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Cuando los Borbones sufrían más mortalidad infantil que los campesinos españoles Friday, 24 February 2023


Este es Fernando VII, rey de España entre 1808 y 1833, con algunos célebres intervalos.

Vista del ‘Retrato de Fernando VII’ (1815), de Francisco de Goya. (EFE/Enric Fontcuberta)
Vista del ‘Retrato de Fernando VII’ (1815), de Francisco de Goya. (EFE/Enric Fontcuberta)

Este es Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón, bisnieto del tataranieto del llamado rey Felón, actualmente cuarto en la línea de sucesión al trono de España.

Froilán en Madrid. (Gtres)
Froilán en Madrid. (Gtres)

Los parecidos en la línea de la familia Borbón no se quedan ahí. Otros han reparado también en el parecido entre el emérito y Carlos IV. La familia real es ideal para estudiar la herencia por motivos evidentes: especialmente durante el siglo XIX y comienzos del XX, la endogamia en los casamientos y cruces era la norma habitual en la realeza. Los abuelos de Froilán, don Juan Carlos y doña Sofía, eran primos lejanos, y sus bisabuelos (don Juan y doña María de las Mercedes de Borbón y Orléans) primos hermanos.

La endogamia fue la maldición que expulsó a la dinastía anterior del trono de España. Aquella famosa mandíbula de los Habsburgo, que portaban Carlos V o Felipe II, era producto del sexo entre familiares y la perniciosa endogamia, según ha revelado la ciencia siglos más tarde. Sin embargo, los primeros Borbones no solo no la maldijeron, sino que continuaron persiguiendo este fin. Por encima de cualquier sospecha pesaba la noción —aún hoy lo hace, dos siglos después de Darwin— de que era necesario preservar una pureza de sangre.

Los primeros Borbones no solo no maldijeron la endogamia, sino que continuaron persiguiendo este fin

"A pesar de que esas personas, en aquella época, se encontraban entre las más mimadas de la Tierra, sufrían una tasa de mortalidad infantil superior a la de las familias campesinas españolas", escribe Carl Zimmer en Tiene la sonrisa de su madre, recién publicado en español por Capitán Swing, donde el periodista científico y columnista en el New York Times hace un ambicioso repaso a la historia de la herencia, un concepto muy resbaladizo que durante siglos ha vuelto locos a familias reales, criadores de ovejas, sacerdotes cultivadores de guisantes o a los oficiales nazis que deseaban crear un ejército de superhombres.

PREGUNTA. Durante siglos, los seres humanos hemos tratado de descifrar los secretos de algo que, desde fuera, parece bastante aleatorio y gobernado por sus propias normas, buscando de alguna forma... ¿cómo puedo manipular la herencia para obtener lo que deseo? Ya fueran guisantes amarillos lisos, una vaca que dé mejor carne o más leche o un hijo sin enfermedades metabólicas.

RESPUESTA. Sí, para este libro quería explorar la historia de la herencia, en parte porque para nosotros hoy es algo que nos resulta muy familiar, íntimo, y porque creemos que la podemos entender. Y es fascinante retrotraerse a hace miles de años y ver lo importante que ha sido la herencia de tantas maneras diferentes. Como dice, incluso algunas en las que nunca habíamos pensado: la revolución agrícola fue un ejercicio de herencias, ¿cómo tomamos plantas salvajes y creamos cultivos a partir de ellas? ¿Cómo cogemos a estos animales salvajes y creamos algo que pueda ser domesticado generación tras generación? Una vaca, por ejemplo, que hereda de sus ancestros no solo rasgos sobre la producción de leche, sino también su docilidad. Quería ver cómo la historia ha ido dando forma a cómo pensamos sobre la herencia y cómo la ciencia hoy está haciéndose preguntas sobre eso, pero también cómo tratamos de dirigir la ciencia en función de nuestras percepciones culturales acerca de la herencia.

P. Es muy interesante cómo lo que sabemos hoy sobre genética ha influido también en conceptos como democracia o autoritarismo, o, dicho de otro modo, es más fácil promover la democracia ahora que sabemos que el reparto de la inteligencia u otras características no depende de la clase social, el sexo o la raza.

