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Una noche y siete días que casi hunden al PP Friday, 17 February 2023

Una noche y siete días que casi hunden al PP

Crónica del abismo al que se asomaron los populares hace un año, salvado con la traumática salida de Casado y la entronización de Feijóo


Todo reventó la noche del 16 de febrero de 2022. Pero el cisma llevaba meses larvándose, en público y en privado. En la arena política, pero también en el terreno reservado de lo personal. Ese en el que acaban detonando las grandes crisis partidarias rompiendo sintonías y complicidades. Hacía meses que Pablo e Isabel, compañeros en el PP, amigos y aliados en la candidatura vencedora con la que él se aupó a la presidencia frente a Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal, habían pasado a ser, fríamente, Casado y Díaz Ayuso. Rivales bajo la misma sigla y el parentesco ideológico.

Aquella noche del invierno madrileño que afila los cuchillos, la prensa filtra la denuncia del equipo de la mandataria autonómica sobre el supuesto espionaje de Génova para tratar de aniquilarla por persona interpuesta: su hermano, sobre el que Casado y su ‘brazo armado’ en el partido, el secretario general Teodoro García Egea, han hecho caer la sospecha que más puede manchar entre los populares -la corrupción- por su intermediación en la compra de 250.000 mascarillas para el Gobierno regional a un empresario amigo desde la niñez de los Díaz Ayuso. Un millón y medio de euros movido bajo las angustiosas urgencias de la pandemia.

El cruce de imputaciones, con resonancias potencialmente delictivas, resuena gravísimo. El líder del principal partido de la oposición en España levanta el dedo acusador contra la presidenta de la Comunidad de Madrid por cobijar a un familiar, alguien de su propia sangre, en una presunta actuación fraudulenta. Ella le señala a él por espiarla en busca de pruebas que le comprometan y arruinen sus ambiciones políticas.

La baronesa se revuelve, se anticipa, apunta y dispara contra lo que define como un trato «cruel» e «injusto» de su jefe de filas. Diez meses antes ha arrollado a la izquierda en unas autonómicas que consagran su liderazgo frente a un Casado que no termina de despegar en su aspiración de hacerse con la Moncloa. Lo ha hecho con una campaña personalísima comandada por su ‘hombre fuerte’, Miguel Ángel Rodríguez, el hacedor de las políticas de comunicación del expresidente Aznar, y envolviéndose en la agradecida bandera de la libertad que llena su urna de votos tan convencidos como hartos del coronavirus.

Isabel deja de ser Isabel, aquella chica políticamente desprejuiciada y un punto lenguaraz a la que Casado promocionó en su momento recompensándola por su apoyo. Las urnas, que la dejan a un paso de la mayoría absoluta y desprendida de la dependencia de Vox para gobernar, terminan de apuntalarla como Díaz Ayuso, la baronesa de Madrid, el espumeante referente de un PP que no acaba de entusiasmarse con Casado. Donde unos ven la puñalada trapera de la deslealtad sobrevenida, otros malician los celos de un líder inseguro.

El 31 de agosto de 2021, la presidenta madrileña prende una mecha que desembocará en el estallido de las feroces hostilidades con Génova menos de seis meses después: proclama su derecho a encabezar no solo el Gobierno de la Puerta del Sol, sino el partido en la región madrileña. Su aspiración encuentra eco en otros barones que compatibilizan cargos como el gallego Alberto Núñez Feijóo, el jefe de la Xunta de las cuatro mayorías absolutas, el eterno candidato a pilotar el PP que nunca termina de subir ni de bajar el descansillo de su incontestable hegemonía territorial.

Pero eso, que la Isabel empoderada en Díaz Ayuso se haga con el control de la poderosa estructura del partido en Madrid, no figura en los planes de una dirección nacional desde la que García Egea ha extendido los tentáculos del poder interno con más apisonadora que bisturí. «Es la Gestapo», se llega a verbalizar en las desconcertadas, indignadas y, también, atemorizadas filas populares en las horas que siguen a aquella heladora noche para el partido de hace un año.

