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Ayatolás armados hasta los dientes: estas son las fuerzas de Irán contra sus enemigos (internos y externos) Thursday, 16 February 2023


Este jueves se cumplen exactamente cinco meses desde el estallido de la revuelta popular en Irán por la muerte en comisaría de la joven Mahsa Amini, y desde entonces las autoridades iraníes han extraído varias lecciones. La primera, que la represión funciona: las ejecuciones ejemplarizantes y las desproporcionadas represalias contra aquellos que tratan de mantener viva la llama de la rebelión han hecho que, poco a poco, las protestas se vayan acallando. La segunda, que la estabilidad del país pende de un hilo. Y quizá lo que el régimen teocrático considera su enemigo interno se haya debilitado, pero el reciente incidente de Isfahán —atribuido a una operación israelí— demuestra que los externos siguen ahí.

Las fuerzas de seguridad han matado ya a más de 500 manifestantes desde el pasado 16 de septiembre, según la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos (HRANA) de Irán; los detenidos están siendo sometidos a torturas y violaciones, y se han creado tribunales especiales para juzgar a los revoltosos en procesos farsa sin ninguna garantía legal. Los cuerpos policiales y militares no han dudado en recurrir a la máxima violencia a la hora de enfrentarse a unos manifestantes no siempre pacíficos, y las autoridades están convencidas de que las protestas son parte de lo que denominan jang-e narm o guerra suave, una supuesta estrategia de agresión híbrida que Occidente estaría llevando a cabo contra su país.

Y todo apunta a que el plan del régimen pasa por redoblar la apuesta. Por ese motivo, el presupuesto estatal de Irán, recién aprobado para el 2023 —que entrará en vigor en marzo— contempla un incremento masivo de fondos tanto para los aparatos de seguridad internos como para las Fuerzas Armadas, los servicios de Inteligencia y la Guardia Revolucionaria. El presupuesto de los Sepahán o Guardias Revolucionarios subirá este año un 29,35%; el del ejército regular, un 44,54%; el de la policía, un 44,68%; y el de los servicios de Inteligencia, un 46%.

Ante las dificultades económicas que enfrenta el país debido a las sanciones y el aislamiento internacional —y que son, en gran medida, parte del malestar que alimenta las protestas—, hasta el año 2019 el gobierno venía tratando de reducir en la medida de lo posible los presupuestos del aparato de seguridad. Ese año, sin embargo, el régimen tuvo que hacer frente a las mayores protestas en una década, y de un carácter mucho más transversal: a diferencia de la llamada ola verde de 2009, apoyada sobre todo por clases urbanas educadas y partidarias del reformismo, los disturbios de 2019 estaban protagonizados por ciudadanos mucho más humildes y apolíticos, precisamente el grupo social que debería ser el principal pilar de apoyo del gobierno.

Esto inquietó sobremanera a las autoridades iraníes, y ayuda a explicar la violencia con la que decidió hacerles frente: entre 300 y 1.500 muertos, según las fuentes, cifras considerablemente superiores al centenar de asesinados en 2009. Pero desde entonces, la tendencia se ha revertido: las cantidades asignadas a las fuerzas de seguridad vienen creciendo cada año, hasta llegar al significativo incremento de este año.

Un estado, dos ejércitos

A todos los efectos, Irán no tiene uno, sino dos ejércitos: las fuerzas armadas convencionales (el Artesh), y el Sepah-e Pasdaran-e Enqelab-e Eslami (a menudo abreviado como Sepah o Pasdarán), los Cuerpos de Guardia de la Revolución Islámica (CGRI). Esta diferencia llevó a algunos manifestantes a poner sus esperanzas en que el ejército regular, menos ideologizado que el Sepah, se pusiera de su lado. Algo que no solo no ocurrió, sino que existen evidencias de la creciente implicación de estas fuerzas en la represión.

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"El Artesh, que existe desde mucho antes de la revolución [islámica de 1979], se enfoca en la defensa contra amenazas externas; la misión del CGRI, formado a partir de milicias armadas durante la revolución, es defender al régimen de cualquier amenaza, extranjera o interna", señala un informe de 2019 de la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA) de EEUU titulado "El poder militar de Irán", considerado incluso a día de hoy el principal estudio de referencia sobre esta cuestión. Y mientras el ejército regular debe obediencia al presidente, la Guardia Revolucionaria solo tiene que rendir cuentas ante el ayatolá Jamenei. "En contraste con el Artesh, cuyo objetivo principal es proteger las fronteras de Irán, la misión principal del CGRI es proteger al clero chií y hacer avanzar la Revolución Islámica en casa y en el extranjero", indica otro reciente estudio del Instituto de Oriente Medio de Doha.

