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Las cuatro cosas que hemos aprendido sobre nosotros en un año de guerra Friday, 24 February 2023


Hace un año exacto, la mayoría nos acostamos desdeñando la información de los servicios de Inteligencia estadounidenses, que aseguraban que Rusia iba a invadir Ucrania de manera inminente. Desde que nos levantamos al día siguiente, con los tanques rusos en suelo ucraniano, hemos aprendido muchas cosas. No solo sobre Rusia, su líder, su ejército y sus élites, sino también sobre nosotros: los europeos o lo que una vez más volvemos a llamar, en un sentido político, “occidentales”. Estos son, a mi modo de ver, los cuatro aprendizajes más relevantes.

Occidente existe

Esta semana, Giorgia Meloni, la gobernante más de derechas de Europa, acudió a Kiev para mostrar su apoyo a Volodímir Zelenski. La pasada primavera, lo hizo Pedro Sánchez, líder de la coalición más de izquierdas del continente. Alemania, el país grande más pacifista de la UE, le ha mandado tanques; Francia, el país grande que más porcentaje de su PIB dedica a defensa, también. Estados Unidos ha destinado alrededor de 50.000 millones de dólares a ayuda para Ucrania. La unidad de Occidente ante la invasión rusa ha sorprendido a los propios occidentales. Como sucedió durante la Guerra Fría, una parte relevante de estos se opone al choque frontal con Rusia; al igual que entonces, las tácticas de los países son discrepantes y vivimos con la constante sensación de que puede producirse una ruptura. Sin embargo, esta no se ha producido y probablemente no lo haga este año.

Foto: Miembros del Ejército ucraniano disparan un Howitzer M777. (Reuters/Gleb Garanich)
Rusia y Ucrania pasan al ataque y ambos miran al reloj: bienvenidos a la siguiente fase de la guerra

Esta no es una guerra de democracias contra autoritarismos. Ni debe serlo. Pero los valores liberales siguen siendo los preponderantes en Occidente y son más transversales de lo que en ocasiones creemos. De hecho, es posible que la invasión de Ucrania haya dado lugar a una noción más abstracta que la de Occidente: un Occidente global, del que también formarían parte Australia, Nueva Zelanda o Japón. Este, uno de los pocos países que tienen el pacifismo inscrito en su Constitución, afirmó esta semana que mandará 5.000 millones de dólares a Ucrania. Occidente existe: es rico, solo cuenta con poco más de 1.000 millones de personas y el resto del planeta está bastante harto de él. De hecho, cada vez influye menos en el mundo. Pero la invasión de Ucrania ha hecho que su existencia sea ahora más evidente que en décadas.

Los ‘pacifistas’ quieren que Occidente tenga un rival

Una parte importante de los occidentales se opone a esta unidad y contundencia de Occidente frente a Rusia. Muchos, simplemente, son aislacionistas: no consideran a Ucrania un país estratégico para nosotros y creen que es absurdo gastar tanto dinero en defender una zona pobre, corrupta y que a Rusia le interesa mucho más que a nosotros. Otros forman parte de la derecha nacionalista, que ve en Putin un defensor de los valores conservadores, el cristianismo y la democracia bien entendida: el Gobierno de la mayoría que no respeta a las minorías, y la grandeza del Estado por encima de la libertad del individuo común.

La oposición más interesante es la de un sector notable de la izquierda, que sigue considerando que Occidente es arrogante e imperialista

Con todo, la oposición más interesante es la de un sector notable de la izquierda, que sigue considerando que Occidente es arrogante, imperialista y cínico (sin duda es, en distinta medida, las tres cosas). Sin embargo, casi por encima de eso, esa izquierda cree que Occidente es peligroso para los demás y para sí mismo, y por eso siempre defenderá la existencia de contrapoderes que contengan la hegemonía occidental. Saben que Putin es lo más parecido a un gobernante fascista que hay ahora en el mundo, pero pueden tragar con eso: lo importante es que el mundo no sea unipolar. Y su mayor pesadilla no es una guerra fría, sino un mundo sin contrapesos al liberalismo. Si Rusia sirve para compartir la multipolaridad con Occidente, bienvenida sea. Quienes dicen no estar alineados sí lo están: en favor de reducir el poder de Occidente.

