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Por qué las películas deben tener un final feliz: una razón política Thursday, 09 February 2023


Argentina, 1985 ha ganado el Globo de oro a la mejor película en lengua no inglesa. Merecidamente, porque es un muy buen largometraje. A pesar de su éxito, y como suele ocurrir, no ha gustado a todo el mundo. Una de las críticas más significativas la ha formulado el prestigioso economista Branko Milanovic, que basa su rechazo en algunos argumentos muy interesantes.

Lo curioso es que su crítica yerra en la medida en que plantea objeciones acertadas. Milanovic señala que el largometraje tiene una estructura y una factura hollywoodienses, y que, por tanto, reduce a estereotipos banales una historia más compleja, lo que evita que las cuestiones importantes salgan a relucir. Argentina, 1985 tiene una estructura clásica, pero quizá ya no hollywoodiense. El cine estadounidense se ha convertido en otra cosa: Hollywood raramente produce películas de esta clase, porque la mentalidad que domina la industria y el tipo de recorrido comercial que pretende les hace apostar por largometrajes muy diferentes.

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Pero aceptando el punto de partida, la filiación clásica de la obra, las objeciones de Milanovic denotan una mala comprensión política de una película política. Es cierto que emplea un viejo estereotipo, el del héroe, reticente y malhumorado, al que solo secundan unos jóvenes y voluntariosos ayudantes, que se enfrenta a malvados protegidos por una maquinaria poderosa. Y lo es también que, al partir de este planteamiento, personaliza un asunto tan difícil y con tantas ramificaciones como fue el del juicio a las juntas militares, lo que puede conducir a una reducción en exceso amable.

Desde mi punto de vista, esa simplificación es más que aceptable en este caso. Más allá de todas las complejidades, políticas, geopolíticas y de equilibrios de poder internos, con las que tuvo que desenvolverse la transición argentina, muchas de las cuales desconozco, el modo cinematográfico de narrar la historia es pertinente.

La actitud adecuada

A Milanovic le parece inadecuado que la película tenga un buen final; debería tener uno infeliz, que provocase que “cada uno de nosotros se preguntara qué decisiones habría tomado. Y lo duro que habría sido”. Al contrario, es mucho más sencillo comenzar a formularse las preguntas adecuadas cuando el final es esperanzador. Y no me refiero a que, con todas las salvedades, que son muchas, ese juicio supusiera un aldabonazo en la sociedad argentina que permitió abrir otros procedimientos judiciales, sino a un elemento que es esencial para las creaciones culturales y los efectos que producen en las sociedades contemporáneas.

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Los finales felices son particularmente necesarios en nuestra época, y más todavía si se trata de películas políticas. Nos hacen falta porque en la vida no ocurre así, y porque el sentimiento dominante en nuestra sociedad está imbuido de cierto fatalismo. El “no hay alternativa” ha penetrado profundamente en los espíritus: la conciencia de que las cosas son como son y no admiten demasiadas variaciones es generalizada, y los esfuerzos por cambiarlas resultan, en el mejor de los casos, un empeño inútil. La conciencia de que los poderosos ganan demasiado a menudo, y que enfrentarse a ellos no traerá más que desgracias, es también común.

Contar historias en las que al final la justicia, la dignidad y el sentido ético prevalecen es necesario en esta sociedad fatalista

En el fondo, Argentina, 1985 narra una guerra entre la fuerza y el derecho, entre el poder desatado y la justicia. Sabemos que el primero, en la vida real, consigue sus objetivos con gran frecuencia. Por eso nos gustan esas pelis en las que ciudadanos comunes luchan por alcanzar una justicia que les pertenece y que merecen, en tanto seres humanos. Hollywood relegó este tipo de narraciones a la categoría películas de abogados, en las que un voluntarioso letrado defendía a la gente común de los desmanes de las corporaciones, pero poco más. Sin embargo, son narraciones que nos siguen gustando porque están enraizadas en nuestra psique. Hay unos cuantos sentimientos que no se pueden arrancar del ser humano, sea cual sea el régimen político y el económico en el que se viva, y el de la justicia es uno de ellos.

De modo que alguien nos cuente una de esas historias en la que al final la justicia, la dignidad y el sentido ético prevalecen es más que reconfortante; es civilizacionalmente necesario. Llevamos mucho tiempo creyendo que nada puede hacerse, de modo que emocionar a los espectadores con las peripecias de pequeños héroes que luchan por la defensa de unos valores es pertinente: puede hacer creer que también en la vida es posible. La cultura es en ocasiones performativa, es hora de que lo sea para bien.

