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’The Survival of Kindness’: buenismo impostado impropio de un gran festival de cine Saturday, 18 February 2023


Que exista una película es un milagro. Un milagro que depende de una obcecación compartida y sostenida en el tiempo -esto es lo más difícil-, de la voluntariosa habilidad de escapar al desánimo, a la falta de financiación, a las inclemencias del tiempo, a la sala de montaje, y a una larga y tediosa enumeración de trabas y obstáculos que se interponen entre lo imaginado y usted, querido espectador.

Al cine que llega a los grandes festivales se le presupone, además, haber destacado entre las miles de películas que se ruedan todos los años en todo el mundo, demostrar que más de cien años de vida el cine todavía tiene historias nuevas que contar y formas nuevas de hacerlo. Por eso sorprende que, a través de las decenas de celdillas microscópicas de la criba por la que se cuelan las películas seleccionadas para la competición, sobrevivan -valga la redundancia- películas como The Survival of Kindness (vendría a traducirse como La supervivencia de la amabilidad, o algo así) entre las diecinueve candidatas al Oso de Oro de este año.

The Survival of Kindness es el decimonoveno largometraje del director australiano de origen holandés Rolf de Heer, habitual de Cannes, y ganador de algunos de los premios más importantes del cine de autor: Premio del Jurado de Un Certain Regard en 2006 por Ten Canoes, del Premio Especial del Jurado en Seminci por The Tracker en 2002 y Gran Premio del Jurado en Venecia en 1993 por Bad Boy Bubby, como los más destacados. No se le puede negar la trayectoria a De Heer, que rodó su anterior película hace casi una década, pero sí que su última película se codee entre las que, se supone, van a definir el año.

Mwajemi Hussein, actriz primeriza, es la protagonista de ‘The Survival of Kindness’.
Mwajemi Hussein, actriz primeriza, es la protagonista de ‘The Survival of Kindness’.

A De Heer al menos hay que reconocerle una propuesta arriesgada: la ausencia de diálogos o, más bien, de diálogos comprensibles, ya sea porque la mayoría se hablan debajo de máscaras antigás, se berrean en momentos de enajenación o utilizan un lenguaje, al parecer, inventado. La segunda, y la que es más discutible, es el despojo de cualquier realismo a la historia, convertidos los personajes en conceptos -la mujer negra, la niña marrón- y la historia en, supuestamente, una alegoría sobre el racismo.

El problema es que para que una alegoría funcione, o simplemente sea una alegoría, el símbolo y el significado deben ser diferentes. Aquí la metáfora del racismo se limita a un grupo de blancos que encierra a una mujer negra en una jaula, un grupo de blancos exterminando, explotando y esclavizando a la población negra. Como imagen de apertura, una tarta decorada con figuras que representan un grupo de hombres igualmente enmascarados que matan a un grupo de esclavos negros. De nuevo, poca metáfora.

Mwajemi Hussein y Deepthi Sharma en otro momento de la película de De Heer.
Mwajemi Hussein y Deepthi Sharma en otro momento de la película de De Heer.

En las apabullantes localizaciones del sur de Australia y de Tasmania, De Heer ha rodado con un equipo mínimo, tanto delante como detrás de la cámara. Frente al objetivo, el protagonismo absoluto lo tiene la actriz primeriza Mwajemi Hussein, poderosa en la expresividad de sus ojos, pero encorsetada en un registro con el que es difícil empatizar.

Ella interpreta a una mujer encerrada en una jaula y abandonada en medio de un desierto por una suerte de milicia apocalíptica. Las texturas que rueda la cámara -la tierra agrietada, el hierro oxidado, el polvo seco-, a veces con una lente macro que parece captar hasta los poros de la piel, son el azúcar de la píldora que luego será la película: una fábula en la que la mujer irá topándose con distintos personajes -que el director no se molesta en contextualizar-, que simplemente hacen que la historia, si la hubiera, vaya avanzando.

Otro momento de ‘The Survival of Kindness’
Otro momento de ‘The Survival of Kindness’

El director sigue a la protagonista a través de la tierra yerma, de las cuevas, de los bosques. En este mundo postapocalíptico, al parecer, se ha propagado un virus, por las llagas en la piel de algunos de los personajes -no caucásicos-, y los zapatos son un objeto de lujo que muchos persiguen. También descubrimos que es indispensable para sobrevivir a las milicias el tener ojos azules y piel blanca. Los paisajes naturales se ven sucedidos por localizaciones industriales, pero que más allá que media docena de planos -todos muy bien compuestos- no apoyan la historia. Pero claro, ¿qué historia?

La película parece haberse dirigido sin guión, o sin un guión muy claro, con la simple idea de hacer peregrinar a un personaje a través de unos paisajes de western, depurando las necesidades al mínimo, incluso las del planteamiento. La sensación de repetición, de que la historia vaga sin un propósito ni un destino concreto, sin siquiera jugar a dilatar o suspender el tiempo, ni utilizar recursos oníricos -más allá del momento con las hormigas, o de la relectura del film al final-, provocan la desesperación del espectador -en el Berlinale Palast hubo más de uno y de dos y de tres resoplidos- y la sensación de estar encarcelado en la butaca. Y la sensación de que The Survival of Kindness es un cine que se escuda en una aparente buena intención a la que no se le ha dedicado más de un segundo de reflexión.

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