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Los buscadores del Paititi: atravesar la selva más salvaje del mundo hacia lo desconocido Friday, 24 February 2023

Con estas palabras empieza el primer capítulo de su libro Martín Ibarrola, un escritor y periodista bilbaíno que se adentró en lo más profundo de la selva para desvelar sus secretos. El resultado, este libro: ‘La selva herida’ de la editorial Pepitas de Calabaza.

Esta historia comienza donde termina la carretera. El hombre que llegó al pueblo ribereño de Atalaya no se parecía en nada a los impecables turistas que frecuentaban el Amazonas. Su expresión, escondida bajo el ala de un sombrero, era hosca y barbuda, tenía la ropa rasgada y había algo en él que recordaba la silueta de los héroes cansados. Sin mecenas ni marcas que financiaran el viaje, apenas pudo estrenar algunas raciones liofilizadas. El resto del equipo había sido reutilizado de otras expediciones. Su nombre era Miguel Gutiérrez Garitano y llevaba meses trazando una minuciosa ruta por Madre de Dios, una frondosa y selvática región al sur de Perú. Había estudiado las fuentes históricas, había leído los manuscritos del siglo XVI y conocía de memoria los viejos nombres de las tribus locales. Y entre todo aquel laberinto de legajos, mapas y testimonios, había encontrado el camino para llegar hasta Juan Álvarez de Maldonado, un conquistador español que murió cuatro siglos atrás y con el que parecía haberse obsesionado. Mi intención era acompañar a Miguel y aprovechar la expedición para escribir una serie de reportajes sobre la vida cotidiana del Amazonas. Después de un largo viaje y un año y medio de investigación, ya puedo contar esta historia de belleza, aventura y devastación.

El personaje histórico que estudiaba Miguel no respondía al tópico de los conquistadores despiadados. Las crónicas cuentan que en 1567 Juan Álvarez de Maldonado fue nombrado gobernador de un inmenso territorio que se extendía desde la fortaleza de Opatari —en los límites orientales del país— hasta el mar del Norte. Tras contraer matrimonio con una adinerada viuda que costeó parte de sus alocadas aventuras, el explorador partió desde la capital andina de Cusco, atravesó el misterioso bosque de las nubes y alcanzó la selva baja de Madre de Dios, donde habitaban tribus a las que ninguna civilización había conseguido doblegar. Su intención era colonizar aquellas tierras y encontrar el mítico reino del Paititi, donde —según algunas leyendas— se habrían refugiado los últimos incas tras la llegada de los conquistadores españoles.

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Recordemos que los mapas de aquella época todavía desvelaban los rincones vírgenes del planeta y las expediciones seguían el rastro de las "noticias ricas", que auguraban el descubrimiento de ciudades escondidas entre lianas y rebosantes de oro, plata y ámbar cuajado. Maldonado fue, como acertadamente calificó el editor Luis Ulloa, un conquistador que llegó tarde a un mundo ya viejo. Con el paso del tiempo sus hazañas sucumbieron al olvido, pues, a diferencia de otros coetáneos, ninguna de sus empresas fue realmente exitosa. Pero los informes de aquellas expediciones perduraron en las bibliotecas y conservaron un valiosísimo compendio de apuntes geográficos, hidrológicos y antropológicos que ahora rastreábamos sobre el terreno. Si pretendíamos seguir los pasos de Maldonado, Atalaya debía ser la casilla de salida.

El río que íbamos a navegar, conocido en épocas prehispánicas como Amarumayo o "río serpiente", tenía su origen en los imponentes nevados de Pucará, unas montañas con nieve perpetua que se levantaban al sureste de Paucartambo. A medida que sus aguas descendían hacia la selva baja, su nombre también cambiaba: el Huaisambilla, el Pilcopata, el Piñi-Piñi… Y finalmente, poco antes de llegar al pueblo de Atalaya, adoptaba su denominación cristiana, un apelativo que invitaba a la exclamación, a la sorpresa, a la blasfemia: ¡Madre de Dios! Y no era para menos. El indomable río de Madre de Dios, una de las venas azules que bombeaba vida a Latinoamérica, serpenteaba por los bosques tropicales del Manu y se adentraba majestuosamente en lo desconocido.