R. Creo que la revolución del ADN ha hecho a mucha gente pensar que puede explicar todas estas cosas a través de los genes, por ejemplo, por qué los hijos de alguien están en la misma clase económica que sus padres. "Debe estar en sus genes". Creo que eso es un gran error a muchos niveles. Los genes ciertamente influyen en muchas cosas y pueden encontrarse muchas correlaciones entre los genes y diferentes factores socioeconómicos, pero eso no significa que nazcamos para estar en una clase económica determinada.

Carl Zimmer, autor del libro. (Cedida)
Carl Zimmer, autor del libro. (Cedida)

Creo que es importante recordar que sí, heredamos genes, pero también heredamos muchas otras cosas de la generación previa: el ambiente en el que crecemos dentro de casa, nuestros barrios, algunos con unos servicios y otros sin ellos. En Estados Unidos, un niño que nace en un barrio que históricamente ha sufrido de contaminación en el aire, esa polución va a tener un efecto biológico en el niño, no hay dudas al respecto. Los efectos de esa polución no están en los genes, pero no deja de ser un tipo de herencia, cultural o social.

P. A veces, vemos en la televisión cómo entrevistan a la persona más vieja de España. Le preguntan cuál es su secreto para haber llegado a cumplir 115 años y él o ella dice: "Como esto" o "Cada día hago tal cosa". Sin embargo, nunca dicen: "Está en mis genes" o "Es porque mi madre y abuela vivieron más de 100 años". Usted en el libro señala que nos resulta muy difícil entender la herencia porque los humanos somos esencialistas por naturaleza.

R. Sí, a lo largo de los siglos ha habido muchos tipos de esencialismo. La gente podía hablar del alma de alguien, o más tarde lo representaban en la sangre, ¿no? Cuando decían: "Lo llevo en mi sangre". Se hablaba de la sangre azul de la realeza como algo fundamental e imposible de cambiar. Y luego comenzamos a usar los genes con esa misma explicación esencialista. Si algo está en tus genes, no tienes control sobre ello. Esto es algo difícil de interpretar, sí, tenemos genes y estos pueden tener una gran influencia en nuestra salud y otros aspectos de la vida, pero no significa que estemos atrapados necesariamente por nuestros genes.

"Incluso los científicos lo pasan mal a la hora de comprender cómo los genes dan forma a nuestras vidas"

Incluso los científicos lo pasan mal a la hora de comprender cómo los genes dan forma a nuestras vidas. Es una pregunta tremendamente complicada. Por ejemplo, la altura es un rasgo relativamente simple, hay pocos más sencillos, es un número y, además, es muy heredable: los padres altos suelen tener hijos altos, y los padres bajos suelen tener hijos bajos. La influencia está clara, pero, si creces en una casa donde hay enfermedad o una mala nutrición, incluso si los padres son altos, esos hijos no llegarán a ser tan altos como sus genes pretendían. ¿Y dónde están esos genes? No hay tal cosa como un gen de la altura. Hay miles de genes que juegan un pequeño papel, la última vez que miré eran entre 8.000 y 10.000 genes, cada uno de ellos responsable de una pequeña fracción de milímetro. Y la altura es uno de los rasgos más sencillos, por eso la herencia como tal sigue siendo un misterio.

P. Precisamente, pensábamos que con la secuenciación del genoma humano y los últimos avances se despejarían muchas dudas, pero ahora tenemos también la epigenética —cambios genéticos que pueden heredarse y no dependen de una modificación del ADN, sino de factores ambientales— que es otro misterio en sí mismo.

R. Tenemos nuestros genes, pero no es como si fuéramos un programa de ordenador. Somos biológicos, y los genes son trozos de una molécula de ADN que están rodeados de miles de otras moléculas que trabajan juntas y usan esa información, ya sea para hacer proteínas o para silenciar esa misma información. La mayor parte de nuestros genes no están haciendo nada, y eso es una buena cosa, no queremos que las células de nuestra piel usen genes que normalmente solo se usan en el corazón o en el estómago, eso sería malo.

