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El crítico que más sabe de cine: dime qué edad tienes y te diré qué película eres Tuesday, 28 February 2023


Como en una película de Wong Kar-wai, a algunas películas se llega, como a algunos amores, a destiempo. A veces por falta de interés, a veces por falta de madurez, a veces porque se tiene la cabeza está en otro lado. Y esa película que te cambiará la vida -pero tú no lo sabes y, a lo mejor, nunca lo sabrás- se queda en la estantería, languideciendo, esperando, como aquella persona con la que cruzaste esa mirada, pero con la que nunca te atreviste a hablar. Ocurre también con los libros. ¡Malditos los pedagogos que empujan a generaciones a detestar a Quevedo por considerar que debe leerse demasiado pronto! ¡Maldito también aquel que decidió que Roald Dahl, tan de actualidad ahora, era demasiado infantil para estudiarlo en Literatura Universal, en Bachillerato! ¿A qué edad es conveniente acercarse al cine de Ozu, de David Lynch, de Woody Allen, de Pedro Costa? ¿Puede ver un niño Saló o los 120 días de Sodoma sin traumatizarse? ¿Y un entrañable abuelo con un triple bypass coronario a cuestas?

El crítico de cine Alejandro G. Calvo responde a estas y muchas otras preguntas en su primer libro, Una película para cada año de tu vida (Temas de hoy, 2023), un ensayo a medio camino entre la autobiografía, el manual de cine y la crítica (siempre amable). Imaginemos que cada uno de nosotros vive 100 años. Y que sólo pudiéramos ver una película al año. A partir de esta premisa, Calvo escribe un diario sentimental de su cinefilia, eligiendo cuidadosamente un título de acuerdo a cada uno de los años cumplidos, empezando desde el mismo momento del nacimiento. Para celebrar esa llegada al mundo, siempre extraña y desconcertante, Calvo propone iniciarse con El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick, un guiño dirigido más bien a esos padres y madres que asisten al milagro de una nueva existencia.

"Es una película que parte de lo particular -el nacimiento del primer hijo de una familia norteamericana en los años 50-, para explorar lo universal, el punto de inicio de la materia, la luz y el espacio en el universo", escribe Calvo. "Al inicio del mundo le sigue el inicio de la vida del joven Jack. Porque así es el nacimiento de un hijo: el comienzo de una nueva vida para todos los implicados en ella. El momento de mayor belleza y emoción con el que uno puede encontrarse. Cuando nació mi hijo Nicolás, no pude evitar cogerle en esos minúsculos pies, al igual que Pitt en la película de Malick. Ahora lo entiendo todo, pensé mientras lloraba, desbordado yo también por todo el amor que estaba explotando dentro de mí. Mi particular Big Bang".

Sólo en este párrafo ya se puede intuir la aproximación de Calvo al cine y a la crítica desde la emoción y la experiencia personal. Del mismo modo que Tarantino recuerda cuándo y cómo vio cada una de las películas que han pasado delante de sus pupilas, su cámara oscura personal, Calvo comparte esa cinefilia aglutinadora indisoluble de la primera persona. En los últimos años se ha convertido en una referencia en YouTube, donde cuelga sus críticas y sus A quemarropa, videoensayos de más de hora y media en los que analiza, por ejemplo, los grandes hitos del western, el cine de ciencia ficción o el slow-cinema, y que acercan al público más joven -y no tan joven- una forma de entender y amar el cine más allá de los estrenos o las modas.

En su libro hay lugar para todo tipo de cine y de géneros, desde el documental histórico del camboyano Rithy Pahn -a los 65 años Calvo recomienda S-21: la máquina de matar de los jemeres rojos- hasta La Lego película (2014), de Phil Lord y Christopher Miller, para quienes hayan cumplido 11 años. "Yo entiendo el cine como algo integrador", defiende. "Estoy radicalmente en contra de los elitismos y de aquellos que usan el cine como arma arrojadiza contra los demás. Creo que el cine está para unirnos y no para separarnos, y cada uno puede hacer lo que le dé la gana. Tú puedes decir que sólo ves cine coreano toda tu vida. Oye, superbién, porque así te volverás un experto en algo. Si me cierro las puertas con algo significa que me lo estoy perdiendo. Incluso hay una satisfacción muy grande en seguir intentándolo con un director o directora que no te gusta y que, de repente, hace algo de lo que disfrutas. O al revés. Que un director que amas haga una película que no te guste, ¡y no pasa nada! En ese sentido, hay muchos críticos que no están de acuerdo conmigo y que no me valoran porque te puedo hablar de Antonioni, pero también de Quantumania, y lo hago con la misma ilusión. Como he tenido mucha suerte en la vida y llego a mucha gente, ahí estamos, destruyendo los paradigmas".

