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’Irati’: Euskadi ya tiene su propio ‘Juego de tronos’ (más o menos) Friday, 24 February 2023


Es imposible no aplaudir la audacia y la ambición del director alavés Paul Urkijo. Después de una carta de presentación en 2017 como Errementari (El herrero y el diablo), Urkijo vuelve a recurrir a la mitología vasca en su segundo largometraje, Irati, viajando esta vez hasta el siglo VIII, a las montañas del norte de la península Ibérica en las que los líderes vascones repelían los envites del Imperio carolingio por el norte y al empuje de los omeyas por el sur.

Urkijo hace algo inaudito en el cine español: plantea una épica a gran escala, con batallas medievales, con mucha sangre y mucho barro, con espadas y caballos, y lo hace como refutación de que en España no hay músculo ni intención de hacer ese tipo de cine, más allá del plató para las superproducciones yanquis en el que nos hemos convertido. Urkijo, admirador declarado del cine fantástico, se ha atrevido con una historia de herencia hamletiana, en la que el joven guerrero vasco Eneko, hijo de uno de los líderes regionales, vuelve a casa varios lustros después de haber escapado de una muerte probable a manos del ejército franco. Cotas de malla, mística y elementos fabulosos: Euskadi ya tiene su propio Juego de tronos, y es este.

El riesgo de la apuesta de Urkijo y sus productores es grande: una película de época, ambientada, además, en la Edad Media —de la que no hay muchos referentes en la cinematografía española—, con actores desconocidos para el gran público —Eneko Sagardoy, ganador del Goya a actor revelación en 2017 por Handia, es el rostro estrella— y en la que se mezcla el castellano con el euskera. Ya solo por echarse tantos obstáculos a la espalda, Irati merece el aplauso de nadar a contracorriente y huir del algoritmo del éxito, de esos productos de diseño IKEA, que deben gustar igual en Boston y en Alpedrete. Vale que Urkijo recurre a los códigos del blockbuster, pero lo hace desde las raíces, desde lo idiosincrásico de la cultura vasca, desde lo específico sus tradiciones.

Una imagen apabullante de ‘Irati’. (Filmax)
Una imagen apabullante de ‘Irati’. (Filmax)

Inspirada en la novela gráfica El ciclo de Irati, de Jon Muñoz Otaegi y Juan Luis Landa, Irati parte de una base histórica, entre ellas la batalla de Roncesvalles, cuando los vascones derrotaron al ejército de Carlomagno después de que este destruyese los muros de Pamplona, y una parte fantástica basada en los mitos y leyendas de la tradición vasca, muy apegadas al bosque y a la naturaleza. Irati, la protagonista, interpretada por Edurne Azkarate, representa esa matria simbólica y mágica, esa naturaleza indómita y ancestral, mientras que el protagonista, Eneko (Eneko Sagardoy), representa la institucionalización, la imposición de culturas y religiones foráneas, como las dos venidas de Oriente Medio: el cristianismo de Eneko y el islamismo de los musulmanes.

Hay muchas cosas en común entre The Northman e Irati, que solo pueden ser producto de una cultura compartida —Hamlet, inspirado en Amleth, mito nórdico— y de la casualidad —la película de Eggers se estrenó cuando Irati ya estaba rodada—. La primera transcurre en el siglo X en tierras vikingas, pero el punto de partida es muy similar: un príncipe desheredado que vuelve a recuperar su trono. En ambas, hay un estudio antropológico de las costumbres, los ritos y las supersticiones, en una reinterpretación del género de espada y brujería que busca una mayor fidelidad a las certezas históricas que, pongamos, un Conan, el bárbaro (1982). Ambos cuentan también con la ayuda —y el interés amoroso— de mujeres con sensibilidades animistas.

La lamia es una especie de genio del bosque con pies de gallina y cuerpo de mujer. (Filmax)
La lamia es una especie de genio del bosque con pies de gallina y cuerpo de mujer. (Filmax)

Eneko debe reafirmar el poder de su linaje en el valle, con lo que recurre a la ayuda de Irati, que es la única que puede ayudarlo a encontrar los huesos de su padre, la prueba de que él es el legítimo heredero. El choque entre la fuerza natural de la mujer, a la que todos ven como una vagabunda fuera del sistema, y entre el hombre, el que se impone a través de la fuerza y la violencia, centra la relación entre ellos. Las mujeres construyen, alimentan; los hombres destruyen. Las mujeres temen a los hombres, pero, quizás, ellos también deberían temer el poder de ellas, mucho más oculto y primitivo, como el de esa lamia —bruja del bosque con patas de gallina— que arrastra a los hombres a la perdición a través de su deseo.

El gran fuerte de Irati es el uso de unos paisajes que huelen a húmedo: esos bosques frondosos, esas cuevas, esa orografía agreste y poderosa que tan bien le sienta al cine. Pero, quizás, la ambición de Urkijo y su equipo sea mayor que las limitaciones presupuestarias y la complejidad narrativa del filme, que cuenta con muchos elementos que ensamblar: el mito, la historia de amor, el cine épico de aventuras. Y, a veces, es difícil hacer malabares con todos ellos. Urkijo también demuestra una pretensión estética, en la que cada plano busca sobrecoger y trasladar al espectador a esa linde entre lo real y lo ilusorio. Aunque el trabajo con los volúmenes y las texturas no acaba de afinarse, Irati demuestra que detrás de la cámara existe un cineasta realmente apasionado y tenaz, y que, si alguien puede seguir los pasos de un director como Bayona, alguien resolutivo y capaz de unir el lenguaje de Hollywood con una sensibilidad muy propia, es sin duda, él.

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