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Silvestre Segarrá Aragó, el patriarca de las alpargatas Sunday, 19 February 2023


En la fotografía aparece un hombre de un tiempo lejano, con media sonrisa, deslumbrado por la presencia categórica de la cámara. Parece estar interrogándola con la mirada mientras permanece en posición hierática. Mira el objetivo como si fuera un semejante. Sabe perfectamente que en este instante está posando para la posteridad, aunque él habita en un eterno presente. Para la ocasión ha decidido vestirse con un terno oscuro de tres piezas, camisa blanca, chaleco, corbata y un sombrero alto que disimula una calvicie prematura. Tiene un cierto aire siciliano, pese a que es hijo natural del Vall d´Uixó, entre Castellón y Valencia, muy cerca del mar de los clásicos, donde su linaje trabaja el cáñamo y el esparto desde el tiempo ancestral de los moriscos.

El año en el que nació, 1862, comenzó un miércoles, según el calendario gregoriano. En Estados Unidos se libraba una sangrienta contienda civil. En Alemania Bismarck era nombrado primer ministro. Mitre juraba como presidente de la República Argentina y Víctor Hugo publica Los Miserables. Su escudo de armas será una marca comercial: Calzados Segarra. Hasta los 18 años no salió nunca del valle. No sabía leer ni escribir, pero en el servicio militar alcanzó la condición de cabo furriel. En el Ejército aprendió cómo hay que dar órdenes a los hombres para que te obedezcan. No lo olvidaría nunca. A los 23 años, fiel la infalible ley de la tierra, se casó con su novia de toda la vida, Teresa Boning Salvador, vestida de negro de la cabeza a los pies y educada para tener una familia numerosa y gobernar una casa.

Silvestre había trabajado en el campo. En las horas muertas fabricaba espardenyes con suelas de cáñamo trenzado, la artesanía típica del valle, donde desde 1673 existía un gremio de alpargateros y sogueros. Había aprendido a dominar el cosidor y enhebrar las suelas de las alpargatas con afilados punzones. Con la dote de su boda montó un taller donde empezaron a hacer calzado él y su mujer. Solos. Pensó que, en lugar de venderlas en su pueblo, podía hacerlo en los pueblos de Castilla y Aragón, donde el cáñamo no es tan abundante. Así descubrió el mágico poder del comercio, el valor del intercambio y los beneficios de la transacción. Con las ganancias de los portes de alpargatas compraba harina que revendía en su pueblo. Segarra se convirtió así en viajante. Gracias a su habilidad para los contactos comerciales se erigiría en el condottiero del Vall d´Uixó.

Sus comienzos fueron humildes. El taller era su casa. Los obreros, sus familiares

Sus comienzos fueron humildes. El taller era su casa. Los obreros, sus familiares. Personalista, directo y sin intermediarios, su idea de empresa se basaba en la sangre y a la afinidad. Hasta que su hijo y sucesor –Segarra-Boning– no se casa no fundaría su sociedad mercantil: Segarra e Hijos. Sus ingresos venían de la venta de alpargatas lejos de Levante, en el Norte de la Península, y el comercio de calzado para el Ejército, inmerso entonces en las disputas por las colonias del Norte de África. En uno de sus viajes a Marruecos para presentarse a las subastas de suministros conoció a Franco. La producción de calzado para fines militares permitió a Segarra diversificar sus productos: calzado de cuero, curtidos, vulcanizados, cajas de cartón, hormas, patrones, hebillas y otros bienes de consumo castrense. El taller se transformó en una industria capaz de producir cada día 3.000 pares de alpargatas y zapatos.

La dependencia de las contratas del Ejército implicaba tejer relaciones políticas con quienes decidían los presupuestos militares y desarrollar un sistema de confianzas mutuas para que la cadena de transferencia de contratos no se rompiese. Segarra ofrecía su calzado a mitad del precio que sus competidores, enfocando su rentabilidad en el alto volumen de ventas. Su maquinaria, adquirida a la compañía norteamericana United Shoe Machinery Company, obraba el milagro de la multiplicación de productos en cadena, un sueño futurista para un ejército laboral que alcanzaba los mil trabajadores y que había creado su particular Xanadú en su sede central de la Carretera de Xilxes. Desde allí los Sagarra planearon, sin abandonar el sector militar, explorar el capitalismo popular con zapatos baratos y casi indestructibles para la población civil.

Creó un ejército comercial que se convertiría en la primera red de franquicias de España y líder indiscutible del sector del calzado

La expansión del negocio a través de los canales minoristas obligó a crear un ejército comercial que se convertiría en la primera red de franquicias de España y líder indiscutible del sector del calzado. La Guerra Civil cambió la suerte. La factoría Segarra fue intervenida por el Frente Popular para transformarse en “una industria de guerra” al mando del sindicato socialista –UGT– y el anarquista –CGT–. La familia cedió el gobierno de la compañía a los obreros, pero mantuvo su gestión. A medida que el ejército franquista ganaba la guerra, la empresa dejó de ser de interés estratégico para los sindicatos, que la desmantelaron, llevándose la maquinaria. La dictadura de Franco devolvió a la familia la firma, que fue militarizada y convertida en una empresa ejemplar del paternalismo industrial franquista. Segarra logró un monopolio de facto del Ejército, al que suministraba entre el 30 y el 50% de los productos que necesitaba. El 80% de su presupuesto venía de las arcas públicas. En 1959 Segarra e Hijos producía 3,5 millones pares de zapatos al año, casi el 15% de la producción nacional. A finales de los sesenta contaba con una plantilla de 4.500 personas. Más de la mitad de la población del Vall d´Uixó trabajaba para la familia.

Las empresas personalistas, siempre vulnerables ante la discordia interna, mueren cuando su fundador o la primera generación de herederos desaparece. Silvestre Segarra Boning, primus inter pares de los hijos del fundador, fallece en 1968. Sus herederos litigan por la gestión de la empresa, cuya dependencia de los contratos militares era tal que impedía cualquier modernización. La empresa, un emporio dentro de su sector, fue incapaz de adaptarse a los vaivenes del mercado exterior, condicionado por factores como el cambio de mercaderías, las modas estéticas y los nuevos hábitos culturales. La compañía era un elefante industrial y su proyecto social-paternalista resultaba costoso en relación a las ventas, que descendían por falta de conexión con sus clientes.

Al excesivo tamaño y la falta de flexibilidad operativa se le sumó el desgobierno corporativo y, según algunos antiguos trabajadores, la corrupción. El 10 de septiembre de 1976 sus gestores declararon suspensión de pagos. En 1978 la empresa fue expropiada por el Estado, que la transforma en una sociedad pública con un nuevo nombre: Industrias Mediterráneas de la Piel (IMPIEL). La reestructuración fracasó. Dos años después, Círculo de Financiación y Gestión, SA, su última propietaria, decide cerrarla. Así termina, un siglo después de su fundación, la historia de la estirpe del patriarca de las alpargatas.

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