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Todas esas cosas que antes podías pagarte pronto van a ser demasiado caras Sunday, 12 February 2023


Esta semana, la exdiputada Clara Serra publicó un tuit donde contaba lo contenta que se sentía por coordinar un máster sobre pensamiento crítico en el Centro Universitario BAU. Al tuit le hicieron un buen ratio desde izquierda o derechas; vamos, que recibió más reprobaciones que apoyos, por decirlo finamente. Le hicieron un buen pensamiento crítico, por el precio de susodicho máster (8.730 euros, algo menos de la mitad del salario anual más frecuente en España), por su contenido, por la carrera académica de la propia Serra y por los profesores del máster que se han caracterizado, irónicamente, por criticar la mercantilización y privatización de la educación pública.

Los másteres, este y otros, son desde hace años el ejemplo más claro de cómo una parte de la cultura (incluida la educación) está llevando a cabo un proceso de secesión gracias a precios inaccesibles para la mayor parte de la población, que como mucho, puede optar a uno de esos devaluados grados, lo máximo a lo que puede aspirar la clase trabajadora (¿cuántas veces han oído eso de "hoy una carrera no vale nada si no tienes un máster" hasta que se lo han terminado creyendo?).

A veces siento que hablo a gente con un nivel económico que nunca podré alcanzar

El caso del máster de pensamiento crítico de Serra resume bien todas las paradojas implícitas en esta secesión de la cultura. La primera es que nadie puede hablar muy alto, ni siquiera yo, porque tal vez mañana mismo me inviten a dar una charla en un curso así, y diría que sí, porque siempre viene bien para cuadrar el mes. Es más, es probable que, como tal vez le ha ocurrido a Santiago Alba Rico o a Emilio Santiago, a quienes leo y admiro, ni siquiera sería consciente del coste del máster para el alumno. (O lo sabría e intentaría olvidarlo).

La siguiente paradoja es la de siempre: como aquello del comunista con un Mac y el vicepresidente del gobierno con chalet en Galapagar, solo se les reprocha a ellos por ser de izquierda. El máster de crítica promociona un marco mental y una visión del mundo donde tienen poca cabida los másteres a 8.000 euros. Pero este es un tema manido.

Másteres para unos pocos, grados para el resto. (EFE/Fernando Villar)
Másteres para unos pocos, grados para el resto. (EFE/Fernando Villar)

La segunda gran paradoja es que es bastante posible que algunos de esos profesores, como suele ocurrir tan a menudo en las universidades privadas, no podrían pagar las matrículas que sus alumnos sí pagan. O, al menos, no habrían podido hacerlo mientras eran estudiantes.

También es bastante probable, dada la criba social que impone el precio de la matrícula, que sus alumnos terminen ganando más pronto que tarde mucho más que ellos. A veces, cuando me han invitado a dar alguna charla en algún evento para directivos o en alguna universidad, he tenido la extraña sensación de que estaba contándole mis miserias a un auditorio de un nivel socioeconómico al que nunca podré aspirar.

¿Un máster a 8.000 euros? Qué mal. ¿Aceptaría dar clase en él? Cómo no

Es una sensación habitual entre los periodistas, la de codearse con gente de una clase social muy distinta a la nuestra. Narrar cada día las miserias del Congreso para volver cada noche al piso compartido en el barrio de extrarradio, entrevistar a un Pulitzer que ha ganado el premio tras una investigación de varios años mientras tú tienes que ventilar un tema en una tarde. En definitiva, comer muchos canapés para poder poner un plato de sopa en la mesa.

No es que la cultura, como se suele decir, sea más cara, porque siempre hay mercados y propuestas que intentan hacerla asequible. Lo que ocurre, más bien, es que el aumento de la desigualdad ha provocado esa gran paradoja que es la emergencia de una maquinaria cultural plenamente engrasada que se aprovecha de las clases trabajadoras y medias para llevar a cabo esa secesión elitista en la que uno produce lo que no puede consumir.

Sirviendo lo que nunca podrás adquirir. (Reuters/Peter Nicholls)
Sirviendo lo que nunca podrás adquirir. (Reuters/Peter Nicholls)

¿Un máster a 8.000 euros? Qué mal. ¿Aceptaría dar clase en él? Cómo no. Es algo que ha ocurrido siempre (inserte imagen del chófer de Parásitos y su odio de clase), solo que en la cultura nunca había sido tan evidente esta polarización entre lo inalcanzable que es la educación más cara y lo extendidos socialmente que están los empleos del conocimiento. Todos somos en un momento u otro esos camareros de un restaurante de lujo que cuando terminan su faena, vuelven a su casa a comer lo primero que encuentran en la nevera.