Foto: Operativo de interdicción contra la minería ilegal. (EFE)
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Nuestro limitado presupuesto solamente nos había permitido adquirir un par de kayaks hinchables, cuyos fabricantes recomendaban para un uso principalmente familiar. Al desplegar las canoas nos sentimos como Espronceda cuando llegó a Lisboa: el poeta debió de tirar al Tajo las dos únicas monedas que guardaba en el bolsillo porque no quería entrar con tan poco dinero en una ciudad de tanta belleza. Tampoco nosotros estábamos dispuestos a navegar con una simple piragua de plástico por uno de los más exuberantes afluentes del Amazonas. Así que, para ennoblecer la campaña, emulamos el bautismo de una canoa del siglo xvi: a su kayak lo nombramos Churruca y al mío, Ítaca, y a falta de un sacerdote y agua bendita, bendijimos la proa con unas gotas de aguardiente.

A nuestro alrededor se había congregado la mayor parte del pueblo de Atalaya, que alababa nuestra valentía por no recurrir al peque-peque —un pequeño y ligero bote con motor de cola que lo hacía ideal para desplazarse por tramos con poco caudal—. Pero no todos mostraron el mismo entusiasmo. Uno de los ancianos, poco impresionado por nuestro improvisado bautismo, lanzó un funesto augurio en voz alta:

—En esas balsas cabe el cajón de un muerto. Y se fue.

Miguel colocó su mochila en la embarcación y cargó los obsequios que habíamos comprado en la tienda del pueblo: tabaco para los colonos, aguardiente casero para los indígenas y ron para los antropólogos. Estaba de un humor excelente, envalentonado por la adrenalina de una nueva aventura. Antes de atar sus cosas, decidió comprobar la estabilidad de la embarcación y subió encima, pero lo hizo con tanto entusiasmo que la piragua —diseñada para navegar por las tranquilas aguas de un lago— siguió la inercia de su impulso y lo lanzó al río junto con sus pertenencias. El explorador gruñó toda clase de insultos mientras los niños saltaban al agua para competir por ver quién recogía antes los bultos flotantes. Los adultos se llevaron las manos a la cabeza y seguro que pensaron lo mismo que me rondó a mí por la cabeza: ¡Madre de Dios!

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Los vítores y los gestos de reconocimiento mudaron en caras largas y expresiones catastróficas. "Esas balsas no están preparadas para este río", advirtió un hombre. Ya no éramos intrépidos expedicionarios. "No durarán en los rápidos". Nos habíamos convertido en unos inconscientes, unos temerarios. "Se van a matar", señaló una mujer. "¡Paren esto!", exclamó otra. Miguel se calzó el sombrero mojado, gruñó una segunda vez, fijó la carga con una cuerda y apretó los nudos hasta que le rechinaron los dientes. Volvió a subir al kayak, esta vez con la delicadeza y precisión de un bailarín de ballet, y los dos remamos a favor de la corriente. Los habitantes de Atalaya, visiblemente preocupados, decidieron escoltarnos con sus peque-peques.

En la época de Juan Álvarez de Maldonado los ahogamientos resultaban habituales y los tripulantes constantemente se veían obligados a saltar por la borda para quitar las rocas y abrir caminos dentro del propio río, algo que nosotros también deberíamos hacer en más de una ocasión. A finales de 1568, una canoa sufrió un terrible accidente al chocar contra un tronco sumergido. Algunos soldados murieron enganchados entre las ramas subacuáticas y Maldonado permaneció tanto tiempo sumergido que lo dieron por muerto. Milagrosamente, logró zafarse de aquella trampa mortal y salir a la superficie río abajo. Los soldados estaban tan espantados que el gobernador tuvo que esforzarse en arengarlos para continuar por la selva. Las tribus hostiles aprovecharían más tarde su debilidad para atacarlos desde las sombras y Maldonado sobrevivió milagrosamente a un flechazo que le impactó sobre el ojo y le salió por detrás de la oreja.