En los primeros años de vida, el crítico propone títulos como Las aventuras del príncipe Achmed (1926), de Lotte Reiniger -una preciosa película de animación inspirada en las sombras teatrales del wayang indonesio-, El circo (1928), de Charle Chaplin -una obra maestra del slapstick, es decir, la comedia de trompazos- o, por supuesto, un título salido de la fábrica de los sueños del ratón, 101 dálmatas (1961), de Clyde Geronimi y Hamilton Luske -uno de los trabajos más expresionistas de la factoría Disney, con permiso de Fantasía (1940), que cuenta con una de las mejores villanas del cine, Cruella de Vil-.

Alejandro Calvo, autor de ‘Una película para cada año de tu vida’. (Fran J. Martín)
Alejandro Calvo, autor de ‘Una película para cada año de tu vida’. (Fran J. Martín)

"Esto lo he experimentado con mis hijos", ríe Calvo. "Les ponía Buenos días (1959) de Ozu, porque estaba convencido de que era para niños. Ozu les entra muy bien porque Miyazaki les entra muy bien. El tempo narrativo, que es lo más preocupante para los niños, que están acostumbrados a ver imágenes superrápidas y violentas, de repente, no les parece más lenta Buenos días que Mi vecino Totoro (1988). Y se reían muchísimo". Calvo quiere romper con esa falsa creencia de que el cine infantil debe ser simple, pero también con la idea de que una cinta infantil no apele también a la sensibilidad de los adultos. "A los niños les choca, quizás, el blanco y negro, más que el tempo. Yo uso a mis hijos de conejillos de indias, pero les respeto mucho. Y les he puesto películas como Solo los ángeles tienen alas (1939) de Howard Hawks, y he visto que no estaba funcionando… es una de mis películas favoritas. Y no ha entrado, pero ya entrará. Estas son recomendaciones, que ellos elijan. En el libro también recomiendo Kiarostami, que es un poco más bestia, porque ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987) es una película bucle que se mueve en círculos sobre sí misma, pero es una historia sobre la infancia y la amistad preciosa, imbatible. Aparte de que les está enseñando un mundo ajeno, como son los pueblos de Irán".

En el libro no pueden faltar Los siete samuráis (1954), de Akira Kurosawa -para quien haya cumplido 43 años- ni Centauros del desierto (1956), de John Ford -para los 45- ni Los odiosos ocho (2015), de Quentin Tarantino -para los 47-. "Ha quedado un libro muy romántico. Hay más melodramas que cine de terror o fantástico. Es algo que es accidental, no es premeditado", reconoce. "Me he ido encontrando que iba a hablar de In The Mood For Love (2000), de Los puentes de Madison (1995), de Antes del atardecer (2004) y no iba a hablar de Zombie (1978) de George A. Romero, ni Seven (1995), de David Fincher, que tenía muy claro al principio que quería que apareciesen. Sin embargo ha entrado mucho melodrama. Fellini se ha quedado fuera. ¡Y Pasolini! ¡Se han quedado fuera!".

Películas que pensaba que aparecerían inevitablemente en su libro, clásicos indiscutibles, tampoco aparecen en el libro, como La Dolce Vita (1960) o La Strada (1954). "Saló o los 120 días de Gomorra (1975) es una de las películas de mi vida. Lo que me pasó es que ya había decidido los títulos hasta los 70 años. La volví a ver y pensé: ¿cómo vas a poner Saló más allá de los 70 años? Si alguien va a la estación de autobuses de Teruel y se lo compra y tiene 73 años y busca y encuentra Saló y se la pone, a esa señora la he matado. Me alegré de haber metido a Rossellini, con Te querré siempre (1954), a los 53 años, una película muy melodramática, muy de crisis de pareja, de crisis de la mediana edad".