Aquella noche que levanta bruscamente el telón de una guerra intestina retransmitida en vivo y en directo durante los siguientes siete días y que a punto está de llevarse por delante al PP, el puntal del bipartidismo con el PSOE.

El estallido

Miércoles, 16 de febrero

El estallido

El reloj del pulso inclemente entre Casado y Díaz Ayuso se detiene, para no volver nunca más atrás, a las 21:28 horas de ese 16 de febrero de 2022, fecha que quedará grabada en la memoria colectiva de los populares. Los medios empiezan a destapar la denuncia lanzada desde los despachos de la Comunidad sobre el presunto espionaje contra la presidenta ordenado por el cuartel general de Génova, valiéndose de sus peones en el Ayuntamiento de Madrid -el alcalde, José Luis Martínez-Almeida, amigo de la baronesa y portavoz de la ejecutiva de Casado se queda en medio del fuego cruzado-.

A las 22:09, la dirección nacional difunde un comunicado en el que abre la puerta a adoptar «medidas judiciales» ante las acusaciones de Díaz Ayuso, que niega pero admitiendo, sí, que el partido está investigando desde octubre la adjudicación del contrato de las mascarillas por la supuesta mediación irregular del hermano de la líder madrileña.

Duelo al sol

Jueves, 17 de febrero

Duelo al sol

El jueves 17 amanece pronto, mucho, para el PP. El primero en comparecer, a las nueve, es Martínez-Almeida, que lo hace como alcalde y no como portavoz nacional del partido. En otro acelerado giro de guion, el regidor admite que indagó sobre la posible contratación de un detective para espiar a Díaz Ayuso sin encontrar pruebas y avisa de que actuará si encuentra algún ilícito entre sus subordinados en el consistorio. La diana apunta a Ángel Carromero, mano derecha de Martínez-Almeida y ‘fontanero’ de Génova. El señalado no espera a las evidencias y dimite esa misma tarde.

A las 13:34 horas, vestida de impoluto blanco y con las lágrimas a flor de piel, Díaz Ayuso protagoniza una comparecencia sin preguntas en la que deja claro que va a plantar cara a Casado por montar una campaña de desprestigio para intentar derribarla. Génova contraataca hora y media después con una rueda de prensa de García Egea y de Andrea Levy, reconocida ‘casadista’ a la que la dirección comanda para dirigir el expediente informativo abierto a Díaz Ayuso. El presidente sigue las intervenciones desde su despacho en ese cuartel general que él quiere vender para intentar desembarazarse de la mochila de la corrupción. La crisis se adentra en una selva de animadversión sin marcha atrás.

Feijóo irrumpe

Viernes, 18 de febrero

Feijóo irrumpe

Con el partido abierto ya en canal, los acontecimientos se suceden. El día transmite desde sus albores una sensación de profunda confusión, alimentada por una entrevista a primera hora de Casado en la Cope que sacude a los cargos y militantes populares. El líder no solo no se contiene, no templa gaitas, sino que redobla la imputación política y moral contra Díaz Ayuso, a la que Génova lleva horas exigiendo explicaciones sobre el contrato vinculado a su hermano.

Casado califica los hechos como «tráfico de influencias» y añade un ingrediente más a la trama: extiende la especie de que si Díaz Ayuso pretende hacerse con el control de Madrid no es solo por lo que todo el mundo supone -una intención inconfesada de disputarle el liderazgo del PP si vienen mal dadas-, sino por protegerse de eventuales problemas por posibles irregularidades.