Mujeres waorani se pintan la cara antes de una audiencia con jueces constitucionales que viajaron al corazón de la Amazonia. (Reuters / Johanna Alarcon)
Mujeres waorani se pintan la cara antes de una audiencia con jueces constitucionales que viajaron al corazón de la Amazonia. (Reuters / Johanna Alarcon)

La comparación parecía inevitable. Si las canoas de aquellos hombres —que pesaban toneladas y eran capaces de transportar hasta treinta personas— habían sucumbido al río, ¿qué oportunidad tenían un par de kayaks hinchables? Y había algo aún más preocupante. Unos años antes habían emergido de los bosques de Madre de Dios unos misteriosos individuos que caminaban desnudos, portaban largas flechas y hablaban una lengua olvidada. Los antropólogos creían que esta tribu llevaba varios siglos escondida en las profundidades de una región con árboles suficientes como para sepultar por completo el país de Suiza. Los habitantes de Atalaya nos recomendaron bordear el Parque Nacional del Manu por la margen derecha del río, pues la orilla opuesta les pertenecía a ellos, los salvajes mashco piro, una de las últimas tribus aisladas que quedan en el planeta. ¿Serían tan desconfiados como aquellos que atacaron a Maldonado? ¿Nos vigilarían desde la espesura del bosque? Mientras nos alejábamos de Atalaya, aún era visible el cartel que avisaba a los foráneos despistados:

¡Cuidado! Zona de tránsito de indígenas en aislamiento. no intentar contactarlos. no entregarles ropa, alimento, herramienta u otros. no fotografiarlos (podrían interpretar la cámara como arma).

Foto: Cortijo con el rostro de piedra en el fondo, que había permanecido olvidado por los indígenas durante generaciones. (Foto: Diego Cortijo)
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A unos cien metros del pueblo, las aguas escondían remolinos burbujeantes y las piraguas corrían el riesgo constante de zozobrar. Nos sentíamos incapaces de controlar el rumbo y avanzábamos igual que los antiguos expedicionarios, aterrorizados, ¡a furia de remo! De pronto, un gigantesco remolino engulló a Miguel y lo escupió sobre una gran piedra. El kayak resbaló hasta la esquina de la roca y quedó varado en mitad de los rápidos. Era una estampa cómica y aterradora, propia del mismísimo capitán Haddock. Los amigos de Atalaya debieron de llevarse las manos a la cabeza otra vez: ¡Madre de Dios! El explorador aguantó así unos instantes, lanzando agónicas paladas al viento, hasta que un fortuito golpe de cintura le permitió volver a la corriente. Definitivamente no éramos los aguerridos expedicionarios que esperaban. Seguimos remando, con la esperanza de no perder ningún objeto valioso en los rápidos. Hasta que, por fin, el cauce ensanchó y las aguas amansaron. Los de Atalaya se despidieron aliviados desde sus botes y volvieron al pueblo. Miguel suspiró.

—Estoy demasiado viejo para esto.

Aquella tarde acampamos en la orilla de un meandro, con las puntiagudas montañas de Pantiacolla en el horizonte. El explorador recogió un nido de oropéndola para encender un fuego y, al cambiarse de ropa, dejó al descubierto las cicatrices de su cuerpo, que componían un doloroso álbum de recuerdos. Nació en Galdakao en 1977, pero se crio en Vitoria. Era historiador, escritor, miembro de tres sociedades geográficas, coleccionista de sombreros, bibliófilo y diseñador de su propio cuchillo, el Erroi, que significa "cuervo" en euskera. En su tierra natal trabajaba como cabo de la Ertzaintza y había sido condecorado en dos ocasiones por salvar vidas. Pero su verdadera pasión era la exploración. En la selva de Guinea Ecuatorial estudió las rutas de Manuel Iradier y compartió los rituales secretos de la huidiza secta del Bwiti. Junto a su hermano Rafa rodeó el kilométrico muro del Sáhara Occidental, subió encima de los trenes de carbón que cruzan Mauritania y recorrió las zonas inexploradas del desierto del Tiris. También encontró la última frontera de la psique humana en el frente de Irak, donde presenció con un chaleco de prensa cómo se libraba la batalla de Mosul contra el Estado Islámico. Una vez navegó hasta el Ártico, imitando la leyenda de aquellos navegantes que buscaban un mar abierto y templado en el interior del Polo Norte. Una leyenda que corría el peligro de cumplirse bajo la amenaza del cambio climático. Aunque su gran expedición se centró en los valles andinos de Perú, donde investigó el mito de la ciudad de Vilcabamba. Miguel y su equipo descubrieron el santuario de Comballa, la necrópolis de Quishuarpampa y los restos de varios edificios ocultos bajo la maleza. Ahora, a sus cuarenta y dos años, se adentraba en los mismos bosques donde Maldonado había protagonizado una de sus más intrépidas aventuras.

