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"Sí, señor, soy maricón; para servirle" Tuesday, 14 February 2023


En 1968, la editorial Destino, que concedía tradicionalmente el Premio Nadal a una novela escrita en castellano, convocó la primera edición del premio Josep Pla a una novela en lengua catalana. El ganador fue Terenci Moix, un joven de solo 26 años, casi desconocido, que hacía una literatura vanguardista, provocadora y moderna. Cuando su editor le llevó a que conociera a Pla en su masía del Ampurdán, este —conservador, gruñón y escéptico ante cualquier forma de modernidad— le recibió de malos modos:

—Me han dicho que es usted maricón —le dijo.

—Sí, señor —respondió Moix sin inmutarse, tendiéndole la mano—. Para servirle.

Esta anécdota dice mucho del choque cultural que se vivió en la Cataluña del tardofranquismo, en la que se enfrentaron los viejos escritores que habían conocido la República y la guerra y los jóvenes vanguardistas empeñados en que la cultura catalana fuera igual de osada que las demás. Pero también mostraba otra cosa: el morro inmenso que Terenci Moix tuvo a lo largo de su singular carrera literaria.

Portada de ‘El precio de la paja’, el volumen que recoge las memorias de Terenci Moix.
Portada de ‘El precio de la paja’, el volumen que recoge las memorias de Terenci Moix.

Moix pasó de la novela vanguardista en catalán a la novela para las masas en castellano, lo que le valió el rechazo explícito del catalanista en jefe, Jordi Pujol (la antipatía era mutua: Moix llamaba a su Gobierno la “costosa dictablanda”). Fue presentador de programas de televisión en los que entrevistaba a figuras de la canción popular —lo que le valió el rechazo de los escritores supuestamente finos— y del cine de Hollywood —lo que suscitó el rechazo de los cinéfilos que consideraban que el cine bueno era el europeo—. Era un personaje con logros infrecuentes: fue uno de los primeros homosexuales declarados que conocimos los catalanes de nuestra generación, y al mismo tiempo sus novelas estaban en los hogares de clase media más bien pudorosos. Sus libros eran desiguales, a veces disparatados, llenos de faraones, cantaoras, adolescentes angustiados, gais encanallados y gente de la farándula. Pero eran siempre únicos.

Ahora, cuando se cumplen los veinte años de su muerte, la editorial Tusquets reedita en un único volumen sus tres libros de memorias, recogidos bajo el título El peso de la paja . Así se llamaba la plaza del barrio barcelonés del Raval junto a la que creció Ramón Moix —su nombre verdadero—, un barrio popular, lleno de comercios modestos, pero activos —sus padres regentaron una granja, nombre que se da en Cataluña a los establecimientos de desayunos y meriendas en los que se servían sobre todo bollos y lácteos—, que hacía frontera, por un lado, con el barrio del pecado, el Chino, y por el otro con el de la respetabilidad burguesa, el Ensanche.

Ahí transcurren buena parte de las memorias de Moix. Y la descripción de esa parte de la ciudad conforma uno de sus mayores atractivos, ya que son un estupendo retrato de la Barcelona pobretona de los cuarenta, cincuenta y sesenta que se reconstruye tras la Guerra Civil, obsesionada con el estatus que da el bienestar material de los nuevos electrodomésticos y los tejidos y los muebles finos, con una cultura popular dominada por el cómic y el teatro, la revista de variedades y todo lo
que sonara a estadounidense, en especial, el cine.