La zozobra se extiende aceleradamente en ondas concéntricas, mientras la dirección sigue sin aportar pruebas concluyentes de sus acusaciones y Díaz Ayuso, paradójicamente, parece retroceder. La presidenta admite que su hermano percibió 55.850 euros de la Comunidad, pero rechaza el cobro de cualquier ‘mordida’ como sugieren desde Génova. Se afana en negar que sea un comisionista y justifica el pago por sus servicios porque facilitó el contacto con la red comercial china que permitió al Gobierno regional hacerse con mascarillas por la pandemia en un momento de extrema necesidad. No se sabrá hasta el día siguiente, pero Casado y Díaz Ayuso acaban viéndose secretamente esa tarde en Génova. Una cita «infructuosa», según el Gobierno autonómico.

Este viernes 18, unas declaraciones ante los medios adquieren una notable relevancia, aunque la tendrán en toda su dimensión cuando la crisis encuentre una vía de escape, un punto de inflexión. Habrán de transcurrir aún algunas jornadas más de tensión al límite para comprenderlo, pero la ‘operación Feijóo’ se pone en marcha ese día.

El ‘barón de barones’ irrumpe en el polvorín y tira de su autoridad en el partido para urgir a los bandos enfrentados a que procuren una solución ante el riesgo de escisión irremediable en que se encuentra sumida la formación conservadora. Pero Feijóo hace algo más: agita el fantasma de la convocatoria de un congreso extraordinario, estatutariamente posible, si Casado y Díaz Ayuso no zanjan la crisis en la que ya solo cabe que quede en pie uno solo de los dos o que caigan ambos.

La claudicación

Sábado, 19 de febrero

La claudicación

El pulso empieza a decantarse hacia la presidenta madrileña este sábado de aparente ‘impasse’. A media tarde, Génova da a conocer una decisión a todas luces sorprendente dada la envergadura de las imputaciones aireadas contra la presidenta madrileña: que da por buenas sus explicaciones y quiere cerrar la fiscalización interna. A estas alturas, con el tapón de la ruptura bruscamente levantado, han comenzado a aflorar ya cuitas, agravios y malestares, especialmente dirigidos contra el poder que Casado ha delegado en García Egea y su modo de actuar con los cuadros de la formación y las baronías territoriales.

«Tenemos una dirección jugando permanentemente a no perder. Una dirección que trabaja más para afianzar su control del partido que para ganar las elecciones», se escucha afirmar en esas horas de quebranto a un cargo público de los populares. En aseveraciones como esa late no solo el descontento de puertas hacia dentro, sino también algo que resultaba menos palpable hasta entonces: la desconfianza que alberga buena parte del PP hacia las capacidades reales de su presidente para desalojar a Pedro Sánchez y llegar a la Moncloa.

Es esta tarde sabatina en la que, acuciado ya por las presiones de distinta índole y la falta de indicios solventes sobre los que sustentar su severo señalamiento de Díaz Ayuso, Casado da carpetazo al expediente informativo que le ha abierto la dirección y que parecía poco menos que irrenunciable; una suerte de auto de fe sobre el compromiso de este PP, del ‘casadismo’, contra la corrupción.

Es un intento desesperado ya por practicar un torniquete sobre la herida abierta. Pero la oferta de tregua no solo llega tarde en términos políticos, sino que tampoco va a frenar otro frente no menor, el judicial; o lo que es lo mismo, las investigaciones emprendidas ya por Anticorrupción sobre el contrato del hermano de la líder madrileña (y que acabarán archivadas meses después).

El abandono

Domingo, 20 de febrero

El abandono

Casado soporta como puede un domingo de pasión. Enclaustrado entre cuatro paredes y apoyado en su guardia pretoriana -García Egea, Ana Beltrán, Pablo Montesinos y Antonio González Terol-, el todavía jefe de filas de los populares ve cómo va perdiendo el respaldo de sus barones, de los medios de comunicación próximos a la derecha y de la militancia. Génova registra a sus puertas una manifestación de simpatizantes de Díaz Ayuso, una imagen de contestación en la calle que el PP ya había sufrido en otro trance extremo 14 años atrás.