—Hace tiempo que me di cuenta de la dureza de aquellos hombres que en el siglo xvi conquistaron el mundo, desde Filipinas hasta Sudamérica —reconocía el vasco—. Eran de otra pasta. Terribles muchas veces, magníficos algunas.

Foto: Un niño en un campamento ilegal de mineros. (Reuters)
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Y es que Maldonado comandaba a sus hombres de manera implacable, castigando duramente cualquier motín, pero también planificaba sus viajes con espíritu científico y temperamento diplomático. De hecho, contrató a pilotos navales para topografiar los ríos y dio orden de no hacer "agravio a yndio o yndia". El informe oficial de su expedición, que se prolongó desde 1567 hasta 1569, indica que mandó a un hombre de confianza, el capitán Manuel de Escobar, a confraternizar con los nativos que habitaban las cuencas del río. Tenía orden de obsequiar a los cabecillas con regalos y consolidar nuevas alianzas. El capitán fue amistosamente recibido por el cacique Tarano, líder de los araonas, con quien llegó a combatir un enemigo común. No obstante, debido a un conflicto cuidadosamente omitido en el informe, los indígenas se rebelaron contra el español, incendiaron con flechas de fuego la aldea donde se escondía y lo mataron mientras daba de beber a los caballos. Maldonado siguió los pasos de Escobar, ignorando el trágico destino de su capitán, y fue capturado por el mismo Tarano, que debió de sentir un ramalazo de compasión, pues le perdonó la vida y lo mandó de vuelta a Cusco. Gracias a su informe conocemos hoy los nombres de aquellos pueblos amazónicos —algunos ya desaparecidos— y su posición en los ríos de la época. También trajo las primeras pistas documentadas sobre el Gran Paititi, un canto de sirena que seguiría seduciendo a los incautos durante siglos con la promesa de exóticas riquezas.

Cabe recordar que cuando los españoles arribaron a Perú no se toparon con una sociedad salvaje, como las que encontraron en el Caribe o el Darién, sino con una civilización avanzada que mostraba un altísimo nivel de desarrollo social, militar, agrícola y artesanal. En el prólogo de un libro dedicado a la Edad del Oro, el escritor Mario Vargas Llosa reflexionaba sobre la gran singularidad de sus antepasados andinos:

Lo más notable no eran los caminos que cruzaban los cuatro Suyos o regiones del amplísimo territorio, sus templos y fortalezas, sus sistemas de riego o su prolija organización administrativa, sino algo sobre lo que todos los testimonios de estas crónicas coinciden: haber erradicado el hambre en ese inmenso dominio, haber sido capaz de producir —y distribuir lo producido— de tal modo que todos sus súbditos comieran. De muy pocos imperios de la Historia se puede decir algo semejante.

Guacamayos sentados en un árbol en la selva amazónica en Manaus. (Reuters / Bruno Kelly)
Guacamayos sentados en un árbol en la selva amazónica en Manaus. (Reuters / Bruno Kelly)

Después de someter a otras tribus locales, los incas instauraron una teocracia que anulaba la voluntad del individuo pero convertía a la sociedad en una colmena perfectamente funcional. Todo su poder estaba concentrado en unos pocos gobernantes, a los que adoraban como a dioses. Sin embargo, la llegada por mar de unos hombres acorazados que montaban a caballo y portaban armas de fuego desbarató por completo su sistema de gobierno. Aquellos fieros navegantes pronto descubrieron el talón de Aquiles de esta civilización: si descabezaban a la serpiente, acabarían con la amenaza. Una metáfora que, en muchos casos, cumplieron al pie de la letra.

