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Siempre quise matar a un francés: así se recoge un Goya Sunday, 12 February 2023


La gala se inició con media hora de luto. La muerte un día antes de Carlos Saura, que además recibía en esta edición de los Goya su galardón honorífico, obligó a maniobrar con la desgracia y se decidió situar en el umbral del evento (quizá de forma arriesgada) las exequias cinematográficas al director de ¡Ay, Carmela! Ofició el homenaje, con sinceridad, naturalidad y pureza, la protagonista de aquella impagable película, Carmen Maura. Se hizo larga la media hora de duelo, y no poco incómoda, porque sobre el escenario veíamos a la familia de una persona fallecida veinticuatro horas antes, y tal vez lo normal no es que una familia se vaya a una fiesta en estos trances. El largo responso puso la temperatura sentimental de la gala muy por debajo del veraniego humor que se espera de ella, y habría que ir levantando aquello poco a poco, para no naufragar en las audiencias. Antonio de la Torre dijo, e incluía a Clara Lago: "Nosotros no tenemos gracia". La cosa pintaba regular.

En rigor, la gala empezó mucho peor, porque lo primero de todo fue asentar nuevamente una verdad autonómica: no hay nada más pesado que ser andaluz. Ser andaluz, decir Andalucía o irse a Sevilla a dar unos Goya obliga a todo tipo de clichés, tópicos, ranciedades y coñazos. La gala, realmente, empezó con Manuel Carrasco cantando un poema de Antonio Machado en versión de Joan Manuel Serrat. En 2023, eso es lo que se les ha ocurrido a los responsables de los Goya para abrir boca, "caminante no hay camino, se hace camino al andar". No recuerdo una entrega de los Oscar que empezara con New York, New York o Respect, o sea, apostando sobre seguro para perder todo el crédito. El crédito, obviamente, lo da el riesgo. (En Andalucía se hace ahora mismo el mejor rap de España, por ejemplo).

Los actores Clara Lago y Antonio de la Torre, presentadores de la gala de los Goya.
Los actores Clara Lago y Antonio de la Torre, presentadores de la gala de los Goya.

Sumado lo de Carrasco (recordemos, segundo en el no necesariamente prestigioso concurso musical Operación Triunfo), a Lolita cantando Pena, penita y a más cuadros flamencos que vinieron luego (y a imágenes liminares sobre lo bonita que es Sevilla, porque apenas lo sabe nadie), esta edición de los Goya bien podría utilizarse, quitando lo bueno que ahora contaremos, para rellenar varias horas de emisión en Canal Sur el próximo agosto, cuando haya que echar mano del refrito televisivo.

Fueron, sí, el refrito, el reciclaje (sonaron versiones de Me cuesta tanto olvidarte, de Bonito y de Maneras de sentir) y la repetición machacona del mantra "mi madre" las claves de esta edición de nuestros premios de cine. No en vano, el Goya mismo, o sea, el trofeo, lo hacen ahora con bronce reciclado, de modo que ha perdido su noble color oscuro y ha adoptado una degradada tonalidad marrón, todo por salvar el planeta Tierra. Se entregaban exactamente treinta trofeos hechos en bronce reciclado, y eso es mucho planeta que salvamos, amigos.

Los premios no valen nada

La cosa empezó a animarse con el primer premio de la noche, no solo porque premiar a Luis Zahera siempre da subidón, sino por el desacomplejado discurso que dio el actor, mejor secundario del curso. Dijo: "Siempre quise matar a un francés", y rio antes y después, todo el rato reía, spoiler de As bestas incluido, francofobia de broma incluida, en plan, me da todo igual. Así se recoge un Goya: me da todo igual.

Un profesional es el que sabe que los premios no valen nada, y ya dijo Pablo Malo, premio Goya hace muchos años, en una entrevista reciente en el Diario Vasco, que "eso [ganar] no es la realidad", porque la realidad es "que tendrás que pelear mucho para hacer otra película".

Estuvo muy bien, muy fluido, en ocasiones adorable, Antonio de la Torre en todas sus intervenciones

Por desgracia, el resto de galardonados tenía madre, y siempre se acordaban de ella, y de sus hijos, y de diez o veinte personas del equipo o de su pandilla escolar, y
lloraban todas, emocionadísimas por ganar un Goya sin dotación económica que no les asegura nada, ni siquiera que alguien se quede con su nombre, con todos los nombres que han amontonado en su "minutito" de agradecimiento.

Es una cosa tremenda, estar tres horas viendo a gente que se acuerda de su madre. Y llora.

Piensa uno que quizá si tu madre sabe lo mucho que la quieres, no hace falta que lo digas en la tele, dado que no te han premiado por nacer de tu madre, sino por cierta excelencia en tu labor concreta dentro de una película. Piensa uno también que aquellos que no se acordaron de su madre al ganar un Goya tienen algún futuro dentro del cine español. Los otros, no.

Poca polémica

"Tampoco es tan difícil", dijo Antonio de la Torre sobre presentar los Goya. Y tiene razón. Cada año se propone la presentación de los Goya como un maratón, picar en la mina o sacar adelante a cuatro hijos con mil euros al mes. No: presentar los Goya es pasar el rato junto a unos amigos y luego irse de fiesta hasta la madrugada, atento a quién pierde el Goya en el after, para contarlo luego en Madrid.

Estuvo muy bien, muy fluido, en ocasiones adorable, Antonio de la Torre en todas sus intervenciones (a Clara Lago no la vi hasta el final, no sé si salía entre medias cada vez que estaba yo a otras cosas), sugiriendo que quizá el presentador de los Goya tenía que ser siempre un actor, en lugar de un paracaidista de la risa. Por lo demás, poca polémica, poca proclama de alguna originalidad (Évole metió una cuñita, debe de ser que le invitan para eso), la evidencia contable de que había más
mujeres nominadas en las categorías decisivas que en otras ocasiones y, de nuevo, el francés (Denis Ménochet, protagonista de As bestas), dando ocasión para la frase inmortal española: "¿Qué, te aburrimos, francés?".

Normal que le premiaran.

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