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Últimos días con Stalin: el horror y las purgas que dividieron a los comunistas españoles en la Guerra Civil Sunday, 26 February 2023


Años 40. Gulag soviético. Tres condenados comentan entre ellos las razones de su encierro:

-¿Cómo has acabado aquí?- le preguntan al primero.

-Pues muy simple, yo era partidario de Popov

-¿Y tú?- le preguntan al segundo.

-Yo, en cambio, era enemigo de Popov…

Después de un silencio, le preguntan al tercero:

-¿Por qué te han encerrado a ti?

Y responde:

-Yo soy Popov

Setenta años después de la muerte de Stalin, el chiste que se contaba en la URSS define lo que fue el régimen del terror estalinista: un Estado paranoico y arbitrario basado en el miedo, la represión y el pensamiento único que alcanzó su cénit en las purgas de los años 30, al tiempo que se fraguaba un imperialismo soviético alejado de la internacionalización del comunismo. La URSS de Iosif Stalin, no extendió la revolución obrera, sino que allí donde podía conquistaba y oprimía, como hizo con media Europa tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue una de las claves.

Cumbre de Yalta: Stalin, Roosvelt y Churchill
Cumbre de Yalta: Stalin, Roosvelt y Churchill

¿Fue el estalinismo una consecuencia inevitable de la política revolucionaria de Stalin o, por el contrario, se trató de una perversión grotesca del bolchevismo y Trotsky estaba en lo cierto cuando llamaba a Stalin "enterrador de la Revolución"? —Álvaro Lozano, Stalin, el tirano rojo, (Nowtilus)— Iosif Stalin como secretario general del comité central del Partido Comunista desde el año 1922 fue acumulando poder durante años tras la Revolución y la Guerra Civil y a la muerte de Lenin se hizo con el control total para desarrollar una dictadura con un marcado culto a la personalidad, ajena a los principios de dictadura de partido de la URSS. "El mayor criminal de la historia combinaba el sinsentido criminal de Calígula con el refinamiento de un Borgia y la brutalidad del zar Ivan el terrible —A. Lozano, Stalin el tirano rojo—". Se convertiría en el héroe de la Guerra Patriótica contra el nazismo y transformaría definitivamente la URSS con sus planes quinquenales, la industrialización, la colectivización y la educación, además de dejar un legado siniestro por la represión de los gulag y el terror de la policía secreta.

En los años 30 Stalin se introdujo en los partidos comunistas extranjeros con el objeto de asesorar y dirigir la política estalinista, entre ellos, el partido comunista español, que acabaría dominando el gobierno de la II República durante la Guerra Civil tras la defenestración de Largo Caballero auspiciada por Moscú y el nombramiento de Juan Negrín. A diferencia de Hitler, Stalin si se introdujo para dirigir la política en España; por ejemplo, provocó la guerra contra los anarquistas en el mismo seno de la República, aunque fuera variando a lo largo de los años. Estaban ya presentes en las cruciales elecciones de febrero del 36:

"Sí, amigos, sí. No cabe duda que en España estamos viviendo un proceso histórico semejante al de Rusia en febrero de 1917. Y el Partido debe saber aplicar la misma táctica de los bolcheviques... Una breve etapa parlamentaria y después... ¡los soviets!".

Francisco Largo Caballero, en el centro, junto a un grupo de milicianos en 1936.
Francisco Largo Caballero, en el centro, junto a un grupo de milicianos en 1936.

Así explicaba el consejero soviético Estepanov a José Díaz, secretario general del Partido Comunista, la táctica a seguir los próximos meses tras la victoria del Frente Popular. Mientras, Jesús Hernández intentaba rebatir a los consejeros de Moscú: "Nuestra revolución es una revolución democrática. Todas las fuerzas de esta significación nos hemos unido en un Frente Popular entre todos deberemos dotar a España de un régimen de libertad". Rendirse a la influencia de Moscú o mantenerse al margen. Fue variando con el tiempo.

Lo cuenta Jesús Hernández en sus memorias Yo fui ministro de Stalin, publicadas el mismo año de la muerte del máximo dirigente de la URSS, en febrero de 1953, hace ahora exactamente 70 años, cuando era ya obvio el terrible legado del estalinismo.

La realidad es que el régimen de libertad al que aludía Hernández ya existía desde 1931, aunque fuera violentado primero por la Revolución de Octubre socialista de 1934 de Largo Caballero, que a pesar de ser apodado el Lenin español, jamás nunca estuvo en su órbita y después por el golpe de Estado de los militares rebeldes del 18 de julio de 1936. Antes el mapa político de la izquierda había comenzado a cambiar cuando la JSU—la Juventudes Socialistas Unificadas que dirigía Santiago Carrillo— se pasaron al PCE en abril de 1936, aumentando la base de los comunistas que anteriormente apenas tenían base.

