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Crítica de ‘Unicorn Wars’, nominada a mejor película de animación: la peli que te volará la cabeza Sunday, 12 February 2023


Atención, padres: por mucho que los protagonistas de ‘Unicorn Wars’ sean osos amorosos suaves y monérrimos, esta NO ES una película infantil. Por mucho que la pantalla nos muestre unicornios enmadrados trotando y pastando en un bosque mágico, NO LLEVEN a sus hijos pequeños a verla, a menos que quieran provocarles un síndrome de estrés postraumático. No se dejen engañar por los colores pastel, los diseños naíf o los nombres de pila de los personajes —Azulín, Gordi—. ‘Unicorn Wars’ es un relato salvaje sobre el absurdo de la guerra, sobre el negocio de las banderas y de la sangre de los jóvenes que las defienden, una tesis que viene al pelo en el momento en que miles de soldados ucranianos y rusos mueren en el frente. Es, precisamente, el candor de la animación aparentemente infantil lo que permite a ‘Unicorn Wars’ mostrar con crudeza descarnada los efectos de los enfrentamientos bélicos, desde las técnicas abusivas de la instrucción militar, no solo normalizadas, sino consideradas necesarias, hasta la descomposición de los cadáveres de los caídos en combate, o las secuelas psicológicas de quienes tienen la suerte de sobrevivir.

En su último trabajo, el animador gallego Alberto Vázquez, ganador de dos goyas a mejor cortometraje de animación por ‘Birdboy’ (2011) y ‘Decorado’ (2016) y nominado a mejor largometraje de animación por ’Psiconautas’ (2015), parte del cortometraje ‘Sangre de unicornio’ (2013) y amplía la violencia del ‘bullying’, relacionado con la infancia, al contexto adulto en el que no solo se toleran el maltrato y la violencia, sino que se exigen y se premian. Los dibujos de Vázquez, inquietantes siempre, incómodos, utilizan personajes de la memoria infantil colectiva y los retuerce, los pasa por el filtro de la insatisfacción adulta, del desencanto, de la fantasía convertida en un ‘tupper’ de sopa fría comido en una oficina con una moqueta llena de lamparones. Más extremo que ’Happy Tree Friends’ y, desde luego, demostrando una reflexión mucho más descreída sobre valores como el patriotismo o la obediencia —más bien sobre los intereses subrepticios—, ‘Unicorn Wars’ es la película de animación más salvaje y cruenta de, me atrevería a decir, la historia del cine español. Aunque quién sabe, una no lo ha visto todo, ni mucho menos.

Azulín y Gordi, en ‘Unicorn Wars’. (Barton)
Azulín y Gordi, en ‘Unicorn Wars’. (Barton)

Como en aquellos cuentos de Disney en los que un códice medieval introduce la leyenda alrededor de la cual se construye la historia, ‘Unicorn Wars’, que pasó por el último Sitges, sitúa al espectador en un mundo mítico en el que unicornios y osos viven y mueren enfrentados. "¡Ay de quien beba la sangre del último unicornio, pues se convertirá en ser bello y eterno! Y así, Dios regresará al paraíso perdido", profetiza el libro sagrado de los osos. "Solo un osito, el elegido, realizará tal proeza". A un lado del bosque encantado se encuentra María, una joven unicornio que busca a su madre desaparecida. Al otro lado del bosque encantado, en un campamento militar, un grupo de reclutas entrenan para convertirse en soldados y entrar en batalla.

En el Campamento Corazón, cuyo lema es ‘Honor, dolor y mimos’, los novatos están sometidos a ejercicios que los llevan a límite de sus —escasas— habilidades físicas y que, como en ‘La chaqueta metálica’, se ven complementadas por todo tipo de vejaciones y humillaciones que buscan reforzar los roles de abuso del grupo. Entre los reclutas se encuentran los hermanos Azulín y Gordi, el primero obsesionado con ser el número uno —y dispuesto a todo por convertirse en líder de la manada— y el segundo acomplejado por su físico regordete y por su falta de iniciativa. El primero es el matón de clase y el segundo la víctima abusada. Que Vázquez se tome tiempo, en la presentación de los personajes, para dibujar cómo se secan los genitales después de la ducha o cómo los otros dos hermanos del pelotón se besan y se besan y tocan de forma homoerótica, ya da a entender el grado de incomodidad que pretende conseguir el creador.

Otro momento de ‘Unicorn Wars’. (Barton Films)
Otro momento de ‘Unicorn Wars’. (Barton Films)

Vázquez explica a través de ‘flashbacks’ la relación tóxica entre los dos hermanos y la necesidad del primero de ellos de reforzar los roles de la masculinidad testosterónica, como la violencia y la competitividad, debido a una serie de traumas del pasado. Pero cuando la trama se pone peliaguda es cuando Vázquez despliega los obuses: una vez que el grupo se adentra en el bosque, comienza la carnicería. En algunos momentos recuerda a esas descripciones del ‘Viaje al final de la noche’ de Céline, en las que los tendones y ligamentos explotan a causa de las granadas, los miembros se mutilan, las oquedades de los ojos se desbordan; todo en plano detalle. Y es en el momento en el que el espectador fuerza en su imaginación la traslación del papel a la carne cuando ‘Unicorn Wars’ explota. Los poderes fácticos —la Iglesia— y la jerarquía militar se unen para, a través del mito, determinar al enemigo. Porque, en la guerra, el enemigo debe ser un monstruo de 10 cabezas, pero no un padre de familia.

Si bien hay regodeo en la escabechina y en las atrocidades que se cometen contra esos entrañables personajes a los que habíamos cogido cariño y si bien la mezcla de humor y sangre puede plantear dilemas morales, ‘Unicorn Wars’ es una película transgresora que apunta hacia la eterna disquisición sobre fondo y forma, sobre la crueldad cuqui y los villanos vestidos de Prada. Sobre lo fácil que es abrazar el mal si viene en un envoltorio bonito.

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