intensidad energética de la mayoría de los sectores se encuentra por debajo de la media europea, la de las manufacturas se dispara y provoca que, en conjunto, España presente unos datos peores que el bloque comunitario: para generar un millón de euros de PIB, nuestro país necesita 11,9 terajulios de energía, frente a los 10,7 de los Veintisiete.

¿A qué se debe este desfase? Gómez-Calvet asegura que su estudio no entra en valorar las causas, pero apunta a varios posibles factores. La intensidad energética se calcula como un cociente entre la energía consumida y el valor añadido generado (producto interior bruto). Por tanto, para que este indicador crezca, solo caben dos posibilidades: o un mayor gasto energético o un menor PIB. Es posible que el mal dato de la industria española en relación con sus vecinos se deba a ambos factores.

El peso de las pymes

Por el lado del numerador, el problema radicaría en la escasa eficiencia energética de las factorías españolas. Gómez-Calvet señala que esto es posible debido a uno de los grandes hándicaps de nuestro tejido productivo: el limitado tamaño de las compañías. Según la última estadística estructural de empresas del sector industrial, que elaboró el Instituto Nacional de Estadística (INE) en 2020, España cuenta con 188.000 corporaciones dedicadas a las manufacturas, de las que solo 15.000 (un anecdótico 8%) emplean a más de 20 trabajadores.

A diferencia de lo que ocurre en otros países de nuestro entorno, el hecho de que el mercado esté atomizado supone un lastre para la competitividad, como ha destacado en numerosas ocasiones el Banco de España. En este estudio, publicado el pasado abril, los investigadores del regulador llegaban a una conclusión contundente: "A mayor tamaño de la empresa, menor es su gasto energético como proporción de su cifra de negocio". En especial, apuntaban, en aquellos sectores que más consumen. Juan Carlos Jiménez, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, recuerda que la lógica de las economías de escala beneficia a las plantas de mayor tamaño.

Las industrias españolas no tienen margen para trasladar los costes energéticos si no quieren verse superadas por las de los países emergentes

Con menos personal especializado en optimizar los procesos, es muy difícil que el tejido industrial pueda aumentar su productividad, otro de los lastres de España desde hace al menos dos décadas. Sin embargo, el carácter netamente exportador de nuestra economía, con ventas al exterior que baten récords y consolidan una década con la balanza comercial en positivo, obliga a vender a un coste muy ajustado si se quiere competir fuera, sobre todo en el caso de las empresas más pequeñas, con un poder de mercado limitado.

La necesidad de vender barato

Esto también empeora el dato de la intensidad energética, al reducir el denominador y disparar el cociente final. "O eres diferente o eres barato", remacha Gómez-Calvet. En el caso de España, la escasa especialización de nuestro sector industrial, más enfocado en actividades tradicionales —donde tiene que competir con los países emergentes en precios— que en las punteras, puede ser otra de las posibles causas.

Foto: Fábrica de Ford en Almussafes. (EFE/Kai Forsterling)
La industria empieza a trasladar los menores costes de producción y baja sus precios un 4%

Aunque la estadística de intensidad energética no tiene en cuenta lo acontecido en los últimos tres años, marcados por el covid y la crisis inflacionista, los indicadores más recientes ayudan a explicar el dato. Mientras que los márgenes de las empresas que venden en el mercado interno han aumentado notablemente, según la Central de Balances del Banco de España y las cifras de recaudación del impuesto de sociedades que publica Hacienda, los de las que venden en el exterior se mantienen muy ajustados.

El precio de la energía

Las compañías españolas no tienen campo para imputar el aumento de los costes energéticos al precio final si no quieren verse superadas por las de China, la India o los países del este de Europa, lo que previsiblemente habrá aumentado aún más la intensidad energética desde el estallido de la crisis inflacionista. Otros dos datos: la industria ya está trasladando a los precios la caída de la energía en los últimos meses, a diferencia de lo que ocurre en otros sectores, y su margen de beneficio ha caído a mínimos históricos.

Los elevados precios del gas o la electricidad constituyen un problema global, pero con unas peculiaridades propias en España que van más allá de la presente coyuntura. Ya antes de los récords del último año y medio, la industria nacional soportaba un abastecimiento más caro que el del resto de Europa, debido a las menores ayudas del Estado. El sobrecoste, pese a representar una pequeña parte de los inputs en la mayoría de las empresas, supone un lastre para la competitividad de las manufacturas autóctonas, como demostraron en su día Agustí Segarra y Joan Batalla en este estudio publicado por Funcas.