Santiago Carrillo, líder del PCE en el exilio.
Santiago Carrillo, líder del PCE en el exilio.

La Guerra Civil sirvió de campo abonado para esa expansión cuando tradicionalmente los movimientos anarco-sindicalistas de mayor tradición, o el socialismo, los enemigos de Stalin tenían más apoyo en España. Según Jesús Hernández: "Nuestra trayectoria en la guerra ¿no justifica la ola de odio que nos envuelve desde el campo socialista al anarquista, desde el P.O.U.M. hasta el republicanismo de todos los matices? Sin duda hay pasión, pero también razón. ¿Es mejor Negrín que Largo Caballero? ¿En qué? Si la guerra va a continuar siendo dirigida por los rusos, nada habremos ganado en el cambio... como españoles". La mano de Stalin se había hecho notar antes de la caída de Largo Caballero, cuando los asesores soviéticos como Alexander Orlov colocaron en la JSU de Carrillo el argumento que acabaría por desatar la Matanza de Paracuellos en Madrid entre noviembre y diciembre de 1936.

Para entonces, Stalin había decidido intervenir en la Guerra Civil, en septiembre del 36, con la crucial ayuda soviética que desbarataría la ofensiva de Franco sobre Madrid. Para Ángel Viñas, la extensión a España del combate y aniquilación de los "traidores trotskistas", o de los izquierdistas desviacionistas (esencialmente anarquistas), estaba pre-programado, ya que era un correlato de la intervención. De aquí que un cuasi-exterminador de la NKVD (policía política soviética), Alexander Orlov, se desplazase a España junto con un pequeño equipo mucho antes de que llegaran los contingentes soviéticos que debían ser protegidos de la contaminación de las malvadas ideas trotskistas. La purga ideológica había llegado a España.

Tras la caída de Largo Caballero, el progresivo dominio de los comunistas en la creación y dirección del Ejército Popular de la República, instruidos desde Moscú, que facilitaba el material bélico, marcó al bando republicano por mucho que Juan Negrín quisiera deshacerlo con los 13 puntos hacia el final de la guerra en un intento por distanciarse de la URSS y acercarse de nuevo a las democracias liberales.

Alexander Orlov en España.
Alexander Orlov en España.

No deja de ser irónico que fueran los propios comunistas españoles los que comenzaron a dar cuenta del horror de la Unión Soviética, a partir de 1939. Allí se había exiliado la cúpula del PCE tras la victoria de Franco. Acabó en una cascada de memorias, crónicas de la miseria, de las disputas internas y del desencanto del paraíso socialista, en la línea de las denuncias de Arthur Koestler o George Orwell.

Los comunistas habían perdido la guerra en casa, pero les faltaba conocer aún "el inmenso campo de concentración que es la URSS", como lo describía Hernández. Otro de los exiliados comunistas en Moscú, el general Manuel Tagüeña describió así las primeras impresiones de la URSS: "Pronto empezamos a apreciar el otro lado del régimen: el terror (…) la inmensa mayoría de los emigrados políticos habían caído en las últimas purgas. Entre ellos todo el Comité Central del Partido Polaco: los supervivientes de la Comuna de Viena y muchos de los alemanes huidos del nazismo. Por eso los interbrigadistas se denominaban españoles; en ese momento era lo más seguro. Pronto dejamos de preguntar por la gente que habíamos conocido en España, pues no pocos habían desaparecido al llegar" —Manuel Tagüeña, Testimonio de dos guerras (Crítica)—.

Dolores Ibárruri, la Pasionaria durante un mitin.
Dolores Ibárruri, la Pasionaria durante un mitin.

En Moscú el partido se deshizo en una guerra interna que apartó a Jesús Hernández de la dirección, señalado por el NKVD en favor de Dolores Ibárruri, la Pasionaria. Aunque la mayoría de emigrados en Rusia estaban con él como Líster o Modesto, al final fue apartado. Hernández partió a México y poco después fue expulsado. Lo cuenta Tagüeña: "Corrió la noticia y el terror por toda la emigración. Los antiguos partidarios de Jesús Hernández, por haberlo sido, los que tenían relaciones amistosas con Enrique Castro, por tenerlas, los que se habían acercado tardíamente a Dolores (la Pasionaria), por si se lo tendría en cuenta. Incluso los que en nada habían participado, por si algún enemigo personal aprovechaba la confusión para hacerles daño". Recuerden a los desgraciados amigos y enemigos de Popov, o al mismo Popov.

Apenas tres años después de la muerte de Stalin, en el XX Congreso del Partido liderado por Nikita Kruschev se denunciaron las purgas de los años 30 y se censuró en gran medida al estalinismo, sin evitar que la historia asociara para siempre al comunismo con el régimen totalitario de terror impuesto por Stalin.

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