Un momento de ‘Saló o los 120 días de Sodoma’.
Un momento de ‘Saló o los 120 días de Sodoma’.

Y es que son las historias más tristes, aquellas que se quedan pendientes, como los amores imposibles, las que hablan mejor de la condición humana. El juego entre deseo, frustración y la fabulación de lo que podría haber sido. "¿Qué películas hablan mejor de la vida que los melodramas? Porque las mejores películas románticas son las que acaban mal. Las historias de amor que acaban bien, como las películas de atracos que acaban bien, no son buenas. Un atraco que sale mal y mueren todos, ¡esa es la película!", defiende. "¿Por qué es tan maravillosa In the Mood for Love? Porque los protagonistas ni se tocan. Si se les viese hacer el amor -algo que Wong Kar-wai llegó a filmar-, In the Mood for Love ya no funcionaría. Si en Los puentes de Madison Francesca se baja del coche, sería terrible. Porque lo importante es que ella decida no bajarse del coche para hacer feliz a los demás y no ser feliz ella, pero pensar que aunque sólo haya tenido esos cuatro días de felicidad, esos cuatro días justifican su vida. ¡Ahí hay una película! Porque hay una emoción en la que cualquiera se puede sentir conectado, porque cualquiera se ha enamorado y le ha salido mal. La alternativa: se baja del coche, se separa, se queda a los hijos el fin de semana, se va a vivir con el fotógrafo que es un borracho…", bromea.

Si El árbol de la vida es la película ideal para nacer, 2001: odisea en el espacio (1968), de Stanley Kubrick, es perfecta para morir. "2001 es el cierre. ¿Qué hay más allá? Kubrick se atreve a elucubrar con lo que hay más allá de la muerte desde una perspectiva alejada del New Age. Lo hace desde una perspectiva científica. Vuelve locos a todos los científicos planteando el fin del mundo y el Más Allá. Pero que nadie se espere a los cien años para ver 2001".

Si ‘El árbol de la vida’ es la película ideal para nacer, ‘2001: odisea en el espacio’ (1968), de Stanley Kubrick, es perfecta para morir

La trayectoria de Alejandro Calvo hasta convertirse es uno de los críticos de cine más innovadores es, también, poco habitual. Licenciado en Ingeniería Química, Calvo comenzó colaborando en blogs de cine en aquel protointernet en el que los módems interferían con las llamadas telefónicas. "Desde siempre leía todas las críticas, las recortaba y las guardaba con mis VHS. Veía Arma joven (1988), con Emilio Estévez. Buscaba la crítica de Jordi Costa, la recortaba y la metía en mi VHS. Pero luego me encontraba que ‘Arma joven’ tenía una secuela llamada Intrépidos forajidos (1990), pero no había crítica. Yo tenía un archivador con todas las críticas de mis VHS y a veces no cuadraban. Así que, con 13 ó 14 años empecé a escribirlas yo. Eran unas críticas espantosas y ridículas", recuerda. "La única ambición que tenemos los críticos de cine es la de ver las películas gratis. Y los primeros. El día que descubrí que existían los pases de prensa gratis, casi me muero, porque yo lo que hacía era irme al primer pase de los viernes para escribir el primero".

Sus vídeos son la prueba de que el cine -y la crítica- todavía pueden apelar al público más joven, sobre todo si lo hacen lejos del encorsetamiento del crítico sesudo y sancionador. "La crítica no ha muerto porque el cine no ha muerto. Los cines siguen abiertos y a la gente le sigue encantando ver películas. Mientras eso exista, la crítica y el periodismo cinematográfico son necesarios. El periodismo, desgraciadamente, se ha visto obligado a cambiar de forma radical, por culpa de las tecnologías. Pero hay que tratar de reinventarse. Nunca ha habido tanta oferta, es demencial. Si no estamos nosotros la gente se va a volver loca. Nos necesitan los que lo producen y los que no consumen. Para que, entre todo lo que se está produciendo, saber qué es lo importante".

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