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Todo el mundo toma cañas en España, hasta la izquierda Monday, 06 February 2023


El domingo pasado, Más Madrid publicó su vídeo-respuesta al ya famoso, manoseado y parodiado spot de la Comunidad con Mario Vaquerizo. Mientras lo veía, sentí brotar en mi interior esa sensación desasosegante que Freud llamaba unheimlich, lo extraño familiar, y que en España solemos llamar “yo he estado ahí antes, y si no he estado ahí, ha sido en un sitio muy parecido”.

El spot arrancaba en un bar muy bar, de esos tan gratos para conversar. Su repisa con una botella de Caballero que lleva sin abrirse un par de décadas, su mesa alta con taburetes a la que nadie se sienta si no hay más remedio, su servilletero (¡han vuelto los servilleteros, la pandemia se ha acabado!), su expositor de tapas con tortilla incorporada y su par de parroquianos que estaban ahí antes de que entrases y se marcharán después que tú. El bar como espacio inmediatamente reconocible.

Al final del vídeo, la cámara hacía una panorámica hacia el cielo y de repente aparecía en plano mi casa, el bloque de pisos de Móstoles donde me crie. Es el colmo de la familiaridad, poder señalar al televisor como en el meme de Leonardo DiCaprio de Érase una vez en Hollywood y decir: "Es que soy yo tal cual". Porque al final la gente nace en Móstoles, no en el Campo del Moro por muy bien que salga en las fotos. El Madrid familiar de los toldos verdes frente al Madrid pensado para cualquiera menos los madrileños.

En el centro de todo eso, el bar, las cañas. Uno de los principales terrenos de enfrentamiento de las últimas elecciones madrileñas en un contexto muy distinto, el de la pandemia, en la que abrir o cerrar, la salud o la economía, la muerte o la vida articularon el debate. Un enfrentamiento que terminó dañando a la izquierda al presentar la sanidad y la economía (encarnada en los bares) como términos excluyentes, una cosa o la otra. De ahí el esfuerzo cada vez más patente desde la izquierda para aunar ambas cosas esta vez. No sanidad pública o cañas, sino sanidad pública y cañas.

’Es que soy yo literal’. (Sony Pictures)
‘Es que soy yo literal’. (Sony Pictures)

Si hay algo que una a la izquierda y a la derecha, a los pobres y a los menos pobres, a la clase media aspiracional y a la clase media venida a menos, a los locales y a los inmigrantes, es la caña entendida en su sentido más amplio, que no es el de 200 mililitros de cerveza en un vaso de cristal, sino el de un tiempo libre compartido con familiares, amigos o novios alrededor de ese lubricante social que es la unidad mínima de consumo (una caña, un café, un refresco) que da acceso al menos a una hora de conversación bajo un techo o al sol. El mínimo común denominador del ocio de la sociedad de consumo del siglo XXI.

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Aquí todos vamos de cañas, aun metafóricas, menos Tezanos, al que le debió de parecer buena idea denominar "tabernarios" a los votantes de Ayuso, perdiendo por el camino a unos cuantos de los suyos. El sociólogo representa a la perfección el perfil de la gente que no va nunca al bar metafórico ni bebe cañas metafóricas, alguien de un nivel económico y sociocultural tan elevado (e inaccesible) al que una barra no tiene nada que ofrecerle, porque al final uno se acoda en ella cuando no puede permitirse otra cosa y porque la relación precio-entretenimiento es muy favorable.

Una sociedad por dos euros ahora que ya no hay lugares donde construir sociedad

Lo pienso cada vez que me doy una vuelta por Carabanchel y veo los bares llenos a rebosar o prácticamente llenos, según el día de la semana. Las señoras tomando un café con las amigas, los matrimonios de jubilados mirando al vacío entre gin-tonics, el penúltimo carajillo; en la barra, una señora que pasea un bichón habla con el dueño y sospecho que tal vez sea la primera persona con la que conversa en todo el día. Una sociedad a cambio de dos euros ahora que ya no hay lugares donde construir sociedad.

