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Cuando hasta los progres creían que la raza condenaba a los negros a ser delincuentes Tuesday, 07 February 2023


El papa Benedicto XVI hablaba con frecuencia del relativismo cultural y sus peligros. A buena parte de la derecha le gusta acusar a la izquierda de haber convertido su igualitarismo en relativismo cultural. Es un término que suele oírse cuando se debate sobre el ateísmo y sobre la obligatoriedad de que las mujeres lleven velo en algunos países islámicos. También algunos científicos se quejan del relativismo cultural cuando no se les hace demasiado caso.

Pero ¿qué demonios es el relativismo cultural?

Foto: Alejo Schapire.
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Para saberlo, debemos empezar en Minden, una pequeña ciudad de Prusia, a mediados del siglo XIX. Allí nació Franz Boas, hijo de judíos de clase media asimilados a la cultura alemana. Su inclinación por la naturaleza y la geografía fue temprana y, después de doctorarse en Física, decidió ser explorador: en 1883, con 25 años, se marchó con una expedición a la isla de Baffin, en el Ártico, para estudiar los movimientos migratorios de los esquimales.

El individuo, no la cultura o la raza

En la isla de Baffin, más allá de los datos científicos que recopiló, descubrió algo que para nosotros es una obviedad, pero que no lo era hace 140 años: los nativos no eran representantes impersonales de una cultura primitiva y tosca, sino individuos con pasado, familias idiosincrásicas, recuerdos y personalidad. Lo que los etnólogos —que era como se llamaba a estos exploradores que intentaban entender a pueblos remotos— debían estudiar no eran las culturas y su grado de desarrollo, pensó Boas. Debían preocuparse por los individuos, porque eso es lo que existe, no por palabras más grandilocuentes como cultura, civilización o, de manera clave, raza.

No era cierto que, como decía la teoría dominante entonces, todas las razas se encontraran en uno de los tres estados de la evolución: salvajismo, barbarie o civilización. “La civilización no es algo absoluto, sino relativo”, escribió a su regreso. “Nuestras ideas y nuestras concepciones” son fruto del lugar en el que hemos nacido o crecido.

Portada del libro ‘Escuela de rebeldes’.
Portada del libro ‘Escuela de rebeldes’.

El libro Escuela de rebeldes , del especialista en relaciones internacionales Charles King, cuenta que cuando Boas empezó su trabajo, la noción de raza era omnipresente. No solo determinaba la actividad de los etnógrafos y los antropólogos —como también se les empezaba a llamar—, sino que en Estados Unidos, adonde Boas emigró, regía las leyes del matrimonio, el censo, los derechos de propiedad, la visión de la historia y el funcionamiento del comercio global. Allí, los negros, pese a ser libres, seguían marginados; la inmigración aumentaba a un ritmo sin precedentes y había cada vez más partidarios de la eugenesia.

King reconstruye maravillosamente cómo casi todo el mundo —en especial los progresistas— creía que los problemas sociales se debían sobre todo a la genética, y que lo prudente era hacer desaparecer de manera paulatina a las razas inferiores. Eso no solo afectaba a los negros, los indios o los chinos, cuya biología, aseguraban muchos biempensantes, era la causa de su tendencia a la holgazanería o la delincuencia, sino también a los blancos de peor clase, entre los que estaban, por supuesto, los del sur y el este de Europa. No era racismo: era lo que decía la ciencia, afirmaban.

Las diferencias físicas dentro de dos personas de una misma raza podían ser tan grandes como entre las de dos razas distintas

Boas y un grupo cada vez más nutrido de jóvenes estudiantes que iniciaban sus estudios de campo en reservas indias estadounidenses, zonas mayoritariamente negras o la Micronesia fueron desmontando esa teoría. Las razas no eran algo estable. En realidad, eran un concepto cuestionable: las diferencias físicas dentro de dos personas de una misma raza podían ser tan grandes como entre las de dos razas distintas. En todo caso, la raza no te condenaba a ser un delincuente y un vago, o un emprendedor o un burgués. "Si no había una permanencia física del concepto de raza —cuenta King— entonces tampoco podía existir un grupo de rasgos que se asociara con ella, como la inteligencia, la capacidad física, la eficacia colectiva o la aptitud para el progreso de la civilización".

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La gente no estaba definida por lo que era (su raza), sino por lo que hacía (la manera en que vivía). Y lo que hacía estaba marcado por la adaptación al medio: si unos melanesios eran adúlteros, o unos negros cantaban determinadas canciones, o los siux tenían una cierta religión, no era por su raza: era la manera en que intentaban vivir "de una manera sensata y lo menos frustrante posible", fruto de intercambios producidos en el espacio y el tiempo. Si interpretábamos mal las costumbres ajenas era porque solo teníamos una herramienta para juzgarlas: nuestras propias costumbres. Debíamos obligarnos a superar esa limitación.

De la antropología al activismo

Eso enfrentó a Boas y a su equipo con la sociedad estadounidense. La mayoría de las discípulas de Boas, que eran mujeres con vidas poco convencionales, vieron en ese nuevo enfoque una manera de explicar su propia excentricidad. También las empujó a traspasar la línea entre la antropología como ciencia y el activismo político: varias de ellas se convirtieron en famosas intelectuales de izquierdas —como Margaret Mead, que tras estudiar las costumbres sexuales en Asia defendió el amor libre en Estados Unidos—, aunque alguna también vio en el relativismo cultural un motivo para el conservadurismo, como la fascinante escritora negra Zora Neale Hurston, que reprochaba el paternalismo de la izquierda con los afroamericanos.

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Escuela de rebeldes no es un tratado de antropología: es casi un relato de aventuras en el que un grupo de hombres y, sobre todo, de mujeres, viajaban, exploraban, investigaban, escribían y luego defendían en público sus ideas contra los convencionalismos de la sociedad.

Pero ¿es peligroso el relativismo cultural, tal como afirman los derechistas y, en menor medida, los izquierdistas y los laicos? Sin duda, tiene algunos problemas. ¿De veras no podemos pensar que las sociedades más tolerantes tienen culturas más desarrolladas que las violentas o autoritarias? ¿Acaso algunas poblaciones no se han adaptado a la realidad de manera más eficaz y justa que otras? ¿Tenemos derecho a intentar influir en otras culturas para que se parezcan algo más a la nuestra? Sin embargo, en el trabajo de estas rebeldes, que este libro recoge de manera magistral en una narración vibrante, también había una fuerte defensa del individualismo frente a la rigidez social y las fanfarronerías de quienes creen que su cultura es la mejor, siempre y cuando ellos sean las fuerzas dominantes en ella. Una lección extraordinariamente útil para nuestro tiempo y sus contradicciones.

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