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En el Vuhledar de los tanques rotos: si los rusos no aprenden de sus errores, que lo hagan los ucranianos Thursday, 16 February 2023


Un reciente ataque ruso contra la localidad ucraniana de Vuhledar, un pequeño enclave minero en el Donbás, se estrelló con las defensas ucranianas. Podría parecer un fiasco militar más de Moscú en esta guerra, pero en esta ocasión pudimos ver a las fuerzas blindadas rusas hacer movimientos torpes y erráticos en el campo de batalla, con pérdidas de tropas y equipos significativas. Los ucranianos estiman que el enemigo habría sacrificado una brigada entera y hasta 36 carros de combate en el fallido asedio. Así que Vuhledar ha de servirnos para recordar que la llegada a Ucrania de carros de combate occidentales no es una panacea tecnológica y que la ejecución de ataques de fuerzas blindadas contra líneas defensivas enemigas protegidas con campos de minas requiere una coordinación precisa y unos medios adecuados.

Como vimos recientemente, hay muchas esperanzas puestas en la llegada de los carros de combate de diseño alemán Leopard 2. Alemania fabricó más de 2.000 unidades durante la vieja Guerra Fría y después de la caída del Muro de Berlín liquidó sus arsenales como parte de los “dividendos de la paz”. Aquellos Leopard 2A4 terminaron repartidos de Portugal a Polonia y de España a Noruega. Posteriormente, varios países, como España, Suecia o Grecia, encargaron un modelo más avanzado de nueva construcción. El resultado es que el Leopard 2 se convirtió en el carro de combate estándar europeo. Y es lo que la mayoría de países europeos mandará al frente —previsiblemente en la primavera— en este nuevo giro de tuerca a la ayuda militar para Ucrania.

Foto: Soldados ucranianos remolcan un tanque ruso en Donetsk. (Reuters/Gleb Garanich)
Necesitan mucho más que carros: la ‘bendita pesadilla’ logística del nuevo poder blindado ucraniano

La esperanza puesta en los Leopard 2, que en sus últimas versiones supondrían un salto tecnológico considerable respecto a los carros de combate con los que cuenta Ucrania, refleja una paradoja de esta guerra. Las ofensivas ucranianas se han convertido en un fenómeno anticipado y debatido abiertamente. Durante la primavera se discutió repetidamente la siguiente ofensiva para liberar la ciudad portuaria de Jersón y la margen occidental del río Dniéper, que finalmente arrancó el 29 de agosto. Y durante este invierno se ha hablado de la esperada “ofensiva de primavera” ucraniana. No es de extrañar, por tanto, que las fuerzas rusas quieran aprovechar la ventana de tiempo. El Ejército ucraniano al que se van a enfrentar cuando hayan llegado los materiales prometidos —y con militares formados en varios países occidentales— será más capaz que el actual.

Y el de Vuhledar, en la provincia de Donetsk, es uno de los ataques rusos que mejor encapsula las lecciones aprendidas por unos y por aprender de otros. El ataque comenzó el día 4 de febrero y en él participaron la 40ª y la 155ª Brigadas de Infantería Naval rusas. Los marines rusos, junto con las tropas paracaidistas, se consideran parte de la élite de la infantería rusa. En esta guerra, tanto las defensas costeras ucranianas con misiles como los que hundieron el crucero Moscú, así como los drones marinos que atacaron Sebastopol, han privado a Rusia de la libertad de maniobrar sus fuerzas navales en el mar Negro. Así que la infantería naval rusa no ha podido desarrollar las operaciones anfibias para las que está concebida. La ofensiva fue, además, reforzada con la 72ª Brigada de Fusileros Motorizados, una unidad bisoña y que incluye personal reclutado en la República de Tartaristán —que las minorías étnicas están sobrerrepresentadas en las listas de bajas rusas es otra constante de esta guerra—. Por su parte, las fuerzas ucranianas estaban constituidas por al menos dos batallones de la 72ª Brigada Mecanizada y, es de suponer, apoyadas por unidades de artillería.

Autopsia de un fracaso