Dame mi dinero que me lo he ganado

Pero el ejemplo del restaurante no es el más apropiado, porque la última gran paradoja es que gran parte de este encarecimiento no se produce en los productos más elitistas, como sería lógico, sino en los más masivos (que no es lo mismo que "popular" aunque se parezca). Sobre el papel, que algo esté pensado para las masas debería abaratarlo, pero lo que está ocurriendo con el precio de los conciertos y los festivales es la ley de la oferta y la demanda funcionando a pleno rendimiento en su versión más perversa. Pagar cada vez más por poder hacer lo mismo que los demás.

Las caras entradas no ofrecen una experiencia exclusiva, sino masiva

Estos días ha arrancado la gira americana de Bruce Springsteen, que ha coincidido con el cierre de su antiguo club de fans Backstreets. Una de las razones aducidas por Chris Phillips, su responsable, es que la polémica venta de entradas con precios variables en EEUU ha desencantado a sus seguidores (y a ellos mismos) y ha hecho imposible que puedan informar sobre la gira como en otras ocasiones. En España los precios variables están prohibidos, pero aun así, en su gira española se está vendiendo a 137 euros lo que en 1999 eran 6.000 pesetas (unos 36 euros).

Preguntado por la polémica, Springsteen respondía lo siguiente: "Durante los últimos 49 años hemos cobrado por debajo del precio de mercado. Ha estado bien. Ha sido genial para los fans. Esta vez he dicho "mira, tenemos 73 años. Quiero hacer lo mismo que todo el mundo, que los demás. Así que es lo que he hecho". Vaya golpe de realidad para los fans que siguen queriendo ver en el Jefe un icono de la clase obrera. Pero el razonamiento de Springsteen es impecable: total, para que sean los reventas los que se beneficien de las entradas baratas vendiéndolas por cinco veces su precio original, me quedo yo toda esa pasta.

A dos kilómetros de la pantalla. (EFE/Albert Olivé)
A dos kilómetros de la pantalla. (EFE/Albert Olivé)

Dado que debe tener dinero como para pagarle a su hija todos los caballos de competición que quiera y alimentar a unas cuantas generaciones de rentistas, me pregunto si no habría podido reinvertir todo ese dinero en no destruir su credibilidad durante los últimos años de su vida. Pero el razonamiento está claro: mientras haya demanda (no está dejando muchos asientos vacíos), subiré los precios hasta que deje de haberla, porque me lo he ganado, aunque eso delimite el perfil socioeconómico de quien puede acudir a sus conciertos. Para que luego digan que la generación del entitlement, la del "yo me lo merezco todo", es la de los centennials.

Lo irónico es que esas entradas tan caras a lo que te dan derecho ya no es a vivir una experiencia exclusiva, con unas condiciones de comodidad, calidad y trato exquisitas, sino a meterte en un trozo de césped rodeado de gente sudada mientras bebes cervezas a precio de sangre de unicornio, que es la experiencia vital menos exclusiva que se me ocurre. Irónicamente, es la cultura más elitista la que resulta más barata, y sale mucho más asequible ver un concierto sentado en una pequeña sala acondicionada para sonar bien que en un estadio a dos kilómetros del cantante, pero todos preferimos agolparnos en los estadios. Qué tiempos.

El signo de los tiempos es que cada vez es más caro hacer lo que hace todo el mundo

Es el modelo del festival, el de la masificación elitista. El creciente público de conciertos y festivales ha provocado que la industria se haya dado cuenta de que, por mucho que suba los precios, seguirán agotando entradas, incluso abaratando servicios (ay, esos primeros días de festival con colas infinitas porque nadie ha querido reparar en que a lo mejor se necesitaban el doble de camareros). Algo semejante ocurre con el fútbol, pero aún peor: los clubes prefieren tener el estadio medio vacío a bajar sus carísimas entradas en el tercer gallinero. El signo de los tiempos es que cada vez es más caro hacer lo que hace todo el mundo.

El problema es que el consumidor puede hacer poco. Ese razonamiento que dice que, si nadie comprase entradas, los precios bajarían automáticamente es naíf, porque no suele ocurrir: si no eres tú, va a ser otro. Así que lo que hacemos es confiarnos en que sea el propio mercado el que, explosión de burbuja mediante, termine poniendo a cada cual en su sitio y forzando una bajada de precios. La gran ironía final es que en un mundo tan humanista como el del arte tengamos que confiar en que la ortodoxia económica de la oferta y la demanda llegue ahí donde la moral de los artistas no ha llegado.

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