Según el Ministerio de Industria, el precio neto medio de la luz para el consumidor industrial en España ascendió a 97 euros el megavatio hora en 2021, frente a los 82 euros de Alemania, los 74 euros de Francia o los 88 de la media de la zona euro. Además, Jiménez recuerda que las manufacturas nacionales dependen de la electricidad en mayor medida que las de otros Estados miembros, con un peso superior del gas, más eficiente. De hecho, el hidrocarburo sirve en ocasiones para producir la misma corriente con la que se alimentan las fábricas, por lo que emplearlo directamente ahorra un proceso de transformación.

Foto: Foto: EFE/Chema Moya.
¿Quién gana con el IPC? La alimentación sacrifica márgenes, las energéticas los disparan

La energía más cara contribuye a incrementar la intensidad, al reducir el denominador: si el bien final se vende al mismo precio, pero el coste de los factores productivos es mayor, el valor añadido que se obtiene es más bajo.

Esta brecha no tiene visos de haber mejorado durante la crisis energética, a tenor de los históricos subsidios aprobados por las principales potencias industriales del euro, especialmente Alemania, para que las factorías puedan hacer frente al incremento de los precios. El informe anual de la Agencia Internacional de la Energía sobre el mercado de la electricidad, conocido esta semana, pone el dedo en la llaga: Madrid solo ha dedicado 500 millones de euros en ayudar al sector secundario, frente a los 25.000 millones de Berlín.

Foto: Un trabajador limpia un horno de fundición de acero. (EFE/Focke Strangmann)
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Como resultado, el consumo energético de la industria se ha desplomado desde el inicio de la espiral inflacionista, mientras los empresarios piden medidas mucho más ambiciosas, como doblar el presupuesto para bonificar el pago de los derechos de emisión. Según el Ministerio de Transición Ecológica, el apoyo del Estado ha permitido reducir un 34% el precio que paga la industria por la electricidad respecto al que soportaría si el Gobierno no hubiese hecho nada, una cifra que se eleva hasta el 37% en el caso de los consumidores intensivos, que cuentan con un estatuto especial. Pero ni siquiera así se han podido evitar los parones en diversas factorías, como las metalúrgicas.

El efecto composición

Según la Encuesta de consumos energéticos del INE, la industria del metal es, junto a la agroalimentaria y la química, la que más energía consume. La composición de la actividad secundaria en España también podría ayudar a explicar una parte del diferencial con el resto de Europa, especialmente por la incidencia de las cementeras, las cerámicas, las papeleras o las vidrieras, de acuerdo con un gran conocedor del sector que se muestra sorprendido por el tamaño de la brecha.

En el lustro que va de 2014 a 2019, la intensidad energética se redujo ocho puntos en la Unión Europea, pero solo ocho décimas en nuestro país

Sin embargo, países como Alemania, la locomotora fabril del continente, también presentan un gran peso de las actividades electrointensivas, y un reciente estudio del Banco de España certifica que la crisis actual afectará más al valor añadido de sectores como el textil o el automóvil que a los anteriormente citados.

Gómez-Calvet concluye que, de momento, resulta imposible corroborar la hipótesis del efecto composición, debido a la falta de datos de intensidad energética por subsectores. Y Jiménez añade: "Puede tener algún papel, pero difícilmente puede entreverse que sea el decisivo". Según el profesor de la Universidad de Alcalá, ese rol le correspondería al tamaño de las empresas.

Foto: Trabajador en una fábrica de producción de acero. (EFE)
La gran industria advierte del riesgo de deslocalización por el coste récord de energía

El problema de España no parece ser tanto lo que fabrica, sino cómo lo fabrica: con demasiadas pymes, escasa eficiencia energética, elevados precios de la electricidad y bajos precios de venta ante la necesidad de dar la batalla en costes con el exterior por la ausencia de una industria puntera que apueste por la diferenciación.

Además, la tendencia no mejora: en el lustro que va de 2014 a 2019, la intensidad energética se redujo ocho puntos en la Unión Europea, pero solo ocho décimas en nuestro país. Competir así resulta misión imposible.

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