Bajo a menudo a comer ese menú de 10 euros en la terraza que hay al lado de mi casa, en parte porque es el único lugar en todo el barrio donde puedes comerte unos macarrones en tomate mientras te da el sol de invierno en la cara, en parte porque me divierte escuchar las conversaciones de las mesas cercanas mientras finjo que leo un libro. Por un lado, los currantes que aprovechan la hipervelocidad del bareto para comerse un bocata y seguir; por otra, los modernos del otro lado del río que salen de las galerías de arte que están brotando en los polígonos del barrio y comentan la última serie de HBO. Bajo porque te sientes en casa cuando no hay nadie en casa.

Una terraza con vistas al sol (aunque en sombra). (Héctor García Barnés)
Una terraza con vistas al sol (aunque en sombra). (Héctor García Barnés)

La identificación de la caña, la terraza y el bar con el turismo o la economía, como si aquí solo bebiesen los guiris y los pijos de Ponzano, es equívoca por más que parte de la hostelería esté en manos del gran empresariado madrileño. Eso solo lo piensa quien no sale del centro turistificado o de Ponzano y no pisa un barrio en su vida, porque entonces se habría dado cuenta de que el único ocio asequible para muchos después de las seis de la tarde es el coste de una consumición (o dos). Presentarlo como una disyuntiva es sugerir que unos pueden divertirse mientras la máxima aspiración de los otros es conseguir una cita en el médico.

No es un buen negocio demonizar lo que para bien o para mal es una de las pocas opciones de ocio accesibles para gran parte de la población (otro tema es cómo esta ha sido expulsada de la cultura y el ocio asequibles), un ocio transversal que une a personas muy distintas. Desaparecida la misa y la reunión sindical, el único lugar donde uno puede encontrarse con alguien a quien no espera encontrarse. Sin una caña y tus cartas abiertas, dime qué me queda.

Lugares antiapocalípticos

Lo contaba en uno de los capítulos finales de Futurofobia: los bares son uno de los escasos lugares de socialización donde la mente puede vagar y construir futuros. Cuántas veces nos hemos sentado en una de esas sillas de plástico y, cerveza a cerveza, uno ha empezado a soñar cada vez más alto, tras deshacerse del peso de la realidad que nos acompaña el resto el día. Lo más probable es que a la mañana siguiente todo vuelva a ser igual, que haya que volver a sacar la calculadora de riesgos y beneficios, de costes y posibilidades, pero uno conserva una pulsera de flores como testimonio de aquel sueño fue real.

El relato del apocalipsis que nunca llega está agotado

Lo que la caña en su sentido más amplio representa para mucha gente es la posibilidad de ilusionarse con algo, de dejarse llevar fuera del ritmo de la ultraproductividad. Nadie quiere tener salud y educación si eso no le permite sentirse parte de algo, imaginarse versiones mucho más grandes de sí mismas, anticipar futuros ilusionantes. Lo que para la izquierda más elitista es un consumo degradado, para muchos de sus potenciales votantes es un pasaje barato para abandonar la jaula de su vida cotidiana con sus vecinos.

En este arranque de precampaña electoral madrileña se percibe en el ambiente el ánimo de la izquierda, al menos la de Más Madrid, como señalaba Esteban Hernández esta semana, de abandonar el centro por el barrio e incluir el placer y lo identitario en su propuesta. Las batallas culturales lo ocupan todo, especialmente en la capital, porque al final una caña no es solo una caña, sino también un estilo de vida con el que uno (todos) se identifican y un relato en el que creer más allá del dónde vamos a meter el dinero, porque al final el dinero sirve para gastarlo.

Lo que está cada vez más claro es el agotamiento del relato de un apocalipsis que nunca llega, de Pedro gritando por un lobo que siempre se descubre cordero, de escuchar que hay que apretarse el cinturón para resistir frente a tsunamis que nunca llegan mientras es el cinturón lo que te termina ahogando. Que no te digan lo que no debes hacer, sino todo aquello que puedes hacer.

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