Cuenta la leyenda que cuando Pizarro y sus 168 soldados conquistaron el Imperio inca y ejecutaron en 1533 al gran soberano Atahualpa —venerado por sus súbditos como el "Hijo del Sol"—, muchos de los supervivientes escaparon a la selva liderados por un príncipe destronado. La tradición oral asegura que los últimos herederos de esta longeva civilización se refugiaron en la ciudad selvática del Paititi con sus más preciados tesoros: los ídolos quechuas, los vasos de plata, las llamas revestidas de oro, las coloridas prendas y su exquisita alfarería. Desde entonces, incontables exploradores buscaron algún indicio que los guiase hasta esta ciudadela perdida.

¿Pero qué había de cierto en todo esto?

Antes de partir hacia Madre de Dios, tuvimos la oportunidad de cenar en Cusco con Vera Tyuleneva, la autora del que quizá sea el estudio académico más riguroso sobre este bastión legendario. Sus investigaciones indicaban que la leyenda podría haberse originado en el norte de los llanos Mojos, una región nativa con abundante población y recursos situada en la vertiente oriental de la actual Bolivia. El rumor de una sociedad próspera se habría transmitido de etnia a etnia y habría derivado en el cliché de una "tierra rica". El paititi —una suerte de título recurrente entre los jefes locales— sería aceptado primero como gentilicio y finalmente como nombre de una vía fluvial en las cercanías del actual río Beni.

Foto: La investigadora del CSIC Ana Camacho.  (Imagen: cedida)
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Es posible que la idea de los incas "retirados" en el Paititi estuviera influenciada asimismo por los puestos militares que esta civilización construyó en la selva, de los que sí existe evidencia arqueológica. Y algunos expertos también encuentran algunas reminiscencias de la ceremonia real que los caciques muiscas practicaban en la laguna colombiana de Guatavita, donde se bañaban cubiertos en polvo de oro. Sea como fuere, a medida que transcurrió el tiempo, la fabulación corrompió las fuentes históricas, desvirtuó los hechos reales y, como ya ocurrió con el otro Dorado, condujo a muchos crédulos por los senderos de la locura. La mayoría de los exploradores modernos ignoraban aquel reino originario, que tan meticulosamente había documentado Tyuleneva, y se centraban en la idea de una ciudadela donde los incas habrían escondido los tesoros de Atahualpa.

Muchos desconocen que hoy en día todavía hay expedicionarios que parten al Amazonas en busca del Paititi. Existe tal rivalidad entre estos aventureros que algunos recurren a prácticas poco éticas, como la de sabotear expediciones ajenas al más puro estilo del doctor René Belloq, llamando a las autoridades y acusándolos de saqueadores de tumbas para entorpecer y ralentizar sus expediciones. La mayoría son herederos de aquellos atlantólogos que buscaban civilizaciones perdidas con más imaginación histórica que rigor científico. Y sus teorías no defraudan. Algunos sostienen que el Paititi contiene impecables salones repletos de reliquias doradas, otros creen que es el hogar de un pueblo milenario que sigue viviendo bajo la espesura de los árboles y un sacerdote llegó a acusar al presidente Fujimori de haber usado helicópteros para robar los tesoros incas.

