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Los no tan justos Reyes Católicos: la puñalada de Isabel a su sobrina la Beltraneja Tuesday, 14 February 2023


Segovia, 13 de diciembre de 1474. En la Plaza Mayor, una joven de 23 años anuncia a la multitud que ha muerto su hermano, el rey Enrique IV, sin haber dejado heredero: ella es la nueva reina. Es Isabel de Castilla quien realiza el juramento de obediencia por su cuenta y riesgo y que remata un desfile donde un cortesano porta una espada desnuda, cogida por la punta, con la empuñadura en lo alto, símbolo de la Justicia en la Corona de Castilla.

Pero no había nada de justo ni de honra en el acto que proclamó a Isabel la Católica reina a espaldas de su marido Fernando, a quién ni siquiera avisó y sobre todo en contra de la hija de su hermano Enrique, Juana, apodada la Beltraneja, legítima heredera mientras no se demostrara la contrario. "Fue una operación propagandística de primer orden, exitosa como casi todas las que emprendieron los Reyes Católicos" explica a El Confidencial César Cervera, autor del reciente Los Reyes Católicos y sus locuras (La Esfera de los libros).

Portada de ‘Los Reyes Católicos y sus locuras’, de César Cervera.
Portada de ‘Los Reyes Católicos y sus locuras’, de César Cervera.

Isabel, una reina cuya madre, sobrina e hija acabaron recluidas en un convento, semi enterradas en vida. ¿Estaban todas locas menos ella? Desde luego no su sobrina Juana, apoda la Beltraneja, una mujer que ocupó la mente de la gran reina Isabel la Católica hasta el último día de su muerte a pesar de los grandes problemas de Estado que tenía que atender y cuando ya no era relevante políticamente, recluida en un convento por un ardid suyo. Isabel no estaba loca, pero su obsesión con Juana fue enfermiza.

Además, la historia mil y una veces repetida de que a Juana la Loca la apartaron de la corona su padre, Fernando el Católico, y su marido, Felipe el Hermoso, no es cierta: ella fue quien apartó políticamente a su hija. Lo cuenta César Cervera en un libro que recupera lo que denomina la maldición de Caín de la dinastía de los Trastámara: una casa real que empezó matándose entre hermanos y que siguió por derroteros poco cabales después. La historia tiene miga.

El comienzo de la dinastía

Para empezar, la dinastía comienza con la célebre escena entre Pedro el Cruel, rey de Castilla, y su hermanastro Enrique, que estaban en guerra. El primero se escabulle del cerco al que le ha sometido el segundo en su castillo de Montiel y bajo la promesa de un capitán rival, que a cambio de unas monedas de oro le ha prometido ayudarle para salir, llega a una tienda en el exterior del castillo donde quien le espera es su propio hermanastro con el acero en la mano. Ambos luchan y cuando va a ganar Pedro, a pesar de haber sido emboscado, el falso capitán que ha engañado a Pedro y que no es otro que el mercenario francés Bertran du Guesclin socorre a Enrique que puede así clavarle hasta el fondo la daga.

Ni quito ni pongo ni rey. Solo ayudo a mi señor.

La célebre frase es el comienzo de una dinastía que acaba protagonizando numerosas mezquindades y que recuerda vagamente a la fantasía de la familia Julio-Claudio en Roma que recreó Robert Graves en la indispensable novela Yo, Claudio . "Sí, yo creo que es sobre todo la dinastía de los fratricidas", explica César, "de hecho, al primero, Enrique Trastámara, le llaman así sus enemigos, mientras que sus amigos le denominan el justiciero, que será otra de las obsesiones de la familia, especialmente de Isabel. Su dinastía nace asesinando a su hermano y existe un hilo conductor de puñaladas y de ambiciones desmedidas entre hermanos y entre primos. Eso es la historia de los Trastámara desde el principio hasta el final. En el caso de los Reyes Católicos, también llegan al trono con puñaladas entre hermanos. Isabel, por ejemplo, lo que hace es apuñalar a su hermano para saltarse la línea sucesoria, que es lo que estaba escrito en ese momento".

Juana la Beltraneja.
Juana la Beltraneja.

No, en vano, Isabel le discute el trono a su hermano y después a la hija de este. Es quizás el momento álgido de esa sucesión de ambiciones desmedidas y de falta de escrúpulos, aunque a la postre quizás fuera mejor para el reino ¿Es mejor una corona capaz que una justa? Isabel, obsesionada con la justicia, según relata Cervera, se cebó, en cambio, con su sobrina Juana, la Beltraneja. Recapitulemos: antes de morir, el rey Enrique IV había tenido una hija con su esposa, la reina Juana de Portugal, la infanta Juana de Castilla. ¿Había alguna sospecha de que fuera ilegítima, tal y como se encargaron de difundir su detractores?

