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El reto de sobrevivir al hambre en Ucrania Saturday, 25 February 2023


La liberación de Limán en octubre no ha servido para devolver la vida a una localidad fantasma en la que los pocos civiles que quedan sobreviven gracias a la ayuda humanitaria


La carretera entre Kramatorsk y Limán, al norte de la provincia de Donetsk, es una carrera de obstáculos en forma de baches. Una rueda puede entrar en un agujero y llevar el coche directo al centro de la tierra. Pero es lo que hay. Camiones, tanques y blindados dominan una ruta de 42 kilómetros en las que se cuelan siempre que es posible los grupos de voluntarios con furgonetas cargadas de comida para ayudar a los pocos civiles que siguen allí.

El drama que se vive en Limán es el mismo que padecen 18 millones de ucranianos que soportan una guerra dentro de otra guerra. Al miedo a las bombas rusas se une el pavor a morir de hambre o congelados. Naciones Unidas ha hecho un llamamiento esta semana a los países aliados para reunir ayuda humanitaria por valor de 3.700 millones de euros y destinarlos a los casos más urgentes. De los 18 millones de personas necesitadas, 11,1 millones se encaminan rápidamente al límite de la supervivencia. Limán, la ciudad que ha sufrido un inmenso castigo en este último año y que fue abandonada por los rusos a mediados de octubre dejándola desnuda, en ruinas y sin comida, es uno de los tristes ejemplos de ese otro frente del conflicto bélico que conocen como nadie los voluntarios humanitarios.

La artillería rusa y ucraniana ruge de fondo cuando se entra en este enclave que Moscú tuvo bajo su control entre mayo y octubre, cuando sus tropas se vieron obligadas a retirarse a punto de ser cercados por el ejército de Ucrania. La pérdida de Limán provocó la ira del líder checheno Ramzán Kadyrov, que planteó al Kremlin la opción de recurrir a «armas nucleares tácticas» para evitar este tipo de derrotas.

Como hacen una vez cada mes, los voluntarios de la Iglesia Evangélica de Kramatorsk llegan hasta aquí con bolsas de raciones de alimentos, pan recién horneado y leña. «Ayudamos a unas 150 familias y las necesidades son grandes porque lo han perdido todo», informa Aleksander Sukhykh, responsable del grupo que está al volante de una furgoneta a la que esperan unas miradas que atraviesan los cristales y congelan el corazón. Ojos de hambre. Esta es una de las muchas organizaciones que se dedican a repartir ayuda en la zona del frente, un trabajo clave para la supervivencia de los civiles que se resisten a dejar su tierra. Un trabajo arriesgado que se desarrolla bajo la amenaza permanente de un ataque.

Sergei Stechenko, pasaporte en mano, da gracias y gracias a los voluntarios y les dice que es su 64 cumpleaños. «Es un gran regalo, pero si tengo que pedir algo de corazón es la paz, sentémonos a hablar de una vez para firmar la paz, es lo más importante», pide este camionero que combatió en Afganistán con el Ejército Rojo y confiesa que «entonces no sabíamos el motivo de aquella guerra y ahora tampoco entendemos esta. No entendemos nada, es de locos». Coloca la bolsa que le han dado en la parrilla de su bicicleta azul y se pierde por el piso helado de la calle Volhodonska, una de las más afectadas por los combates.

Ocupados durante cinco meses

Zvieta es la encargada de organizar el reparto y calcula que en Limán «no quedamos más de 5.000 personas, hemos resistido aquí desde el comienzo y no nos iremos porque esta es nuestra casa». Consultada por las necesidades de los vecinos, afirma que «urge la llegada de más comida, medicinas y de material para tapar las ventanas rotas porque el invierno es muy duro, pero si algo necesitamos de verdad es la paz, que nos devuelvan la paz y saldremos adelante».

Zvieta recuerda que durante la ocupación rusa «estábamos en los sótanos, apenas salíamos al exterior y no teníamos contacto con nadie. En octubre salimos de los refugios y nos dimos cuenta de que quedábamos muy pocos y que ha desaparecido el concepto de comunidad, cada uno lucha por su supervivencia». La ocupación fue de cinco meses, un tiempo en el que Moscú tuvo tiempo de renombrar la localidad como Krasnyi Lyman (Roja Limán), el nombre de la época soviética. En cuanto se retiró el último soldado volvió a ser simplemente Limán.

El reparto se realiza con orden y todos esperan su turno para recoger la ayuda y volver a sus casas. Aquí se pone rostro, nombre y apellido a algunos de esos 18 millones de ucranianos que necesitan asistencia humanitaria con urgencia, según el balance realizado por la ONU en el primer aniversario de la invasión.

Irina llora. No puede contener el llanto cuando recibe su bolsa de comida. «¡Jamás imaginé que cuando me hiciera mayor sería una persona sin hogar! Mi casa quedó destrozada y solo me queda esta ropa, vivo gracias a las ayudas, no tengo nada nada más».

Lidia Titarienko se aleja tirando de un trineo con su tesoro en forma de latas de conserva, azúcar, harina, pasta y pan. Tiene 71 años, camina con dificultad, confiesa que los meses que pasó en el sótano le han dañado las rodillas, pero no pierde la sonrisa. «Hay que seguir adelante», repite cuando se le pregunta por la vida tras el final de la ocupación. La guerra se ha llevado a su marido y a su hijo. La guerra se ha llevado la vida de lugares como Limán.

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