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Vlad y Vova: dos maneras opuestas de librar la guerra de Ucrania Friday, 24 February 2023


El 4 de noviembre de 2016, el presidente de Rusia, Vladímir Putin, desveló una estatua del príncipe Volodímer ante una de las puertas exteriores por las que se accede al Kremlin. El pedestal de la estatua había sido fabricado con una roca procedente de Crimea, el lugar en el que Volodímer, un feroz guerrero pagano, se bautizó como cristiano ortodoxo en el año 988. Fue el primer paso que dio para evangelizar, y consolidar, ese reino eslavo oriental que ha pasado a la historia como Rus de Kiev y cuyos territorios originales han querido controlar los rusos desde la época del Ducado de Moscovia. Es decir, desde antes de que Rusia se llamase Rusia.

Es posible que, en este intento propagandístico de cuadrar la ocupación ilegal de Crimea dentro de un arco histórico que la justificase, a Putin no se le escapara la coincidencia anecdótica de que el príncipe Volodímer era tocayo suyo, como también lo fue Vladímir Ílich Uliánov, alias Lenin, otro forjador de imperios rusos. Al final, los azares históricos ofrecen estas curiosidades, como también es curioso que el gran némesis de Vladímir Putin, el defensor de Kiev y de Ucrania como entidad soberana e independiente, separada de Rusia, se llame de la misma forma.

Foto: Soldados ucranianos, en una maniobra militar cerca de la frontera de Ucrania y Bielorrusia, el 20 de enero de 2023. (Reuters/Gleb Garanich)
A Putin le quedan dos cartas en la manga para darle la vuelta al frente y ninguna es un as

Son pocas las cosas que unen a estos dos tocayos, Vladímir Putin y Volodímir Zelenski. Los dos nacieron en la Unión Soviética, los dos hablan ruso como lengua materna y los dos están en guerra. Pero les separan 26 años, una generación, un cuarto de siglo que supone una diferencia clave en el contexto de esta región del planeta.

Cuando nació Volodímir Zelenski, en la ciudad industrial rusófona de Kryvyi Rih, en el sureste de Ucrania, el leningradés Vladímir Putin llevaba tres años en el KGB. Los momentos que técnicamente habrían sido los más importantes en la vida de una persona, su primera juventud y su paso por la universidad, su madurez profesional, su matrimonio y el nacimiento de sus dos hijas, sucedieron bajo el signo de la hoz y el martillo. Las coordenadas sociales y morales de su mundo eran otras. El día que el imperio soviético dejó de existir, y con él los planes vitales del casi cuarentón Putin, Zelenski era un niño de 13 años que hacía reír a sus compañeros de pupitre.

Foto: El presidente ruso, Vladímir Putin, visita a las tropas. (Reuters/Sputnik/Mikhail Klimentyevy) Opinión
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El cuarto de siglo que los separa representa un corte en la manera en que se socializaron ambos líderes, tal y como evidencian sus maneras de gestionar la guerra. Una diferencia que agrandan los instintos de sus respectivos países: Rusia quiere volver a controlar la periferia, y la periferia, Ucrania, quiere conservar su recién ganada soberanía. En Rusia, cualquier cambio o fase nueva acaba cristalizando en la verticalización del poder, en la monarquía, sea cual sea el lenguaje con el que se recubra. En Ucrania la regla es el caos, incluso la anarquía, el equilibrio que nace de la pugna entre distintos grupos de poder, y que deja un paisaje político horizontal, democráticamente desordenado, en aparente línea con las tradiciones cosacas.

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Vladímir Putin gobierna Rusia como si fuera 1982. El presidente se informa con dosieres en papel, no usa internet y depende de un escueto círculo de colaboradores cercanos y de su mismo perfil. No siempre fue así. Rusia ha tenido, y tiene, una élite económica competente que lleva las finanzas por un camino racional y efectivo. El Putin de los primeros años tenía fama de práctico, lo cual se reflejaba en el respeto que se le profesaba en casa y en el extranjero. Pero su régimen se ha terminado calcificando. Ahora son los veteranos de los servicios de seguridad, setentones preocupados por reconstruir el peso geopolítico de la URSS, quienes monopolizan la atención del presidente. Como cualquier otro líder ruso, Putin manda desde el Kremlin, la "fortaleza", donde desaparece durante días o semanas, como un emperador bizantino, un mandarín cuya palabra es de naturaleza divina y que pasa las horas en soledad leyendo biografías de los reyes rusos a los que se quiere parecer.

La kremlinología, esa pseudodisciplina que durante la Guerra Fría trataba de descifrar, como quien lee los posos del té, lo que sucedía en las élites soviéticas, sigue viva. Sigue viva en Rusia. Ni siquiera los miembros del Gobierno de Putin, o sus embajadores, o sus comandantes, saben qué trama el presidente. Hay razones para pensar que, en los días anteriores al 24 de febrero de 2022, las audiencias generalistas de España, Francia o Estados Unidos estaban mejor informadas de lo que se venía encima que muchos altos cargos políticos y militares de Rusia.

