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’Happy Valley’: esta es la mejor serie sobre la paternidad (y la más oscura) Friday, 17 February 2023


Duele acogerse al cliché, pero les reconozco que aquí soy uno de esos muñecos de trapo que la promoción inagotable y simplista de casi todas las series de televisión incluye bajo el reclamo “los fans esperan ansiosos la siguiente temporada”. Normalmente, si los fans esperan ansiosos una nueva temporada, la productora hace esa temporada para el año que viene. El dinero caliente (audiencias notables) moviliza con rapidez todo el tinglado del mundo audiovisual, motivo por el cual tantas nuevas temporadas resultan decepcionantes. Se han hecho pensando en otra cosa.

Se ha tomado su tiempo, sin embargo, Happy Valley (Movistar) para ofrecernos su tercera y última temporada. Más o menos cada año buscaba yo en Google qué pasaba con Happy Valley, y lo que pasaba quizá fuera que no tenía más fans que este que aquí escribe. Siete años, nada menos, ha tardado la creadora y directora Sally Wainwright en hacer avanzar la extraordinaria historia de la sargento Cawood y su nieto traumatizado.

Fotograma de ‘Happy Valley’.
Fotograma de ‘Happy Valley’.

No debemos pensar, con todo, que esta tardanza creativa tenga que ver con la pureza artística, con mimar los guiones y revisarlos hasta la extenuación. A fin de cuentas, siete años han transcurrido también sobre los propios actores, uno de ellos solo un niño en la segunda temporada, por lo que la escritura de la serie ha debido incluir obligadamente el envejecimiento de los personajes, toda vez que serían los mismos actores los que los interpretarían nuevamente.

Así, la protagonista está ahora a punto de jubilarse (Sarah Lancashire, la actriz, tiene 58 años), y su nieto ha alcanzado la adolescencia, con las necesidades narrativas que esto acarrea. Por suerte, ningún actor a cargo de un personaje principal ha muerto, ha dejado el oficio o se ha negado a filmar, siete años más tarde, seis nuevos capítulos. Tiene uno la sensación de que esta pequeña serie la hace gente que cree en ella.

Se trata de un drama policial modestísimo, casi cutre. Tenemos a una agente de policía que se ve obligada a cuidar de su nieto después del suicidio de su hija. El hogar accidental lo completa la hermana de la policía. El padre del niño fue el violador de su madre, causante también, según sospecha la protagonista, de su muerte. Toda la serie tiene como escenario el apacible condado de Yorkshire, al norte de Inglaterra.

Es una serie donde la protagonista está mayor, se ve mayor, fuma, bebe, dice tacos y vive en una cochambrosa casa con un patio lleno de plantas

Con temporadas de seis capítulos, Happy Valley logra situarse entre las mejores series de nuestro siglo sin mucho más aparataje que un puñado de mujeres hablando mientras toman el té. Es una serie de mujeres humildes, sufridas, valientes y sacrificadas, de carreteras secundarias, de hombres malos que no siempre reciben su merecido.

También es una serie donde la protagonista está mayor, se ve mayor, fuma, bebe, dice tacos y vive en una cochambrosa casa con un patio lleno de plantas para poder seguir fumando tranquila. En esta temporada se ríen del yoga y de Greta Thunberg. Es casi una serie sin estética, sin otra belleza que el húmedo paisaje de Yorkshire, donde se impone la verdad de la historia, no poco impactante.

El padre del hijo es un violador y un asesino, ¿cómo olvidarlo? ¿Por qué lo es? Si el mal se manifestó en el padre, ¿lo hará en el hijo?

Porque, sin hacerles demasiado spoiler, la médula espinal de la serie la constituye un temor bíblico, eso que los anglosajones repiten tanto: “the sins of the father” (los pecados del padre, Éxodo, Deuteronomio, Libro de los números). Happy Valley no solo explora la posibilidad de que una abuela aleje por su bien a un niño de su padre, sino la de que, a pesar de este alejamiento sensato, el padre siga influyendo sobre su hijo fatalmente, por genética, diríamos. El padre del hijo es un violador y un asesino, ¿cómo olvidarlo? ¿Por qué lo es? ¿Si el mal se manifestó en el padre, lo hará en el hijo? En este sentido, el final de la segunda temporada (motivo por el que los cuatro fans de la serie llevamos siete años esperando la continuación) es uno de los más delicados, emocionantes y duros que se han rodado nunca.

En esta última temporada, la historia familiar de la policía vuelve a entreverarse con una subtrama criminal de raigambre social. Un farmacéutico trafica con pastillas ilegales, una mujer maltratada es cliente (y esclava sexual) suya, la mafia del lugar entra en escena, y el nieto de nuestra policía, que investiga algunos ribetes del caso, se ve en trifulcas constantes con el marido maltratador, profesor suyo en el instituto. Todo esto, que suena muy lioso, está expuesto capítulo a capítulo con claridad meridiana, actores apropiadísimos y emociones que nos competen a todos. La serie se sitúa realmente entre The Wire y Line of Duty.

Escena de la tercera temporada de ‘Happy Valley’.
Escena de la tercera temporada de ‘Happy Valley’.

Happy Valley orbita en su tercer acto alrededor de un conflicto impresionante: que el hijo quiera conocer y tratar a su padre, a pesar de ser un violador y asesino. Precisamente porque se le ha protegido, y se le han ocultado las atrocidades del pasado, la figura de su padre biológico ejerce sobre él una atracción irresistible. Un asunto similar (quién debe cuidar de los niños) se trata en la inolvidable película dirigida por Ben Affleck, Adiós, pequeña, adiós (2007).

Como en anteriores entregas, el pilar fundamental de la producción es la actriz Sarah Lancashire. Cuando ves su cara, piensas que la has visto en miles de películas, y en realidad casi no ha hecho otra cosa que televisión local, en Reino Unido. Es una actriz adorable, una de esas personalidades ordinarias que, como Carmen Maura con las españolas o Koji Yakuso con los japoneses, parece representar muy precisamente a la gente común de un país.

Como serie pequeña y perezosa (¡siete años, por favor!), el drama británico encuentra un final a la altura de sus dos primeras temporadas en este puñado de capítulos de despedida, dejando para la historia un legado propio de las auténticas leyendas televisivas.

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