Are You New User

’Los pálidos’: la guerra cultural se libra en una sala de guionistas de televisión Friday, 17 February 2023


En 1988, la artista Marina Abramovic decidió recorrer a pie la Muralla China desde su extremo oriental, en Shan Hai Guan. Su compañero artístico y sentimental, el fotógrafo alemán Frank Uwe Laysiepen, conocido como Ulay, comenzó el mismo camino desde el extremo occidental, en Jai Yu Guan, la periferia del desierto de Gobi. Ambos recorrieron 2.500 kilómetros y después de 90 días se encontraron en Er Lang Shn, en Shen Mu, provincia de Shaanxi. En ese punto de la muralla se miraron, se abrazaron y pusieron fin a su relación.

La acción, performativa como todo el trabajo de Abramovic, se llamó The Lovers: The Great Wall Walk (Los amantes: una caminata por la Muralla China), y registró no solo una despedida afectiva y profesional, sino ese instante de encuentro y cruce entre dos movimientos contrarios y simultáneos. Abramovic y Ulay portaban sendas banderas, los testigos de una especie de carrera de relevos entre aquello que parecía indestructible y ocupó de forma hegemónica el espacio y el tiempo y eso otro que anunciaba el nacimiento de un tiempo y un espacio distintos.

De eso va Los pálidos, escrita y dirigida por Lucía Carballal, que explica a este diario que pensó mucho en esa performance de Abramovic para contar la historia de una caída y un ascenso, la historia de un relevo y la foto en movimiento de ese instante en el que empieza a romperse todo aquello que parecía poderoso e inamovible. Aquí, lo que se rompe y se cae es un hombre, y con él todo un sistema. La que asciende es una mujer, y con ella un sistema nuevo o, quizá, solo un simulacro.

Se os va la olla o qué

Lucía Carballal, que desde hace años compagina la literatura dramática ( Una vida americana , La resistencia o Las bárbaras) con la escritura de guiones para series de televisión como Vis a Vis o Galgos, debuta en la dirección con esta historia, estrenada y producida por el Centro Dramático Nacional, cuya acción sitúa en la sala de guion de una serie. Una sala de suelo y paredes grises, un espacio como estructura pesada y aparentemente inamovible, con focos de plató y tres gradas en las que veremos una cafetera y uno de esos radiocasetes de los 80, con su pletina y su rueda para mover el dial. En el centro del espacio, la mesa de trabajo de los guionistas.

En ella se sienta un tipo cerca de los 50, vestido también de gris, moderno, casual, que se acerca a un micrófono y dice: “Escena cero: Jacobo, guionista veterano entra en el plató y toma asiento, ante él un libreto. Jacobo, dos puntos: Yo soy el creador de Hijas del voleibol, una serie de televisión que cuenta la historia de un equipo de voleibol femenino desde la nada hasta convertirse en un equipo profesional que entrena y compite e incluso llega a jugar la final de un gran torneo mundial. Ese es el arco. El personaje protagonista, la joven Oksana, es nuestra heroína, la líder, la capitana. Desde la emisión del primer episodio, la serie se convirtió en un fenómeno de masas. Teníamos un éxito. Hasta que se emitió el capítulo final”. Y Carballal, que acaba de presentar a su personaje leyendo el inicio del libreto de la obra, nos dice nada más empezar que en esta historia habrá algo de metateatro, de metaserie, y que aquí hemos venido a jugar.

Un momento del montaje de ‘Los pálidos’. (Luz Soria)
Un momento del montaje de ‘Los pálidos’. (Luz Soria)

En ese capítulo final de la serie, Jacobo (Israel Elejalde) decidirá que esa campeona se quede embarazada con 21 años y abandone la competición. En redes, reacciones furibundas y mensajes del tipo “con todas las chicas que hay en el mundo buscando su power, por qué hacéis que tenga un hijo, hijos de puta, se os va la olla o qué”. Y a ese equipo de guionistas presionados y en crisis llega María (Natalia Huarte), con su gorrito de lana y su ropa molona, una joven que dio clases particulares a la hija de Jacobo, Miranda (Alba Planas), para que aprobara la EVAU y que ahora es una dramaturga indie, feminista, con una novia librera y una de esas mujeres que lleva tiempo preguntándose quién construye el relato y para qué. María se sentará junto a Jacobo, su hermano Max (Miki Esparbé) y Gloria (Manuela Paso) en torno a esa mesa en la que está en juego salvar la segunda temporada de esa serie, pero no solo, porque Los pálidos no es una obra sobre el universo de la ficción ni sobre las miserias de sus guionistas —esa sala de guion podría haber sido la redacción de un periódico o la sede de un partido político—, sino una historia sobre “la idea de relevo entre un personaje masculino en caída y, al mismo tiempo, el recorrido de una mujer que sube, cuya voz empieza a ser más escuchada, que progresa dentro del sistema de producción, en eso que llamamos el ascensor social”, explica Lucía Carballal a este diario. Pero, ojo, que del relevo no se salva nadie.

Relevo para todos y, por fin, la clase trabajadora

Aunque hay espacio para el humor, Los pálidos es una tragedia a lo grande, aunque tampoco lo parezca. “La obra no es un drama, es una tragedia, y está conectada con esa idea de que todos hemos relevado a alguien y todos seremos relevados. Por eso quise trabajar el relevo desde ambos puntos de vista, con humildad, porque yo me asemejo más al personaje de María, evidentemente, y en ella hay mucha parte de mi corazón”, explica Carballal, “pero un día seré una mujer relevada, si no lo soy ya para las chicas de 20 años, y para poder escribir al personaje de Jacobo tuve que conectarme con esa idea, la de que formo parte, para empezar, de una era analógica, con unos valores que en muchos sentidos ya no sirven para nada y con un relato del mundo que, quizá, dentro de muy poco ya no sea tan atractivo”.