Realmente no, de hecho, ha pasado a la historia como una de las operaciones de propaganda más exitosas. Primero fueron los rumores acerca de si Enrique no pudo concebir a la infanta Juana y que en realidad había sido fruto de los amores de Juana de Portugal con el duque de Albuquerque, Beltrán de las Cuevas, de quien heredaría su apodo. Segundo, Isabel no esperó a nadie para autoproclamarse reina de Castilla, —ni siquiera a su marido Fernando de Aragón, a quien se lo ocultó tres días—. Isabel quería asegurarse el trono como y contra quien fuera y no perder ni una sola prerrogativa en cuanto a la corona en favor de su marido Fernando. ¿Por qué se difundió con éxito la idea de la bastardía de Juana de Castilla, apodada sin pruebas la Beltraneja incluso siglos después?

Los Reyes Católicos estaban obsesionados con todo lo que tenía que ver con su propaganda y con lo que se iba a contar de su historia

Según César Cervera, por la gran audacia que tuvieron Isabel y Fernando en reescribir a su favor los hechos: "La gran victoria de los Reyes Católicos es siempre propagandística y siempre muy vinculada a los cronistas. Una de las primeras cosas que hacen en las primeras cortes que presiden es subirle el salario de los cronistas al doble y elegir por supuesto a los de su cuerda. Además, siempre intentar leer minuciosamente todo lo que se escribe sobre ellos antes de aprobarlo o no. Son verdaderamente obsesivos con todo lo que tenía que ver con su propaganda y con lo que se va a contar de su historia, los grandes ganadores y los que van a escribir los hechos, por ejemplo, que Juana la Beltrán por supuesto que era bastarda, que no era hija del Rey".

No fue aun así tan fácil y tras la auto proclamación de Isabel se llegó a una verdadera guerra civil que devastó Castilla tras conseguir Juana el apoyo de Alfonso de Portugal mediante un matrimonio. Eran primos, por lo que tuvieron que pedir una bula papal, pero también lo eran Isabel y Fernando, que también lo hicieron, aunque en su caso, para más inri, la acabaran falsificando con los ardides del arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña. Cuando por fin el bando de Isabel y Fernando alcanzaron la victoria contra el de Juana, el trato que le dio a su sobrina fue más mezquino.

Solo crueldad para Juana

El precio de la guerra le supuso a Portugal garantizarse sus aventuras atlánticas y a los Reyes Católicos la conquista de Canarias, pero para Juana, a quien Isabel se refería como la "hija de la reina" de forma despectiva en relación con su madre, Juana de Portugal, pero negándole la del padre, su hermanastro Enrique, no hubo nada más que crueldad.

"La gran traición de Isabel, o lo que seguramente a ella le pudo carcomer en la conciencia, es cómo había tratado a su sobrina. No sé hasta qué punto ella estaba convencida de que no era su sobrina", explica Cervera a El Confidencial. No es para menos. Exigió que fuera destituida de todos su títulos, incluso de su calidad de infanta castellana y alteza para un tratamiento, según un decreto portugués, que se reducía a "excelente señora". Pero lo peor fue que orquestó un mascarada al darle la opción de que se casara con su hijo Juan —que en ese momento tenía un año de edad— a cambio de quedar bajo una vigilancia prácticamente de prisión o en su caso ingresar en un convento de por vida.

Retrato de la época de los Reyes Católicos.
Retrato de la época de los Reyes Católicos.

Por supuesto, el infante Juan era demasiado pequeño para que ese matrimonio pudiera realizarse, pero sobre todo Isabel nunca hubiera permitido que ocurriese realmente. Tan solo era una forma para tenerla en la práctica presa y vigilada constantemente —algo que la obsesionaba—. Sin embargo, para su sorpresa y desagrado, Juana escogió la segunda opción: "A sus diecisiete años, la joven renunció al matrimonio y se encaramó a las rejas del monasterio, donde no podría medrar su tía ni queriendo", escribe C. Cervera en La Locura de los Reyes Católicos (La Esfera).

A Isabel le entró la cólera, pero le advirtieron de que no podía oponerse a una vocación religiosa. De esta forma, Juana, que seguiría firmando sus cartas como "Yo la Reyna", quedó semienterrada en vida, pero con algo más de libertad de la que habría tenido bajo la estrecha vigilancia de su tía Isabel. ¿Pero entonces Juana era o no ilegítima? Nunca se podrá saber, pero los datos que tenía Isabel no casaban con esas sospechas. Aunque dejó de ser una amenaza política, Isabel nunca dejó de vigilarla. Una de tantas operaciones en las que los Reyes Católicos impusieron su relato.

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