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Europa dispara primero en la nueva guerra comercial con China Wednesday, 19 June 2024

Europa dispara primero en la nueva guerra comercial con China

Los aranceles al coche eléctrico chino demuestran la hipocresía occidental y cómo el gigante asiático ha logrado darle la vuelta a la tortilla y liderar en tecnologías clave para Europa


Zigor Aldama

Zigor Aldama

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Miércoles, 19 de junio 2024, 11:35

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Es sorprendente lo rápido que los adalides del libre comercio echan mano de los aranceles cuando la situación no les beneficia. El mejor ejemplo de esta hipocresía lo estamos viendo estos días con los coches eléctricos chinos: la Unión Europea ha anunciado que los gravará con un arancel de hasta el 38,1% y Estados Unidos los ha expulsado de su mercado con un impuesto del 100%. La justificación, un clásico: los subsidios que las marcas chinas han recibido del gobierno, algo que se interpreta como ‘dumping’.

Es curioso que este argumento lo esgrima quien ha puesto en marcha la mayor campaña de subvenciones/subsidios de la historia: los fondos Next Generation EU. Y, como era de esperar, China ha tachado la medida de proteccionismo y ha anunciado represalias. Una de las primeras la sufrirá España, concretamente nuestra industria cárnica. En la diana están las exportaciones de cerdo al gigante asiático, su principal mercado exterior. Y no es descartable que se vayan anunciando más en la nueva guerra comercial que se avecina.

Por eso, hoy nos centramos en cómo la tortilla ha dado la vuelta en el comercio mundial y ahora es Occidente el que impone medidas proteccionistas para frenar el avance de productos que resultan mucho más avanzados y competitivos que los suyos.

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  1. Imagen principal — Europa dice Diego donde dijo digo
    El gran juego

    Europa dice Diego donde dijo digo

Hace 30 años, Occidente reclamaba a gritos la apertura económica de China. Quería explotar su mano de obra barata y beneficiarse de todas las ventajas que ofrecía el Partido Comunista para producir mucho más barato y disparar sus beneficios. Cada dirigente que llegaba del Viejo Continente reclamaba en Pekín menos barreras para poder hacer negocios sin impedimento. Así nació el proceso de deslocalización del que germinó la globalización del siglo XXI. Y así comenzó la desindustrialización de parte de Europa.

Poco importó entonces que las empresas occidentales se aprovecharan de legislaciones laborales y medioambientales mucho más laxas o que recibiesen golosas exenciones fiscales. Las provincias chinas competían entre sí para atraer inversiones extranjeras y desplegaban una alfombra roja por la que muchos caminaron ufanos. Cada desembarco en el gigante asiático era aplaudido con un triunfal ‘fulanito llega para conquistar China’.

En 2005, la española Wingroup fabricaba bicicletas estáticas baratas en China para exportarlas a Europa. Quebró porque China se encareció.
En 2005, la española Wingroup fabricaba bicicletas estáticas baratas en China para exportarlas a Europa. Quebró porque China se encareció. Zigor Aldama

Eso sí, el gobierno chino siempre dejó claro que el pacto era el siguiente: venid a China, donde encontraréis las mejores condiciones para fabricar, y enseñadnos a hacer cosas. El dragón quería aprender a pescar, no que le diesen pescado. Por eso, en sectores clave solo permitía la entrada de la mano de un socio chino. El de automoción fue uno de ellos. La ecuación era sencilla: dejamos que te aproveches de nuestro creciente mercado a cambio de transferencia tecnológica. Y los alemanes, por ejemplo, llegaron encantados porque China ya no solo era una base manufacturera ideal, también un mercado muy apetecible en el que modelos como el Volkswagen Santana se vendían como rosquillas.

En resumen: Occidente exigió que China obedeciese las reglas del libre mercado consciente de que sus empresas disfrutaban de una apabullante ventaja tecnológica frente a la que sus competidores locales no tenían nada que hacer. Pero, consciente de su superioridad demográfica y social -caracterizada por una cultura del esfuerzo más acusada y un apetito insaciable por la educación-, China hizo gala de paciencia y fue desarrollando talento y un tejido industrial propio.

Buen ejemplo de cómo lo hizo es el sector de los aerogeneradores: cuando la vasca Gamesa llegó al país, tres eran los principales fabricantes, todos extranjeros. Pronto comenzaron a surgir competidores chinos con productos poco atractivos. Pero no tardaron en resultar competitivos y en arrinconar a Gamesa. Ahora son actores globales.

Ahí comenzaron las primeras quejas. Cuando las compañías chinas comenzaron a plantar cara con sus propias armas. Y, sobre todo, cuando dieron un salto cualitativo para adentrarse en otros mercados. La irrupción de una batería de nuevas tecnologías abrió un terreno de juego virgen en el que los chinos podían competir en condiciones similares. Me lo explicó claramente un ejecutivo de ZTE, gigante de equipos de telecomunicaciones. «Con el GSM y el 3G no podíamos competir. Pero el 4G y los ‘smartphones’ abrieron la puerta. Lo mismo ha sucedido con los paneles solares y con tecnologías como la inteligencia artificial, en la que todos partimos de un punto similar». De repente, China ofrecía en Occidente productos con una magnífica relación calidad-precio. Había recorrido en una década el camino que a Japón y Corea del Sur les había llevado tres o cuatro.