Las sanciones no funcionan

Las sanciones económicas parecían, junto con las ayudas militar y financiera a Ucrania, un modelo ideal para que Occidente se implicara en la guerra sin poner un solo soldado en el terreno. De hecho, encajaban perfectamente con la identidad que está adoptando la Unión Europea en el mundo: una gran entidad política que, a falta de capacidad militar, convierte los rasgos típicos del poder blando, como el comercio, las regulaciones, las sanciones o la lucha contra los monopolios, en poder duro. Cuando la UE y Estados Unidos pusieron en marcha el plan de sanciones a Rusia, cuya meticulosidad y ambición tenían pocos precedentes, la sensación fue que este iba a destruir la economía rusa. Se habló de que el PIB ruso podía caer entre una quinta y una cuarta parte. No ha sucedido así: en 2022, la economía rusa apenas se contrajo un 4% y se calcula que en 2023 podría incluso crecer.

El presidente ruso, Vladímir Putin. (EFE/Ramil Sitdikov)
El presidente ruso, Vladímir Putin. (EFE/Ramil Sitdikov)

Occidente existe, pero ahora el resto del mundo es mucho más rico y cuenta con una mayor capacidad de consumo y autonomía, y su voluntad de seguir comerciando con Rusia —aprovechando, en ocasiones, su debilidad— ha hecho que esta haya eludido las sanciones con relativa facilidad. Por supuesto, le están afectando: perjudican a su ejército, a un puñado de individuos y a algunos sectores concretos. Y los planes de que Rusia se vuelva autónoma e independiente de Occidente, algo que Putin lleva repitiendo una década, tienen mucho de fantasioso, a menos que la idea sea sustituir plenamente las compras occidentales por las chinas, lo cual será catastrófico para Rusia. Occidente también debe ser consciente de eso: el poder blando-duro tiene sus límites, como lo tiene el poder pacificador del comercio, y el resto del mundo, en virtud de su creciente autonomía, no va a seguir los dictados estadounidenses y europeos en cuestiones como esta. Es algo incluso bueno. Tenemos que aprender a vivir con ello.

Solo tomamos decisiones cuando se producen ‘shocks’

Alemania se ha desenganchado del gas ruso a una velocidad asombrosa. Casi toda Europa ha reducido el consumo de combustibles rusos sin pasar frío este invierno y sin que eso haya tenido un gran impacto en su economía (la suavidad de las temperaturas ha ayudado). La transición energética se ha acelerado. La inflación ha sido muy relevante, pero no ha hecho que la UE o Estados Unidos revisaran sus planes para la guerra, las ayudas y la desconexión de la economía rusa. La Unión ha aumentado su cohesión interna —incluso con Polonia— y acelerado su planes de integración económica. La idea de una deuda común ya no escandaliza a casi nadie.

Foto: El primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, estrecha la mano del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. (Reuters/Johanna Geron)
Biden corona a Polonia en el aniversario de la guerra con la que recuperó su influencia en la Unión Europea

Con Biden, Estados Unidos ha emprendido el mayor cambio de modelo económico en cinco décadas: inmensas inversiones públicas, proteccionismo, energía verde, guerra tecnológica. Aún no sabemos si todo esto funcionará, ni si será sostenible en el tiempo. Pero sí sabíamos que iba a suceder tarde o temprano. Solo han hecho falta dos enormes crisis encadenadas, la del covid-19 y la de Ucrania, para que los líderes se sintieran con el capital político necesario para convencer a las empresas y a los ciudadanos, y emprendieran una serie de medidas que hace no tanto, por decirlo con la expresión de Javier Gomá, nos parecían necesarias pero imposibles. Es algo a tener en cuenta para el futuro inmediato: probablemente, nuestra desconexión de China será lenta, parcial y renuente. Hasta que, en lugar de globos espía y choques diplomáticos, se produzca una crisis de verdad: entonces, lo imposible parecerá urgente.

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