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Crítica de ‘Alcarrás’, nominada al Goya a mejor película: la mejor obra del cine español en mucho tiempo Sunday, 12 February 2023


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Tres niños juegan en un coche destartalado. Imaginan una nave espacial que visita posibles futuros hasta que una excavadora viene a arrebatarles su fantasía. Y sus tierras. Mucho se puede decir de ’Alcarrás’, el segundo largometraje de Carla Simón, y poco puede hacer justicia a la película enorme que ha cultivado. Un Oso de Oro en Berlín, el primero en 30 años, es ya un aval. Pero es que difícilmente cabe en palabras la intimidad y la emoción que a base de sencillez y honestidad conjura Simón en una película que el tiempo dirá, pero que se intuye tan grande como el mejor Camus o el Erice más austero.

Como ya hizo con su ópera prima, ‘Verano 1993’, Simón tiene la capacidad de crear películas no-películas: la sensación de pureza brutal del discurrir de sus imágenes y sus actores provoca la ilusión de encontrarse frente a la realidad misma, como si la propia directora ni la cámara ni la pantalla existiesen. Una relación directa entre el ojo y un relato aparentemente sin manufactura.

Simón tiene la inhabitual capacidad de cuestionar sin adoctrinar, de hablar de lo colectivo, de lo universal, desde una voz cálida y familiar que huye del panfleto. Ella cuenta lo que conoce y lo hace desde una empatía tan franca que estremece. Si ‘Verano de 1993’ fue su manera de reivindicar la familia desde la más directa autobiografía, la de una niña de seis que se traslada a vivir con sus tíos después de que sus padres mueran de sida —con ese final absolutamente sobrecogedor protagonizado por Laia Artigas—, en ’Alcarrás’ vuelve a mirar hacia los vínculos familiares, esta vez apoyándose en el legado y en la relación con la tierra.

Un coche destartalado puede convertirse en una nave espacial. (Avalon)
Un coche destartalado puede convertirse en una nave espacial. (Avalon)

La familia Solé existe en la pantalla. Cuando el espectador es testigo de sus sinergias, de sus contactos, es inconcebible aceptar que son producto de un larguísimo casting de vecinos de la zona, actores primerizos —salvo Berta Pipó, hermana de la directora en la vida real, que ya tenía experiencia—, que se enfrentan de nuevas al arte de fingir. Aunque la magia de Simón es, precisamente, esa falta de fingimiento, esa capacidad plástica de extraer al personaje de dentro de la persona. Todos los protagonistas —Jordi Pujol Dolcet, Anna Otin, Xènia Roset, Albert Bosch, Ainet Jounou, Josep Abad, Montse Oró, Carles Cabós— emanan verdad pura: son vecinos de la zona, dedicados muchos al sector primario. Todos ellos hablan un catalán muy específico de la zona del Segriá. La narración de ‘Alcarrás’ fluye natural, pero imprevisible y, sobre todo, encontrando la emoción en un proceso imperceptible pero constante de pequeños gestos hasta llegar a una imagen final icónica.

La trama es sencilla: una familia de payeses, los Solé, reacciona a la decisión del dueño de las tierras que cultivan desde generaciones de convertirlas en una huerta solar. Cambiar los melocotoneros por placas solares. Simón plantea la relevancia de la tierra, de la relación que tiene la familia con la tierra, en la construcción de su identidad. Y desde la mirada íntima, lo amplifica sin aspavientos a lo universal, a esa pérdida de memoria y de raíces que experimenta desde un payés de Alcarrás (provincia de Lérida) hasta un campesino vietnamita, unidos por esa ruptura del pacto con la naturaleza y el terruño: tú me cuidas y yo te cuido. Simón retrata ese devenir trágico del trabajo agrario, ignorado, mal pagado, abnegado e insostenible, en el que el único motivo de que resistan los últimos es un amor telúrico y un sentimiento de legado.

Toda la familia vive de la recolección del campo. (Avalon)
Toda la familia vive de la recolección del campo. (Avalon)

Antes, cuando la palabra valía como contrato, el patriarca de los Solé, Rogelio (estupendísimo Josep Abad) acordó con los dueños de las tierras la cesión de la misma. "Antes las cosas se hacían de otra manera". Durante la guerra civil, los Solé los habían ocultado y salvado de un fusilamiento seguro, con lo que quedaron en deuda. Pero décadas después, sin escrituras, el heredero de los terratenientes ha decidido cambiar el negocio por un sector más rentable que la agricultura. En los Solé, toda la familia, desde el abuelo al hijo y hasta el cuñado, se dedica al cultivo, por lo que este cambio podría suponer la fragmentación de todos ellos, de sus vínculos. Comienzan las fricciones, aparece la culpa, la reticencia, la resistencia y la resiliencia. De fondo, muy de fondo y sin subrayados, la reivindicación colectiva: las manifestaciones de unos trabajadores cada vez más precarizados y un sector insostenible.

Entre medias, los juegos infantiles, el canto de los segadores —"no madrugaría tanto si el sol fuera jornalero, no madrugaría tanto que andaría más ligero"—, las fiestas de pueblo, la adolescencia, desayunos, comidas y cenas concurridas, jornaleros subsaharianos —con qué sutileza retrata la capacidad de empatía en la relación de Iris y Boubou—, el descubrimiento de la muerte, las charlas y consejos de vieja, las cacerías de conejos, y el tacto de los melocotones, de los albaricoques, de los tomates, la palpitación de la tierra... Todo desde una mirada desprejuiciada, sin condescendencia, con personajes tan tridimensionales que podrían tocarse. No en vano, Simón viene de una familia de payeses. Simón está en sintonía con su momento y discretamente se coloca como cronista de una época de transformación que quién sabe dónde llevará. Pero su mirada es clara y luminosa. Una mirada necesaria cuando el relato generalizado anuncia el derrumbe del mundo. Si ‘Verano’ fue un milagro, ‘Alcarrás’ es ya leyenda.

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