La historiadora rusa afincada en Perú contaba que entre los campesinos de Paucartambo y Alto Madre de Dios eran abundantes los cuentos de un "vaquero perdido" que iba en busca del ganado de su patrón y fortuitamente encontraba unas ruinas llenas de tesoros. La cantidad y el aspecto de estas riquezas, aclaraba Tyuleneva, dependían del temperamento del narrador. Nosotros mismos comprobamos la recurrencia de estos relatos fantasiosos en las calles de Cusco. A modo de rito iniciático, Miguel quiso que probara el amargo pisco del pub Cross Keys, un brebaje conocido como "el néctar de los aventureros" y famoso por atraer a viajeros de dudoso prestigio. El local en cuestión era propiedad de un ornitólogo que acostumbraba a fotografiar pájaros en las profundidades del Beni y que ejercía como cónsul británico en la ciudad. De ahí que su taberna luciera la misma decoración victoriana que uno imaginaría en el Reform Club de Londres, el pub donde Phileas Fogg prometía dar la vuelta al mundo en ochenta días. Desgraciadamente, el Cross Keys había bajado la persiana hacía meses.

Un pueblo de indígenas en el Amazonas. (Reuters / Bruno Kelly)
Un pueblo de indígenas en el Amazonas. (Reuters / Bruno Kelly)

Pero Cusco siempre guarda un plan B para aquellos que anhelan un poco de pisco. Horas antes de reunirnos con Tyuleneva nos acercamos a un bar donde dos individuos nos embelesaron con historias de secretos ocultos en el interior de la selva: un hombre nos habló de una avioneta que transportaba un cargamento de oro y que se estrelló en algún lugar de Mameria; otro joven susurró el paradero de unos muros que exhibían antiguas y crípticas inscripciones grabadas en la roca. Ambos se prestaban voluntarios para guiarnos hasta allí... a cambio de un módico precio, por supuesto.

Cuando por fin conocimos a la investigadora del Paititi, nuestras cabezas rebosaban imágenes sugerentes y alocadas. Cenamos en un restaurante de la Plaza de Armas y la velada no tardó en convertirse en una batalla de enciclopedias entre Miguel y Tyuleneva. Acostumbrada a lidiar con cazatesoros y aventureros insustanciales, la historiadora rusa inició la conversación con un rictus intelectual que tardó varios platos en suavizar. Seguramente acabó por vislumbrar en el vasco algunas de las mismas cualidades quijotescas que movían a Maldonado y, para cuando sirvieron el licor de la sobremesa, ambos comensales parecían coincidir en un mismo mensaje. Quien busque la gloria del mito solo encontrará campos drenados, sin oro, ni plata, ni ciudades, y a lo sumo terminará con unas perlas de dudoso brillo. En cambio, aquel que sepa enredar en la Historia y entienda el valor de un muro destartalado quizá descubra la senda hacia el verdadero Paititi.

Por supuesto, ningún buen arqueólogo o historiador está cerrado a nuevas hipótesis. La lectura del pasado es complicada y la aparición de nuevos hallazgos a menudo provoca golpes bruscos de timón. Cuando Hiram Bingham anunció el descubrimiento de Machu Picchu en 1911, el mundo entero pareció darse cuenta de que todavía quedaban grandes secretos en la selva latinoamericana. Resultaba increíble que una construcción de estas características, vestigio del poderío y la belleza de una antigua civilización, hubiera pasado desapercibida a escasos kilómetros de la capital cusqueña. El descubrimiento inspiró a muchos exploradores de los siglos xx y xxi, que soñarían con descubrir otros Machu Picchu. En su monumental libro, Tyuleneva reconocía no tener todas las piezas de este rompecabezas histórico y animaba a los nuevos investigadores a seguir el espíritu indomable de aquel hombre:

La travesía de Maldonado involucró grandes cantidades de gente y dinero y fue un caso sonado no solo en su tiempo, sino también mucho después. Casi todos los recuentos, tanto coloniales como recientes, de las expediciones hacia las "noticias ricas", le guardaban un lugar especial. Sus frutos fueron ambiguos. Por un lado, su experiencia mostró que tratándose de la Amazonía, el tamaño de la inversión y la seriedad de la preparación no garantizaban de ningún modo el éxito del proyecto. Por el otro lado, encendió nuevas esperanzas y abrió nuevos horizontes para los que estaban predispuestos a avistarlos.

