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La rara valentía intelectual que ha salvado las novelas de Roald Dahl Sunday, 26 February 2023


Lo que ha pasado en semana y media con las novelas de Roald Dahl es edificante. Demuestra por qué hay que levantar la voz y colocar la palabra "idiota" donde corresponde. Puffin, la editorial del autor para el mercado anglosajón, destapó que iba a publicar nuevas versiones pasadas por el filtro políticamente correcto. Ahora sabemos que dan marcha atrás: publicarán la versión empobrecida y moralizada, y también las versiones originales. Que se coman con patatas la inversión.

Llevo suficiente tiempo atento a estas historias como para sospechar, con poco margen para la duda, que hace solo cinco años esta noticia hubiera provocado comentarios privados de irritación, loas al signo inclusivo de los tiempos en grandes medios y protestas de cierto sector de los intelectuales catalogado como "irrecuperable" (el grupo de Steven Pinker, Ayaan Hirsi Ali, Jordan Peterson y compañía). Es decir: se habría contado esta canallada en forma de falsa dicotomía política entre lo aceptable en el siglo XXI y lo inaceptable.

Foto: Retrato de Roald Dahl. (Carl Van Vechten)
La censura idiota contra Roald Dahl contada al estilo Roald Dahl

El miedo de muchos estómagos llenos a protestar habría contribuido a la impresión de legitimidad de la destrucción de la obra original de Roald Dahl. En anteriores polémicas donde han volado adjetivos neutralizadores como "racista" o "machista", mucha gente ha callado. Como consecuencia, se ha despedido a trabajadores, se han sacado obras de arte de museos, se han derribado estatuas, se han cancelado rodajes e incluso se ha cambiado el nombre a edificios, como pasó con la torre Hume de la universidad de Edimburgo, que dejó de recordar al filósofo para no ofender a veinteañeros que fingen sufrir el pasado colonial como un golpe en carne propia.

Y sobre todo, aparte de esto, gente sin talento creativo ha hecho dinero, o fama, trabajando en la deconstrucción ideológica de las obras ajenas. Esto es lo que menos se comentaba, pero lo que más me jode.

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Esta vez ha sido distinto. El péndulo ya está recorriendo su trayectoria para alejarse de la hipocondría cultural. El repudio del mundo de la cultura frente a la invasión mojigata y mercadotécnica de las novelas de Dahl ha sido tajante y clamoroso. Salman Rushdie, a quien Dahl dejó tirado cuando Los versos satánicos provocaron la fetua iraní, dejó el rencor a un lado y enarboló la bandera de la defensa. Hubo protestas desde todos los parámetros ideológicos, notas críticas en medios habitualmente correctos, como El País o The Washington Post, y hasta la reina consorte de Inglaterra se manifestó animando a los autores a sentirse libres con un libro de Dahl en las manos.

Si la "gente sensible" quiere novelas infantiles políticamente correctas, que las escriban ellos y dejen de joder

En pocas palabras, ni las supuestas buenas intenciones de los "lectores sensibles" a los que Puffin contrató la depauperación de las obras de Dahl, ni los argumentos idiotas de la editorial sobre el signo de los tiempos, sirvieron como chantaje emocional efectivo. Se les caricaturizó por su hipersensibilidad arrogante y se hizo peña ante lo evidente: esos libros no requieren la más mínima corrección. Si la "gente sensible" quiere novelas infantiles políticamente correctas, que las escriban ellos y dejen de joder.

Sobre estas empresas de "lectores sensibles" surgidas al calor de las cancelaciones y los escraches ya escribí aquí hace años. Me parecían un síntoma del universo cultural acojonado por las acusaciones categóricas de Twitter. Helen Gould, una de esas "profesionales", explicaba al medio alemán DW su trabajo recientemente: "Cuando gente blanca escribe sobre las historias de personas de color, pueden estar haciendo bromas irónicas o algo así en el texto y es mi trabajo decirles: Oh, no creo que eso vaya a aterrizar". Añadía que ella "lee" (comillas irónicas) haciéndose dos preguntas: "¿Esto puede causar daño? Y si es así, ¿cómo podemos hacer que no cause daño?".

Es decir: los lectores sensibles son gente con todas las actualizaciones de la moral woke instaladas en el cerebro. Capitalizan sus posgrados en estudios anticoloniales y de género y sacan un dinerito a las editoriales con sus "consejos", que son más bien amenazas, pasándose por el arco de Trajano la libertad creativa de los autores. Podríamos decir que, como la mafia, te protegen de las posibles polémicas que provocarán en Twitter las mismas personas a las que les estás contratando el servicio.

El problema no es la crítica estúpida: es la cobardía de quienes no se atreven a llamar estúpida a la crítica

Repito: si tienen una idea sobre cómo deben ser los textos o las películas, que las hagan ellos. El hecho de que se atrevan a corregir obras ajenas indica el grado de arrogancia, la nube de pedos, que dirían los argentinos, en la que van envueltos.

La existencia de esos "lectores sensibles" bebe de la misma fuente nauseabunda que la cultura de la cancelación, donde es la cobardía de las empresas e instituciones, y no las protestas de los activistas, lo que lleva a que ciertos libros no se publiquen, ciertas películas no se rueden y ciertas personas sean despedidas de sus trabajos. El problema no es la crítica estúpida: es la cobardía de quienes no se atreven a llamar estúpida a la crítica. Esa falsa unanimidad, producto del miedo.

Pero, como digo, las cosas están cambiando. El reculamiento de Puffin demuestra por qué es tan importante que los creadores se levanten, den un puñetazo en la mesa y protesten cuando nos anuncian un acto de censura. Vamos bien.

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