El final feliz, más que producir un bienestar narcotizante, nos anima a tomar decisiones éticamente importantes en el presente

Cada época tiene narraciones más o menos convenientes. Hubo generaciones que crecieron entre productos culturales que les aseguraban que la dignidad, los valores y la justicia prevalecían en última instancia; después la vida les enseñaba que la realidad era muy distinta. Ahora vivimos en un entorno en el que las noticias cotidianas nos ofrecen múltiples ejemplos de lo corrupta y desagradable que son la vida política y la económica y que nos imbuyen de un estado de ánimo oscuro respecto de la vida social. De modo que encontrar algo de consuelo y de fuerza en las narraciones culturales se ha vuelto más necesario. También por sentido de la realidad; del mismo modo que los buenos no ganan siempre, tampoco lo hacen los malos. En este sentido, un final feliz, más que producir un bienestar narcotizante que nos permite “volver a casa convencidos de que nosotros habríamos tomado las decisiones éticas correctas”, nos anima a que tomemos esa clase de decisiones en el presente y en el futuro. Y eso es enormemente relevante.

Una película honesta

En segunda instancia, Argentina, 1985 es bastante honesta como película política. Argentina tuvo una transición desde un régimen dictatorial a otro democrático llena de dificultades, porque la brutalidad de la represión, y la cercanía de esta, la hacían diferente de otros cambios de régimen, como el acontecido en España. La transformación política tampoco fue provocada por una revolución, sino que tuvo lugar desde una cierta continuidad, y tocaba hacer equilibrios. El régimen democrático no podía dejar pasar los gravísimos delitos cometidos, pero tampoco podía acometer cambios realmente profundos sin que los antiguos estamentos dominantes se rebelaran, y con ellos algunos partidos políticos y parte de la sociedad. En estas transiciones, en las que nuevos dirigentes sustituyen a los antiguos, algunas de las facciones de la clase dominante deben estar del lado del nuevo régimen y las clases medias y populares deben respaldarlo.

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Esa necesidad aparece en la película, aunque no sea su núcleo. La función que cumple la tensa relación entre el segundo fiscal, Ocampo, y su madre, que tienen opiniones encontradas respecto de la dictadura, es exactamente esta. Quizá en la realidad no suela ocurrir así, y las posiciones políticas acaben por romper la familia, como señala Milanovic, pero en la película esta historia íntima no opera como interludio emocional, sino como elemento simbólico. No está ahí para reflejar la realidad del protagonista, sino el consenso a regañadientes de un país.

En ese elemento desideologizado, de defensa de lo puramente humano, residía la posibilidad de establecer un consenso social

Era clave, para que ese giro se produjera, que la sociedad argentina en su conjunto aceptase que la represión de los militares no fue fruto de un intento de contener la violencia de grupos extremistas, sino una venganza irracional que carecía de toda justificación. La película presta una atención especial a la declaración en el juicio de una madre que dio a luz durante su detención, ya que era el tipo de testimonio que ratificaba esa idea, y podía convencer a una mayoría social más allá de cuál fuera su posición política. Las brutalidades cometidas reflejaban una coordinación política que permitía y fomentaba que una serie de monstruos que disfrutaban ejerciendo la violencia, que gozaban con la humillación y con la deshumanización absoluta, tuvieran las manos libres para cometer atrocidades. La teoría de los dos demonios perdía así su fuerza. En ese elemento desideologizado, de defensa de lo puramente humano, residía la posibilidad del consenso y de la aceptación de las condenas sin que la sociedad volviera a romperse.

La valentía

Más allá de las consideraciones cinematográficas Argentina, 1985 nos habla de la lucha entre la dignidad y justicia y el puro poder deshumanizado. Por lo tanto, debería servir para que siguiéramos formulándonos preguntas profundas sobre la necesidad de esos combates. Es fácil revisar la historia, encontrar héroes desconocidos, cuyas historias pasaron desapercibidas, y alabar su inmenso coraje. Es, además necesario. Pero no serviría de nada si no infundieran un aliento especial para continuar su valentía en el presente. Esa clase de conexión también nos la ofrecen las narraciones culturales. La historia argentina desde la caída del gobierno militar no ha sido especialmente brillante, y ha sufrido varias crisis que han deteriorado profundamente el país, y que lo están dividiendo de nuevo, en el plano político y en el social. Y quizá sea más necesario preguntar qué está ocurriendo ahora, y dónde habría que poner el acento hoy en la lucha de la justicia y la dignidad frente al poder, en lugar de examinar hasta el extremo la dictadura del pasado. Sin duda, las víctimas tienen todo el derecho a la reparación, pero los problemas del país, que no son responsabilidad exclusiva, ni mucho menos, de los argentinos, son ahora de una categoría diferente, como las de los países occidentales en general. Hay una nueva clase de poder frente al que también deben hacerse valer la dignidad y la justicia. Eso es mucho más pertinente que saber, como propone Milanovic, qué decisiones éticas habríamos tomado entonces. La pregunta es cuáles son las decisiones éticas que estamos tomando ahora.

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