El cine acaba conformando el centro de la vida de Terenci Moix, hasta el punto de convertirse en su principal forma de excitación sexual

Y el cine es, en muchos sentidos, el protagonista de estas 1.200 páginas, como atestiguan los títulos de sus tres partes: El cine de los sábados, El beso de Peter Pan y Extraño en el paraíso. La madre de Moix rompe aguas en un cine; el niño va al cine casi todos los días gracias a que las distribuidoras dan a sus padres entradas gratis a cambio de dejar anuncios en la granja; en el cine tiene su primera experiencia más o menos sexual con otra persona —tiene muchas consigo mismo, como cuenta en un tono entre divertido y desolado: es el otro significado de “el peso de la paja”—; y el cine acaba conformando el centro de su vida. Hasta el punto, como cuenta cuando la narración se desplaza de la Barcelona del Raval de posguerra a la Roma, el París y el Londres de los años sesenta, que se convierte en su principal forma de excitación sexual, en un afrodisiaco más fuerte que el cuerpo de las mujeres y, sobre todo, de otros hombres. Moix es un niño consentido —“niño bien de una familia mal”, dice—, acostumbrado a que todo el mundo le preste atención, como cuenta en algunos pasajes desternillantes, como cuando se come una peseta y todo el barrio, y luego todo un cine en el que se proyecta Mujercitas, está pendiente de si la expulsa al defecar.

Luego será un adolescente marginado y un poco repelente, obsesionado con que le quieran, que encuentra refugio en el cine y, progresivamente, en la literatura, en el ejemplo de un familiar gay y dandi que le muestra la versión más refinada y culta de la homosexualidad, y en unas experiencias amorosas insatisfactorias.

Amor por lo masivo y lo ‘kitsch’

Eso quedaba agravado por el ambiente en su casa: un lugar caótico, con un padre putero y una madre adúltera, con familiares que enrarecían el ambiente, y un conservadurismo y una religión omnipresentes que el niño y el adolescente rechaza —“entre el cine, el refranero y la tía Florencia pretendían inculcarme las ventajas del conservadurismo”—, pero que no le hace abrazar ninguna clase de antifranquismo prematuro: la política le da igual. Su mundo lo conforman las revistas de cine estadounidenses y algunas españolas, como Fotogramas, o las del corazón, en las que salen actrices y actores de Hollywood. Le obsesiona el cine de egipcios y de romanos, desearía que le gustara la cultura de prestigio —llega a conocer en Italia a Pasolini, con quien se entiende mal, y a otros representantes de la vanguardia europea—, pero le chifla lo masivo y un poco kitsch: “Soñaba con las ventajas de la alta cultura, pero me entregaba a masturbaciones completamente subculturales”.

Las memorias de Moix no llegan a la edad adulta, un periodo en el que obtuvo un gran éxito con la novela histórica de tema egipcio No digas que fue un sueño , Premio Planeta de 1986, que vendió más de un millón de ejemplares, con sus programas de entrevistas y sobre egiptología y su presencia hasta en las casas de las recatadas familias de clase media. Y, en última instancia, con su propia conversión en un icono pop y en una figura cultural reconocida y vinculada a la vibrante cultura barcelonesa de izquierdas que mantenía una relación tensa con el catalanismo.

’No digas que fue un sueño’, la novela de Terenci Moix que ganó el Planeta en 1986 y de la que se vendieron más de un millón de ejemplares.
‘No digas que fue un sueño’, la novela de Terenci Moix que ganó el Planeta en 1986 y de la que se vendieron más de un millón de ejemplares.

En ocasiones, sus memorias son prolijas: Moix es confesional, sentimental, emotivo, introspectivo y de vez en cuando siente compasión por sí mismo. Con todo, son una lectura muy, muy interesante. No solo por su protagonista: un tipo único, singular, talentoso, desprejuiciado, capaz de describir con la misma precisión los muslos de un esclavo egipcio en una película en Cinemascope que una obra maestra de la arquitectura italiana. Sino también por lo que dicen de la España y la Cataluña de la época, que él no retrata solo como el lugar insoportablemente asfixiante que describen muchos otros autores más politizados que el joven Moix, sino como uno donde la cultura pop y el bienestar material se abrían paso en un país conservador, pequeñoburgués, en el que, finalmente, y por suerte, la frivolidad y lo masivo se abrían paso como una magnífica herramienta para recuperar la libertad.

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