Fábrica de ZTE en Shenzhen.
Fábrica de ZTE en Shenzhen. Zigor Aldama

Entonces comenzaron las tretas occidentales, sobre todo en Estados Unidos. Empresas que ponían en peligro la hegemonía de las nacionales -como Huawei con Apple, por ejemplo-, pasaron a ser un peligro para la seguridad nacional y, sin ninguna prueba sobre la mesa, fueron prohibidas.

No fue una respuesta extraña, porque ya se había producido con los nipones. No en vano, en 1988 el New York Times publicaba la foto de unos congresistas americanos destrozando con un mazo una radio de Toshiba, y trazaba una relación entre el ‘nacionalismo económico’ y el racismo. En las calles, la gente destrozaba coches de Toyota. ‘Si quieres vender en América, fabrica en América’, protestaban. No sabían que pronto serían sus propias empresas las que se irían a China, y que iba a ser Donald Trump quien, tres décadas después, iba a abrir la mayor guerra comercial, pero no con Japón sino con China. Una batalla en la que el principal damnificado ha sido el consumidor estadounidense.

Imágenes históricas de la guerra comercial entre Estados Unidos y Japón en la década de 1980.
Imagen principal — Imágenes históricas de la guerra comercial entre Estados Unidos y Japón en la década de 1980.
Imagen secundaria 1 — Imágenes históricas de la guerra comercial entre Estados Unidos y Japón en la década de 1980.
Imagen secundaria 2 — Imágenes históricas de la guerra comercial entre Estados Unidos y Japón en la década de 1980.

De repente, las condiciones laborales de los chinos -que han mejorado como en ningún otro lugar del planeta- sí que son relevantes. Y la contaminación que sufren, también. Occidente ha ido introduciendo normas a medida para que sus empresas, cada vez menos competitivas y con una ventaja tecnológica menor, no pierdan fuelle. Y China, que lógicamente mira como todo el mundo por su interés, ha respondido con barreras similares. La diferencia es que nunca ha abanderado el libre comercio y, de hecho, sigue luciendo la hoz y el martillo.

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Zigor Aldama

La movilidad eléctrica, así como los elementos clave de la transición energética, marcan un hito. Porque ahora es China la que lleva la delantera tecnológica. Cuenta con las mejores baterías, y controla toda la cadena de valor. Sus vehículos ya no fallan lastimosamente en los tests de seguridad, sino que logran cinco estrellas. Las marcas occidentales ya no pueden competir ni siquiera en su reducto de excelencia. BYD supera a Tesla -que también fabrica en Shanghái- como la marca que más coches eléctricos vende a nivel global. Así que decidimos poner aranceles como si los fabricantes europeos nunca hubiesen recibido ayudas.

Y no hay más que ver los comentarios de muchos lectores de este periódico en los temas relacionados con la economía china para encontrarnos con una imagen totalmente desfasada: se hace hincapié en las condiciones de semiesclavitud en la que nos imaginamos que trabajan los chinos. «Así no se puede competir». Braman quienes se han beneficiado de productos que solo han podido tener precios tan bajos gracias a su deslocalización a países en vías de desarrollo. Y lo hacen, curiosamente, con la misma crítica de los productores de alimentos hacia la competencia de Marruecos, que es, a su vez, la de los franceses con relación a lo producido en la huerta española. Y, siendo consecuentes, un noruego o un suizo podrían considerar que las empresas españolas pagan sueldos de miseria, subvencionan el agro y, por lo tanto, hacen ‘dumping’.

Evolución de la renta per cápita en España y China, de 1955 a 2022.
Evolución de la renta per cápita en España y China, de 1955 a 2022. OWID
Ingresos per cápita, ahora con Noruega.
Ingresos per cápita, ahora con Noruega. OWID

La realidad es que ahora un ingeniero chino gana más que uno español, y que la brecha en otros ámbitos es cada vez más pequeña, si no ha desaparecido ya. Además, la mano de obra es cada vez menos relevante en sectores donde la automatización se ha generalizado. Un robot cuesta lo mismo en Wenzhou que en Cuenca. Tratar de proteger la industria con aranceles es una medida desesperada. Contraria a los valores de las democracias liberales occidentales y a una lógica de mercado que debería estar marcada por la innovación. Niega, además, la posibilidad de que coexistan en el mundo diferentes modelos económicos, porque China nunca ha renunciado a una economía mucho más dirigida por el Estado. Si este es nuestro último cartucho, dispararlo solo servirá para certificar la decadencia y la hipocresía europeas.

Es todo por hoy. Espero haberte explicado bien algo de lo que está ocurriendo ahí fuera. Si estás apuntado, recibirás esta newsletter todos los miércoles en tu correo electrónico. Y, si te gusta, será de mucha ayuda que la compartas y la recomiendes a tus amigos.

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