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El pudor ha muerto: tu dolor es el mayor espectáculo del mundo Wednesday, 08 February 2023


Nos enteramos de que un escritor y presentador de televisión, y fugaz ministro, ha dejado todas las tareas de su agenda para cuidar de su madre, enferma de gravedad. El primer impacto es agradable, sumario, de noticia bonita que enjaeza la fe en el ser humano. Días después, nos enteramos de nuevo de que el escritor y hombre de tele cuida de su madre, pues le hacen una entrevista en un programa de máxima audiencia y la pregunta es obligada, ¿qué tal tu madre? Y días después, en nuevas entrevistas en otros programas, por radio y prensa y otra televisión, la madre del escritor vuelve a aparecer, y su cuidado, y la abnegación y la renuncia filial, publicitadas hasta la machaconería. Uno, si es de mala bilis, acaso piense: ¿cuándo cuida de su madre el cuidador, si está todo el día publicitando su cuidado?

Me intrigan estos casos donde alguien relata su desgracia públicamente y sin saltarse un episodio. Nos hablan, primeramente, de días perdidos en la catequesis, de todo un andamio moral fatalmente desmoronado. En la catequesis nos enseñaban cosas increíbles, sí, pero también otras de alguna utilidad: velar a los muertos, proteger la intimidad, que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda, pudor, culpa. Todo esto ha pasado de moda y los que creemos a pies juntillas en el pudor y la culpa tenemos que dar un paso al frente, y decirlo: no es normal, amigos.

En IG o en Twitter, nuestra vida al descubierto todo el rato.
En IG o en Twitter, nuestra vida al descubierto todo el rato.

No es normal que la madre de un señor, su convalecencia y su riesgo, esté a todas horas en nuestra cabeza, dado que, realmente, no es nuestra madre. Hay, para empezar, algo oneroso, obsceno y plenipotenciario en que la gente de fama o con perfil público (un columnista) nos aseste sin mayor excusa su buen corazón, sus lágrimas, sus cosas. Esto de que un periodista pierda a su mujer y haga un artículo sobre su pena siempre me ha parecido excesivo, por ejemplo. Porque muchos otros hombres, y muchas otras mujeres, pueden haber perdido también al compañero de su vida, y no tienen ocasión de gritarlo a los cuatro vientos y, al cabo, proponer que su pérdida es más importante que la pérdida sufrida por todos los demás, que es lo que viene a decirnos uno con su columna de homenaje. Hay algo en el privilegio de la palabra pública que debería disuadir al que lo detenta de vendernos su intimidad como actualidad imprescindible. No es imprescindible saber quién se ha muerto en la casa del columnista, del famoso o del cantante, ni tampoco lo es saber qué enfermedades padece (paso a paso), ni qué tragedias le martirizan.

Esto de que un periodista pierda a su mujer y haga un artículo sobre su pena siempre me ha parecido excesivo, por ejemplo

Desde la benevolencia, estos cuadros trágicos pueden comprenderse como adscritos a esa moda moderna de la visibilidad. Dar visibilidad al cáncer, dársela a la muerte, al duelo o a los procesos hospitalarios más escalofriantes. Puede, a su vez, excusarse el exhibicionismo en que quizás el que sufre encuentra consuelo en la recepción de su sufrimiento por parte de todo un país, regularmente amable, solidaria y cariñosa.

Pero, fuera de estas dos justificaciones, todo en contar tu cáncer o cómo cuidas de tu madre resulta desaconsejable. Si la intimidad más dura se protege, es precisamente por su condición quebradiza e intolerable. Siempre puede haber alguien que bromee, haga un comentario cruel, se alegre incluso de lo que te pasa. Cuando se dice que una persona está en una situación delicada, no solo se refiere a la fragilidad del cuerpo, sino también a la fragilidad moral. La enfermedad exige toda tu atención, librarse de distracciones, atenerse a lo importante. Renunciar a tu trabajo para cuidar de tu madre va en esa dirección, y es loable; contar semanalmente que has dejado tu trabajo para cuidar de tu madre, no. Hace pocos días nuestro presentador de televisión tuiteó una foto de la habitación de hospital donde ella convalece. Tuvo 121.000 visualizaciones.

Dos son las explicaciones que, después de darle muchas vueltas, encuentro a estas conductas truculentas. La primera tiene que ver con cierta inercia, cierta velocidad de crucero ingobernable, diríamos, que estos tiempos de Instagram y Twitter imprimen a nuestra intimidad. Acostumbrado uno a contarlo todo, a mostrar qué come, quién le acompaña, dónde está y cómo es su casa por dentro, llegada la desgracia parece difícil entrar en razón y dejar de hacerlo, dejar de subastar públicamente hasta tus enfermedades.

Fachada del hospital universitario Fundación Alcorcón (Madrid). (EFE)
Fachada del hospital universitario Fundación Alcorcón (Madrid). (EFE)

La otra explicación es más triste y arriesgada, si cabe. Creo que determinada mentalidad ultraliberal, de puro mercado, se apropia (no digo concretamente de este presentador; reconozco que a mí también me parece un tío muy majo), se apropia, digo, del famoso, incluso de una persona cualquiera que se ve de pronto con la tragedia encima. Esta mentalidad le dice: piensa que es una oportunidad de negocio. Si, según la psicología de baratillo importada de Estados Unidos, “un problema es una oportunidad”, y si tu empresa quiebra alégrate porque “cuando una puerta se cierra, otra se abre”, la enfermedad, al fin, ha entrado también en este territorio de monetización sin escrúpulos y, ya que estás sufriendo, ¿qué menos que sacar algo de provecho (mercantil) de ello? Si mañana yo les digo que tengo cáncer y voy muriéndome, ¿acaso no vendería más libros, recibiría más invitaciones a congresos y, al cabo, podría dejar más dinero a mis hijos huérfanos que si decido vivir discretamente mi padecimiento (que es lo que yo haría, por supuesto)?

Si mañana yo les digo que tengo cáncer y voy muriéndome, ¿acaso no vendería más libros?

En qué medida aquel cantante enfermo de cáncer, o ese otro presentador deportivo con mal pronóstico o este presentador de ahora con su madre delicada hicieron o han hecho estos cálculos, no lo podemos determinar, como es obvio. Pero quizás el cálculo ya lo hace el espíritu de nuestro tiempo por sí solo, encarnándose en ellos. “La queja trae descrédito”, escribió Andrés Trapiello en uno de sus diarios, fijando una verdad antigua, ya olvidada. Hoy, la queja, la desgracia y la penalidad dan, por el contrario, bastante lustre, y hay como un negocio en ser víctima, y como una nueva naturalidad en manifestar que uno lo está pasando mal, incluso muy mal, al punto de que esa exhibición se entiende como canjeable socialmente. Se exige de los demás compensación por sufrir.

El resultado de todo esto, sin embargo, no es otro que convertir el propio dolor en un espectáculo, el circo de tu dolor, para el que vendes entradas. Tu madre es el espectáculo. A la gente no le importan tus problemas, como habrán notado si, llegados a un punto de sus vidas, han tenido ya problemas de verdad. A nadie le importan realmente. Pero, si uno decide aventarlos, darles una narrativa, notará algo peor que la indiferencia ajena: la diversión. Así, consentir en ser un divertimento morboso de los demás, y alimentar ese show durante semanas y meses, me da que no es algo que pueda dar a la vida, y no digamos al final de una vida, la menor dignidad.

Pero como a la dignidad no se ha encontrado aún manera de sacarle beneficio, quizá no nos importe demasiado darla por perdida.

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