Fue en la primavera de 2008, con Mariano Rajoy hostigado por Esperanza Aguirre y sus aledaños y los afiliados del partido concentrándose a favor de dos emblemas de la lucha contra ETA como José Antonio Ortega Lara y María San Gil. Rajoy logró aguantar. Casado no podrá. El líder convoca a su ejecutiva para el día siguiente, resistiéndose a sacrificar a García Egea y desoyendo los múltiples llamamientos ya, más o menos expresos, para que dimita.

El amotinamiento

Lunes, 21 de febrero

El amotinamiento

Este lunes 21 de febrero se empieza a redactar la cuenta atrás del ‘casadismo’. El presidente de los populares y su cada vez más menguado equipo de fieles poco menos que se atrinchera en Génova, por donde van pasando distintos cargos y donde menudean las llamadas en un intento postrero de Casado de armar una suerte de ejército de resistencia para pelear con el otro bando, que aun con posiciones e intereses diversos, es ya mayoritario.

Paulatinamente aislado frente a la realidad que se le desmorona alrededor como un castillo de naipes, el jefe de la oposición reta todavía en esa jornada a los barones a que le destituyan en un congreso. Para ello, les convoca a una junta directiva nacional en una semana para que, ahí, midan sus fuerzas e intenten obligarle a ir un cónclave fratricida ( y suicida). Será un objetivo baldío. Feijóo, investido con el generalato de los barones, le invita públicamente a tomar «la última decisión». Un eufemismo con grelos.

La soledad

Martes, 22 de febrero

La soledad

Veinticuatro horas después, Casado tiene que asumir por la fuerza de los acontecimientos que su etapa en el PP está a punto de ser finiquitada. No tanto porque Díaz Ayuso haya triunfado -la actitud de la baronesa le granjea antipatías en estas jornadas de altísimo voltaje-, sino porque ya casi nadie cree que él puede remontar la crisis interna; antes al contrario, cunde la convicción de que se ha convertido en un obstáculo que hay que remover para empezar a salir del túnel infernal. Ese día, a Casado le abandona el grupo parlamentario en el Congreso.

Su portavoz, Cuca Gamarra -la ‘sorayista’ que ascendió con el ‘casadismo’ y ha sobrevivido con Feijóo-, no firma el desolador texto que reclama la destitución de García Egea y la celebración de un congreso extraordinario, pero ella también le ha dejado sin su apoyo. El presidente del partido quema un cartucho ya tan tardío como inútil con la marcha, cuya exigencia se ha vuelto un clamor, del cuestionado secretario general. Casado está, ya, definitivamente solo.

La puntilla

Miércoles, 23 de febrero

La puntilla

Los barones y su todavía jefe de filas se reúnen esa tarde con las cartas ya jugadas. Es 23-F, fecha con resonancias de éxitos y fracasos donde las haya en el imaginario político español. Casado tiene que interiorizar que la cita es para abrirle, con mayor o menor elegancia y piedad, la puerta de salida; él todavía se pregunta, en estado de aturdimiento, qué ha hecho mal para tener que irse y de manera tan poco honrosa. Por la mañana, el líder caído aunque aún no formalmente derribado protagoniza su última intervención en el Congreso, en medio de la desolación de sus íntimos -Beltrán, Montesinos y González Terol- y de la incomodidad de unos rivales en el hemiciclo que, empezando por el presidente Sánchez, guardan las formas ante la defenestración de su hasta ahora adversario a la que asisten en directo.

El cónclave de poderes convocado en Génova termina de madrugada, con luces encendidas en la oscuridad nocturna y escenas que evocan el sacrificio final. Es la hora de Feijóo. Un cisma inesperado e insólito empuja al dirigente gallego a Madrid por aclamación, tal y como quiso y requirió, sin conseguirlo, de Rajoy y en un contexto inimaginable por traumático. La noche en que el PP empieza a respirar algo de paz, Vladímir Putin devuelve la guerra a las fronteras europeas al invadir Ucrania. Pero esta es otra historia, por terminar y mucho más trágica.

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