Ya en la selva, mientras calentaba las raciones liofilizadas en el fuego, el explorador vasco recordó la velada de Cusco con cariño. Él mismo confesó entre bromas que durante la batalla memorística contra Tyuleneva solamente consiguió ganar a la rusa en una ocasión, con la procedencia de un cura que ella asumió que era italiano y que en realidad había nacido en Euskadi. Aunque, lejos de desanimarlo, el combate intelectual contra Tyuleneva había confirmado muchas de sus sospechas. Porque Miguel no buscaba ningún tesoro perdido, a él solamente le apasionaba la Historia. Según sus propias teorías, el Paititi no sería ninguna ciudad, sino una amplia región que habría tenido algún tipo de relación previa con la civilización andina y abarcaría territorios todavía inexplorados.

—Seguramente, allí vivían diferentes naciones. Cuando el Imperio inca fue conquistado, muchos refugiados huyeron de los españoles hacia estos lugares selváticos. Algunas de estas fortalezas podrían encontrarse en sitios muy poco estudiados en ese aspecto, como la frontera con Bolivia y Brasil. Y, por supuesto, allí debía terminar nuestro viaje.

Algo que los historiadores no suelen mencionar sobre la selva es que cuando el sol abrasador desaparece, las noches traen una brisa heladora. Las temperaturas descendieron de golpe de 38 a 8 0C. El explorador se arrebujó junto al fuego y ahuyentó a los molestos mosquitos con la mano. En Brasil ya había sufrido un episodio de dengue y, si alguno de aquellos zancudos volvía a transmitirle el virus, corría el peligro de padecer una forma más grave de la enfermedad, para la cual necesitaría una asistencia médica urgente que en esas latitudes resultaba muy poco realista. Los síntomas más frecuentes consistían en fiebre elevada, vómitos, migrañas, sarpullidos y dolores musculares y óseos tan fuertes que algunos enfermos tenían la sensación de que sus huesos iban a romperse, razón por la cual el virus recibía el nombre popular de "fiebre quebrantahuesos".

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Al calor de las llamas, Miguel confesó su afinidad con Denny LeNauze, el policía que atravesó el norte de Canadá en trineo para esclarecer un terrible crimen cometido en una comunidad inuit. Daba la sensación de que encontraba en muchos de estos personajes históricos el reflejo de sus propios motivos. La autenticidad de Percy Fawcett, el espíritu aventurero de Alexandra David-Néel, la sed de fama del doctor Livingston, la nobleza del capitán Scott, el amor por la adrenalina de Amelia Earhart... Sin duda, el vasco perseguía la gloria en su sentido más victoriano. Aunque, por encima de todo, estaba poseído por lo que Richard Francis Burton llamaría "el diablo interior".
—Hay algo codificado en los genes de algunos seres humanos, un impulso irrefrenable que no puede ser acallado —reflexionaba Miguel con la mirada perdida en el cielo estrellado—. Es una sed que mezcla el afán de conocimiento con la necesidad de riesgo. El Homo sapiens es un "Homo explorador". Siempre habrá alguien dispuesto a arriesgarse e incluso a morir por sacarse la duda, por enfrentarse a sí mismo y a la naturaleza, por explorar los límites. Ni siquiera creo que sea una elección, porque a veces esta opción se lleva a cabo contra toda lógica.

Camuflados por el escandaloso ruido de la noche amazónica, unas figuras desconocidas emergieron de la oscuridad. Explicaron que viajaban a un poblado cercano y que su peque-peque se había estropeado. Uno de ellos, sin embargo, se interesó excesivamente por nuestras embarcaciones: "¿Cuánto cuesta el barquito?, ¿vais sin guía?, ¿estáis solos?". El hombre agarró uno de los kayaks con la mano y lo levantó en el aire. Se le escapó una desagradable risilla. Parecía querer calcular su peso. La situación era cada vez más tensa, habíamos dejado de contestar a sus preguntas. Por fin, captaron el mensaje. Nos desearon suerte y se fueron. Aquella noche preparamos trampas sonoras con cazuelas enterradas en la arena, apagamos las brasas y dormimos con el machete en la mano. Todavía no sabíamos que la corriente nos arrastraba irremediablemente a un territorio sin ley ni justicia.

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