Esta tendencia al secretismo siempre estuvo presente en Putin, el silovik (miembro de los servicios de seguridad) que subió al Kremlin ataviado con el disfraz más útil para aquellos que buscan el poder: el disfraz de la nulidad, del señor mediocre, un traje vacío sin imaginación ni carisma y, por tanto, sin posibilidades de convertirse en un rival para aquellas figuras pagadas de sí mismas que revoloteaban sobre la moribunda presidencia de Borís Yeltsin. Coloquemos a este don nadie, pensaron, y que sirva nuestros intereses. Ya de presidente, Putin se quitó la piel de cordero.

Volodímir Zelenski llegó a jefe de Estado de forma opuesta. No tenía experiencia política, pero era conocido en toda Ucrania. La leyenda dice que millones de ucranianos no votaron a Zelenski, sino al personaje que este interpretaba en la serie de televisión Servidor del Pueblo: un amable profesor de instituto que, por una serie de simpáticas peripecias, acaba de presidente de Ucrania. Mejor votar a un personaje ficticio, pero nuevo, que a la sempiterna casta de oligarcas.

Foto: El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, durante una rueda de prensa en Kiev. (Reuters/Valentyn Ogirenko) Opinión
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Como era de esperar en un joven productor audiovisual con 4,2 millones de seguidores en Instagram, la campaña presidencial de Zelenski fue deslumbrante en las redes sociales. El candidato pertenecía a la generación de ucranianos a los que les molestaba el término postsoviético, sinónimo de corrupción, inestabilidad y decadencia, como si fuera uno de esos motes que se dan en los pueblos a familias enteras, y que obligan a los hijos, nietos y bisnietos de un personaje estrafalario a cargar con su estigma.

Zelenski simbolizaba la superación de ese club de burócratas grises vestidos con trajes dos tallas más grandes, pero también de la Ucrania de Poroshenko: la Ucrania del ejército, la fe y la lengua, con sus sacrosantos manierismos nacionalistas. Zelenski, en otras palabras, se retrató como un candidato moderno y desenfadado, y la jugada le salió bien. El 21 de abril de 2019 sacó el triple de votos que Poroshenko en la segunda vuelta de las presidenciales. La talla de su victoria le permitió ser el primer presidente de Ucrania capaz de nombrar a todos los miembros de su gabinete, muchos de los cuales, como el propio Zelenski, eran ejecutivos de la industria del entretenimiento que nunca habían visto de cerca una cartera de ministro.

Quizás fue su pasado de monologuista, bailarín y comediante, su perfil más de influencer que de presidente, sus posturas en principio abiertas, relajadas, en cuestiones como el estatus del idioma ruso o la resolución de la guerra del Donbás, lo que persuadió a Vladímir Putin de que Volodímir Zelenski era un blando, un advenedizo. Un intruso en el mundo de la política: un cortijo de señores que resuelven sus asuntos a puerta cerrada. Putin pensó que las piernas de Zelenski, ante el advenimiento de la guerra, se doblarían como las de un cervatillo.

Pero Zelenski, contra todo pronóstico y a riesgo de ser capturado o muerto por las fuerzas especiales rusas que descendieron sobre Kiev, plantó cara, y su carrera de productor audiovisual, y la experiencia en el mundo del espectáculo de buena parte de su administración, resultaron aportar pingües ventajas al difícil asunto de la guerra. Como apuntaba en estas páginas el historiador Alexander Motyl, por primera vez en la historia los ucranianos dominan la narrativa en una de las muchas guerras que han tenido que sufrir. Desde fuera ya no se los ve, por usar las palabras de Motyl, como los habitantes de un país "corrupto, fragmentado, desmoralizado", sino como una especie de espartanos modernos, decididos a luchar hasta la muerte, sumidos en la noche de las flechas enemigas. Y a contarlo en Twitter.

Foto: Volodímir Zelenski y su exportavo Iuliia Mendel. (Cedida)
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Zelenski no se envuelve en el misterio de una fortaleza, ni se graba intimidando a los boyardos en un enorme salón imperial. El presidente dirige la campaña de marketing más impresionante de la historia de Europa, seduciendo a los líderes internacionales de los que necesita las armas y las subvenciones, dejándose fotografiar en las zonas más noticiosas o calientes de la guerra. Estuvo en Bucha poco después de que se desvelaran las atrocidades, visitó Jersón nada más liberarse, compareciendo al aire libre y a tiro de mortero, y entregó condecoraciones militares en Bajmut.

Los discursos de Vladímir Putin están a mil kilómetros de la realidad. El ruso dice que los gobiernos de Occidente promueven activamente la pedofilia y asegura que Ucrania es un régimen nazi que asesina a sus ciudadanos. De la noche a la mañana, el novato comediante judío, que había desarrollado gran parte de su carrera en Moscú, entreteniendo a gente que hoy lo querría ver muerto, como el propagandista Vladímir Soloviov, y que pensaba que se podía negociar una paz en el Donbás con un par de conversaciones, se habría convertido, a ojos de Putin, en un dictador nazi. Un monstruo militarista que pone en jaque a las tropas rusas. Al contenido de sus discursos se une la puesta en escena. Putin anunció el ataque, hace un año, con una alocución breve, grabada y llena de amenazas tabernarias, con las manos agarradas a los brazos de la silla, como para evitar los temblores que se le ven en otros vídeos.

