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Vuelve el debate sobre la inmigración, y no será bonito Thursday, 09 February 2023


Desde que Georgia Meloni llegó al poder en Italia con la promesa de reducir la llegada de migrantes ilegales, esta se ha disparado. En Reino Unido, después de los compromisos de los tres últimos primeros ministros, también ha crecido. En 2022, 330.000 migrantes ilegales cruzaron la frontera exterior de la Unión Europea; en su mayoría fueron hombres sirios, afganos y tunecinos, y alrededor de la mitad entraron a través de los Balcanes, por Serbia y Bosnia. Esa cifra supuso un 64% más de personas que el año anterior, aunque el número de las que llegaron a España se redujo sustancialmente.

Eso por no mencionar los 13 millones de ucranianos que entraron en la UE tras la invasión rusa, de los cuales 10 millones ya han regresado a su país. Por razones al mismo tiempo evidentes y un poco vergonzantes, Frontex, el servicio de protección de las fronteras de la UE, los cuenta aparte.

Foto: Cerca de 400 migrantes fueron rescatados en Lampedusa, Italia, en agosto de 2021. (EFE/Concetta Rizzo)
La inmigración irregular aumenta en casi todas las rutas a la UE… y lo peor está por llegar

Aun descontando el caso particular de Ucrania, este movimiento migratorio en las fronteras de Europa es el mayor desde 2016. Y si hacemos memoria, recordaremos que entonces se produjo en Occidente el mayor terremoto político en décadas, mucho más grave que el que tuvo lugar tras la crisis financiera. Los triunfos de Trump y el Brexit no se debieron únicamente a la gran oleada de refugiados, pero esta tuvo un papel importante en ambos. El auge de Vox no solo se produjo por el aumento de la llegada de inmigrantes a España ese año, pero sin duda fue un factor que contribuyó. El ascenso de Alternativa por Alemania —donde Merkel dio la bienvenida a un millón de refugiados— y de la Liga en Italia —adonde llegaron, solo ese año, 180.000 inmigrantes en barcos procedentes del norte de África— sin duda se debió a la inmigración.

El establishment político europeo no quiere que se repita nada parecido. Por eso, en la reunión especial del Consejo Europeo que se celebra hoy y mañana, uno de los principales puntos a tratar será el aumento de la llegada de inmigrantes y las medidas para ponerle fin. El Consejo está presidido por Suecia, partidaria de la línea dura, y el debate no será agradable. El primer ministro holandés quiere que los países del sur asuman a los inmigrantes y les impidan seguir hacia el norte. Grecia e Italia sienten, como ya ocurrió en 2016, que el resto de la Unión no está haciendo mucho por ayudarles a sobrellevar la cifra extra de recién llegados. El canciller austriaco quiere que se construya un muro en la frontera entre Bulgaria y Turquía. Su Gobierno y los de Dinamarca, Estonia y Eslovaquia han pedido a la Comisión y al Consejo “maneras innovadoras de detener la inmigración irregular” antes de que los migrantes inicien su viaje desde las costas africanas y de Oriente Próximo. El Consejo anuncia que abordará el debate “en línea con los principios y los valores de la UE”, pero den por hecho que estos se llevarán al límite, si es que no se pisotean directamente. En parte, por miedo a un nuevo auge del populismo. En parte, porque el pánico de la derecha nacionalista a la inmigración se ha extendido en buena medida al resto de las formaciones políticas. Incluido el PSOE, y de ahí, también, su pacto con Marruecos torpemente escenificado la semana pasada.

Foto: Frontera entre Macedonia del Norte y Grecia. (Reuters)
El fantasma de una crisis migratoria vuelve a tocar a las puertas de la UE

Las cifras de refugiados y de inmigrantes siguen siendo muy pequeñas en comparación con la población del continente. Alemania tuvo problemas graves para integrar al millón que acogió hace siete años, pero se fueron solucionando de manera gradual y hoy el país, como muchos otros de la UE, vuelve a necesitar mano de obra inmigrante. Sin embargo, el miedo de los políticos, reflejo del de los ciudadanos, es real. De todos los giros identitarios que la política occidental ha adoptado en la última década, los medios hemos insistido desproporcionadamente en la izquierda woke, pero el giro antiinmigración ha sido mucho más influyente en la política real. Sea por miedo (en gran medida infundado) a que los inmigrantes se queden con puestos de trabajo que podrían ocupar los nacionales, por las evidentes fricciones culturales que se producen en los barrios con mucha inmigración, por el temor al terrorismo o por una noción moralmente histérica de la identidad occidental y el miedo a que desaparezca, los europeos parecemos transversalmente renuentes a aceptar que lleguen más migrantes que huyen de las guerras, la hambruna o, cada vez más, del cambio climático. (A menos que sean cristianos como los ucranianos, por supuesto: su acogida en Europa ha sido merecida y ejemplar, pero no oculta que nuestro rechazo a la inmigración sigue teniendo motivos raciales y religiosos). Hoy sería impensable un cartel de Welcome Refugees en ninguna institución española, con independencia de quién la gobierne.

Si el debate regresa al pánico y el identitarismo, tendremos otro terremoto político como en 2016

La UE, por supuesto, debe controlar sus fronteras exteriores. Y tiene que dedicar muchos más recursos a hacerlo y a reforzar a los países que más sufren las consecuencias logísticas de acoger a decenas de miles de personas sin recursos. Sin embargo, es poco probable que surja algún acuerdo de la reunión de estos días. Pero sí lo es, y bastante, que surja un renovado interés por agitar el debate sobre la inmigración y suscitar los peores instintos hacia los recién llegados, por un lado, y entre los países europeos, por el otro.

Tenemos que hablar de la inmigración. No debería ser un tema tabú, que tanto los moderados de izquierda como de derecha rehúyen y dejan en manos de los radicales. Creo que podemos y debemos acoger cifras de refugiados tan pequeñas como las actuales por razones éticas e incluso de propio interés. Pero puedo entender los motivos de quienes piensan lo contrario y entenderé a quien no esté de acuerdo conmigo. Ahora bien, si la discusión regresa al pánico y el identitarismo, tendremos otro terremoto político como el de 2016. Sea como sea, el debate sobre la inmigración ya está volviendo. Y no será bonito.

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