"Se puede ver una herencia epigenética que atraviesa varias generaciones y está separada de la herencia genética"

El interruptor de la epigenética enciende o apaga ciertos genes, y esos patrones son reproducidos en la siguiente generación. La mejor evidencia la tenemos en ciertas plantas o en gusanos. Claramente, se puede ver una herencia epigenética que atraviesa varias generaciones y está separada de la herencia genética. En humanos es más difícil verlo. Hay gente que dice que la epigenética puede explicar el efecto de un trauma concreto a través de varias generaciones; personalmente, creo que no tenemos evidencia de eso, y hay muchas otras formas de explicar que un trauma o cualquier otro efecto se manifieste en la siguiente generación: no necesitas la epigenética para eso.

P. Dentro de la historia de la herencia que usted recopila en su libro, me llamó la atención la figura de Francis Galton, uno de los primeros en ver si el talento era heredable o no. Aunque mucha gente a día de hoy sigue debatiendo si la genialidad puede transmitirse así, ¿ha habido algún intento serio de esclarecerlo de una forma científica?

R. Francis Galton era el primo de Charles Darwin y él estaba convencido de que la inteligencia y el talento reinaban dentro de determinadas familias, recopiló líneas familiares para tratar de probar precisamente eso. Sinceramente, no creo que nadie tome su trabajo en esa área en serio.

Por otro lado, Galton fue un científico muy importante en otras áreas. Creó estadísticas que aún se usan hoy en día, fue el primero en mostrar esa correlación de la que hablábamos antes, padres altos tienen hijos altos, y cómo estaba influenciada por los genes. Mostró cómo podían observarse dos rasgos y mostrar que estaban conectados. Como digo, muchos biólogos siguen usando sus herramientas cada día, pero también tenía este otro lado: era el padre de la eugenesia. Pensaba que, si el talento era heredado, básicamente podríamos tratar a la gente como si fuera ganado, criar a los mejores como lo definía Galton. Tuvimos un legado horrible a partir de aquello.

Fotografía antigua de Sir Francis Galton. (Wikipedia)
Fotografía antigua de Sir Francis Galton. (Wikipedia)

Hoy en día, cuando los investigadores miran el ADN, lo comparan a cómo lo hace la gente en los test de inteligencia o cuánta educación reciben. Pero son solo correlaciones. Los patrones solo se aprecian cuando miras miles o millones de casos. De forma aislada, cualquier persona puede salir de una familia donde nadie estudiaba y sacarse un doctorado, o al revés, que unos padres doctores tengan un hijo que deje el colegio lo antes posible. Hay que tener mucho cuidado al mirar este tipo de estudios, potencialmente tienen muchas cosas interesantes que decirnos, pero al mismo tiempo son tentadores para que mucha gente los coja y diga: "Bueno, la inteligencia es hereditaria y, por tanto, no necesitamos ayudar a los niños, porque no importará lo que hagamos".

P. El libro resulta muy sorprendente precisamente porque desafía muchas ideas que, como lectores, tenemos asimiladas sobre la herencia. ¿Cuál le resultó a usted más sorprendente, qué aprendió mientras lo escribía que no se esperaba encontrar?

R. Hubo muchas cosas fascinantes con las que me encontré, de esas que te hacen pararte y decir: "Espera, ¿he entendido bien esto? Porque es fantástico". Por ejemplo, hay mucha gente que son quimeras. Solemos pensar que todos salimos de un único genoma en un óvulo fecundado de nuestros padres, pero, de hecho, un número sorprendente de personas son quimeras: dos óvulos fecundados con genomas separados que se fusionan, las células de su cuerpo descienden de esos dos orígenes, y están bien, están perfectamente sanos. Pueden tener problemas más tarde, cuando se hagan un test de ADN y este les diga que la persona que obviamente les dio a luz no es su madre, porque los genes no coinciden. Y es simplemente porque la hija es una combinación de dos genomas diferentes y en el test revisaron el genoma incorrecto.

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