Mientras, Zelenski coreografía cautelosamente todas sus apariciones: desde las que se graba con su teléfono móvil, con ese presunto aire de improvisación propio de estos tiempos, hasta las que hace con toda la fanfarria de los momentos señalados: sus intervenciones parlamentarias, su discurso en el Congreso de Estados Unidos. Cada mensaje diseñado específicamente para tocar las cuerdas emocionales de las distintas audiencias. En Washington elogió la cruzada emancipadora del libertador Abraham Lincoln; en España, se refirió a los horrores del bombardeo de Gernika.

Más allá del aspecto y de la comunicación, la toma de decisiones de ambos líderes también es opuesta. Varios análisis, como este de Dara Massicot, experta en capacidades militares rusas de RAND Corporation, observan que los rusos podrían haber tenido éxito en el asalto inicial a Ucrania. Lo único que tendrían que haber hecho es seguir al pie de la letra su doctrina militar. Por ejemplo, empezar bombardeando las infraestructuras militares ucranianas durante semanas. Luego entrar. Y hacerlo con las tropas concentradas, con varias líneas de apoyo detrás para asegurar la logística, el suministro y el refresco de efectivos. Los comandantes tendrían que haber sido detalladamente informados de la misión, de manera que pudieran prepararse, ensayar con sus tropas y actuar con la mayor eficacia posible.

En lugar de eso, muchos soldados rusos se enteraron de que cruzarían la frontera cuando sus blindados encendieron los motores. Las 190.000 tropas se dividieron en cinco ejes de ataque por un frente, desde Kiev en el norte hasta Jersón en el sur, de miles de kilómetros. Sus líneas se extendieron decenas de millas en la estepa, quedando a merced de los ucranianos. Los planes maximalistas de controlar Ucrania fracasaron, y los rusos se han visto forzados a concentrarse en el Donbás, donde avanzan metro a metro con un coste humano y material extraordinario.

Foto: El presidente ruso, Vladímir Putin, antes del discurso. (Reuters/Ramil Sitdikov) Opinión
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La explicación emergente es que Vladímir Putin diseñó en persona la estrategia, metiendo sus prejuicios políticos en asuntos que tendrían que haber sido cuidadosamente planeados por los militares. Probablemente, el presidente pensaba que los ucranianos, ante la deslumbrante presencia de los paracaidistas rusos, se rendirían en masa o les darían la bienvenida. Es la hipótesis que mejor encaja con la pésima planificación del ataque: que 22 años de poder autoritario, en creciente aislamiento, habrían embotado el olfato político y estratégico de Vladímir Putin.

Zelenski, por el contrario y como nos decía Oleksiy Melnyk, exaltó cargo del Ministerio de Defensa ucraniano y codirector de Relaciones Exteriores y de Seguridad del Centro Razumkov, delega muchas de las decisiones en los militares y respeta las sugerencias de estos. Durante el verano pasado, su administración amagó con preparar una contraofensiva en Jersón. Los rusos acumularon tropas en el sur, desatendiendo el flanco del noroeste. Los ucranianos aprovecharon y golpearon el noroeste, reconquistando 6.000 kilómetros cuadrados en la provincia de Járkov. El actor Zelenski había interpretado su papel, hacer creer que golpearía a los rusos en el sur, en la obra de teatro dirigida por sus generales.

Por último, y por extensión de estas dos maneras generacionales de enfocar las cosas, Rusia ha profundizado todavía más su viaje, o su retorno, al autoritarismo. Los escasos disidentes, que no habían sido exiliados, encarcelados o asesinados, languidecen hoy en las prisiones rusas; los últimos medios de comunicación independientes han sido clausurados y cualquier información o gesto que se perciba como una crítica al Ministerio de Defensa puede acarrear 10 años a la sombra.

Foto: Putin, durante el discurso. (EFE/EPA/Dimitry Astakhov)
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Rusia, el país agresor, se ha cerrado como un puño. El país agredido, Ucrania, decretó la ley marcial y prohibió una docena de partidos prorrusos, pero sus instituciones, empezando por el parlamento, funcionan con normalidad y también lo hacen los periodistas. Medios como The Kyiv Independent informaron sobre las aparentes corruptelas en el Ministerio de Defensa ucraniano y sobre las malas condiciones en las que muchas veces van a combatir los soldados. Los reporteros locales visitan a menudo el frente, desde donde llegan crónicas llenas de claroscuros.

Si Volodímer, príncipe de la Rus de Kiev, el Estado germinal del que brotaron Rusia, Bielorrusia y Ucrania, levantara la cabeza, vería a sus dos tocayos y herederos disputándose el dominio del reino original en el que todo empezó. El control de Kiev, el control de la estepa. Vería también en acción dos maneras opuestas de entender el gobierno, la comunicación y el trágico ejercicio de la guerra.

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