Irán tiene más de un millón de potenciales combatientes, unos 610.000 efectivos militares y 450.000 reservistas de la milicia basiyí

Irán posee unos 610.000 efectivos militares, de los cuales alrededor de 420.000 pertenecen al Artesh y el resto al CGRI. A esto hay que sumarle otros 450.000 reservistas de la milicia basiyí, lo que da un total de más de 1 millón de potenciales combatientes. De acuerdo con otro informe del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington, "Irán es en el mejor de los casos un poder regional de medio nivel" en términos militares. "El gasto de Irán en defensa en porcentaje respecto a su PIB queda detrás del de otros países de la región, como Arabia Saudí e Israel", apunta el documento. No obstante, posee un número relativamente alto de tropas, tanques y aeronaves, si bien parte de este material está anticuado y adolece de problemas de piezas y suministros.

Ambos ejércitos tienen fuerzas de tierra, navales y aéreas, aunque existen algunas diferencias. Mientras el Artesh está desplegado sobre todo en las regiones adyacentes de Irak, el CGRI tiene entre sus competencias la lucha contra los militantes kurdos en el oeste del país, y contra la insurgencia baluchi en el este. Además, está estructurado en 31 cuerpos provinciales, más otro adicional para la ciudad de Teherán, lo que refleja su carácter defensivo frente a presuntas amenazas internas. Del mismo modo, mientras la armada regular tiene a su cargo el golfo de Omán y opera en aguas profundas en la región y más allá, la fuerza naval de la Guardia Revolucionaria tes, responsable del golfo Pérsico y el estrecho de Hormuz. Por último, mientras el Artesh se ocupa de la fuerza aérea clásica, como cazas y helicópteros, el Sepah está a cargo de la fuerza de misiles.

Misiles, drones y guerra insurgente

"Irán tiene la mayor fuerza de misiles balísticos de Oriente Medio, con más de diez sistemas en su inventario o en desarrollo, y una reserva de cientos de misiles que amenazan a sus vecinos en la región, y "puede atacar objetivos hasta a 2.000 kilómetros de sus fronteras", advertía la comunidad de Inteligencia de EEUU ante un comité del Senado en 2019. "Irán sigue desarrollando y mejorando un rango de nuevas capacidades militares para atacar objetivos militares de EEUU y sus aliados en la región, incluyendo drones armados, misiles balísticos, minas navales avanzadas, barcos explosivos no tripulados, submarinos y torpedos avanzados, y misiles de crucero antibuque y para ataques en tierra", aseguraba entonces esa misma fuente.

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Desde entonces, las capacidades militares de Irán no han dejado de mejorar. Un ejemplo reciente lo hemos visto en la guerra de Ucrania, donde los drones iraníes han sido utilizados contra la infraestructura crítica del país, con devastadoras consecuencias. De hecho, pese a que Irán no tiene una alianza militar formal con Rusia, fuentes rusas indican que uno de los propósitos de Teherán al colaborar con los esfuerzos militares rusos en Ucrania es lograr acceso a tecnología militar avanzada en algunas áreas.

Pero lo que define sobre todo a las tropas iraníes es su capacidad para la guerra no convencional. "Irán compensa sus deficiencias militares convencionales enfocándose en la guerra asimétrica", indica un análisis del Servicio de Investigación del Congreso (CRS) de EEUU, que pone como ejemplo las técnicas navales: en caso de conflicto en sus aguas territoriales, la doctrina iraní contempla la aplicación de técnicas insurgentes al espacio marítimo, lanzando múltiples ataques de forma simultánea con numerosas lanchas rápidas armadas con misiles antibuque, para dificultar su neutralización a manos de un adversario teóricamente más poderoso.

En ese esquema también juegan un papel las milicias y grupos asociados respaldados por Teherán en el extranjero. "Los aliados y proxies controlan territorio desde el que pueden lanzar misiles y cohetes suministrados por Irán, y construir fábricas militares", señala el informe del CRS. "Por ejemplo, el suministro de misiles antibarco a los rebeldes huzíes de Yemen puede representar un esfuerzo por parte de Teherán para proyectar poder militar en el cuello de botella clave del Estrecho de Bab el-Mandeb", añade.

Milicias dentro y fuera de Irán

Esta proyección internacional es tarea del CGRI, una institución que cuenta entre sus funciones declaradas la expansión de la revolución. Surgido como una mera colección de milicias, el Sepah se profesionalizó a raíz de la guerra Irán-Irak, y hoy controla no solo lo que a todos los efectos son unas fuerzas armadas propias, sino también un enorme conglomerado de empresas que lo convierten en autosuficiente. "Lo que comenzó como una milicia islamista armada en 1979 con menos de 500 miembros, se ha transformado en un estado dentro del estado, con sus propias ramas económicas, políticas, de Inteligencia y culturales", escriben los analistas Saeid Golkar y Kasra Aarabi en el citado estudio del Instituto de Oriente Medio.

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El Sepah sirve de apoyo y enlace a organizaciones y milicias chiíes como Hezbolá en Líbano, las Fuerzas de Movilización Popular (Hashd Al-Shaabi) de Irak, los rebeldes huzíes de Yemen, y grupos como Liwa Fatemiyoun en Afganistán y Zainebiyoun en Pakistán. Durante años, la promoción y manejo de estos grupúsculos fue uno de los principales activos de Irán en la región —gracias al desempeño del comandante Qassem Soleimani, abatido en 2020 por un dron estadounidense en Bagdad—, y aunque degradados por múltiples motivos, siguen representando un desafío formidable. Hay algunos testimonios que apuntan a que algunos de estos combatientes extranjeros podrían estar tomando parte en la represión de la revuelta actual.

Además del Artesh y el CGRI, Irán cuenta con los cuerpos policiales —considerados parte del ejército y subordinados a su mando, y cada vez más militarizados—, y sobre todo con la milicia basiyí. Esta organización, subordinada a la Guardia Revolucionaria, está presente en todos los niveles de la sociedad iraní, desde la propaganda hasta la defensa civil, y cuenta con una amplia base de voluntarios, en la mayoría de los casos no remunerados. Los que sí lo son reciben entrenamiento y pueden ir ascendiendo dentro de una estructura piramidal, en función de su compromiso ideológico. Sobre todo, los basiyíes sirven como elemento de choque contra protestas y disturbios cuando la policía no logra contenerlos.

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"El régimen ha desarrollado este sistema de múltiples capas entre las fuerzas de seguridad, en parte para mitigar el riesgo de deserciones e insubordinaciones. Personal de seguridad se ha negado periódicamente a aplastar algunas manifestaciones en Irán, por ejemplo en 1993 y 2009", señala Nicholas Carl, especialista en Irán del Instituto Americano de Empresa, en otro informe sobre el aparato represivo de Irán. "Las autoridades iraníes han desarrollado unidades cada vez más leales en respuesta a este desafío y les han delegado misiones de seguridad delicadas", explica. Estas misiones han incluido el despliegue en lugares en conflicto, como Siria o Irak, y también la recolección de Inteligencia e incluso la organización de asesinatos y atentados en otros países.

"Las lealtades del CGRI no son ni con Irán ni determinadas por la geografía. La entidad política a la que sirven es transnacional y, sobre todo, definida por el lugar del Líder Supremo", afirma Afshon Ostovar, autor del libro "La Vanguardia del Imán" y experto en esta institución. "Si él cae, todos caerán con él", indica en un reciente artículo de la revista Foreign Policy. Ostovar concluye: "En la revolución de 1979, fue la decisión del ejército iraní de declarar su neutralidad y quedarse de brazos cruzados, lo que señaló el fin de la dinastía Pahlevi, poniendo a Irán en un nuevo rumbo. El CGRI, por contraste, fue diseñado precisamente para cerrar filas con el régimen sin importar qué, incluso si eso significa estar contra el pueblo". De momento, eso es lo que ha hecho. Vengan de fuera o de dentro, el aparato de seguridad iraní solo conoce una forma de lidiar con los desafíos al régimen, y es mediante la fuerza. No hay razones para esperar otra cosa.

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