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Irán en el centro de la guerra global: una red de peones, ambición nuclear, y rechazo social interno Saturday, 20 April 2024


El régimen de los ayatolás sacude el mundo con su industria militar y con una red de milicias regionales que asedian Israel: desde Hamás hasta los hutíes de Yemen. Pero el descontento social y errores de cálculo podrían acabar con él


Zigor Aldama

Zigor Aldama

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Domingo, 21 de abril 2024, 00:14

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rán se ha convertido en actor clave de las dos grandes guerras que sacuden el mundo. Arrancó como secundario tardío en la invasión rusa de Ucrania, suministrando drones a Vladímir Putin y asistiendo a Moscú en la circunvalación de sanciones, y ahora se ha convertido en protagonista de la contienda entre Israel y Hamás, uno de sus peones en la región. Teherán cumplió su amenaza y, en represalia por el bombardeo de su Embajada en Siria, el pasado día 13 lanzó un ataque sin precedentes sobre objetivos en el país hebreo. El viernes, Tel Aviv respondió con otra operación contra el país persa, dibujando un círculo vicioso que abre un peligroso escenario en el polvorín de Oriente Medio.

La gran incógnita es si esta cadena de represalias ha puesto fin a la ‘paciencia estratégica’ del régimen de los ayatolás, que había impedido hasta ahora un enfrentamiento directo entre Irán e Israel. Jesús A. Núñez, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Ayuda Humanitaria (IECAH), cree que no. «Irán advirtió del ataque y lo lanzó de forma que la ‘cúpula de hierro’ israelí pudiese neutralizarlo. Ha hecho todo lo posible para demostrar que sigue siendo paciente y que no desea elevar más la tensión», analiza.

Militares iraníes en un peculiar traje de camuflaje.
Militares iraníes en un peculiar traje de camuflaje. AFP

Afortunadamente, el ataque de Israel esta semana ha sido más recatado de lo anticipado, posiblemente por la presión que ejerce Estados Unidos, y todo apunta a que Teherán dará por concluido este triste episodio. Sin embargo, Núñez apunta que todo puede cambiar si el primer ministro Benjamin Netanyahu, «principal culpable de lo que está sucediendo», continúa escalando la situación. «Le dan igual los intereses de Israel y está en una huída hacia delante para salvarse a sí mismo», sentencia.

580.000 efectivos

conforman las fuerzas armadas de Irán, a los que hay que sumar en torno a 200.000 reservistas. Es uno de los ejércitos más nutridos de Oriente Medio.

Pero Israel es consciente de que Irán no es un país cualquiera. «Puede que a nivel mundial tenga un papel menor, pero es una potencia regional con una clara vocación de exportar ideología», explica Noé Cornago, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad del País Vasco. «Tras la revolución islámica de 1979 adoptó una visión conservadora, la de los Hermanos Musulmanes, y ahora se ha erigido en valedor de las causas perdidas en los ámbitos religioso y social», añade.

Peones sobre el tablero

Ignacio Fuente, analista principal del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), coincide y señala en su último artículo que, como sucede con Rusia y Turquía, «Irán tiene una visión geopolítica expansiva y entiende que la mejor forma de garantizar su estabilidad interna y el equilibrio regional es a través del control de los espacios geográficos que los rodean».

Y eso es algo que ha hecho tejiendo una red de grupos milicianos afines a quienes arma y financia: desde Hezbolá en Líbano, hasta los hutíes en Yemen. La mayoría pertenece a la rama chií, la misma de Irán, pero también los hay suníes, como Hamás, que comparten ideología y el odio hacia el sionismo.

Manifestación en Irán a favor de Palestina.
Manifestación en Irán a favor de Palestina. AFP

Teherán ha delegado en esta red el hostigamiento a Israel, cuya destrucción tiene como objetivo. Pero cada vez es más evidente que está perdiendo su capacidad de control y de liderazgo. «Cuando se empodera a estos grupos, que están muy fragmentados y ansían un mayor protagonismo regional, y no existe una toma de decisiones centralizada, pueden desarrollar sus propias operaciones e incrementar su agresividad», comenta Félix Arteaga, investigador principal de Seguridad y Defensa del Real Instituto Elcano.

Los ataques de Hamás del pasado 7 de octubre y las operaciones de los hutíes en el Mar Rojo son buen ejemplo de ello. «Irán tendrá que acabar marcando diferencias con ellos», avanza.

Teherán ya se ha visto obligada a dejar de actuar a través de títeres y hacerlo en nombre propio. «Tiene como ventaja que varios países le separan de Israel y eso obliga a una guerra a distancia», destaca Arteaga. «Pero está cada vez más solo en la región. El conflicto es cada vez más uno de Irán contra todos», subraya Cornago. Todos los expertos coinciden en que, además, el régimen es perfectamente consciente de que sus capacidades son inferiores a las del enemigo.

La ventaja nuclear

«Tiene una industria militar potente, pero obsoleta por el efecto de las sanciones. Sus drones hacen daño, pero son casi piezas de museo. Cuenta con misiles para atacar Israel, pero no con un sistema de defensa que le proteja», enumera Núñez. «Tiene muchas tropas de tierra, pero la fuerza aérea y la naval están muy anticuadas», concuerda Arteaga.

Y hay una diferencia que destaca sobre el resto: Israel tiene armas atómicas e Irán no. De momento. «Está muy cerca de convertirse en un estado atómico. Ya enriquece uranio al 60%, muy cerca del 90% requerido para uso militar. Y podría lograrlo en cuestión de días», afirma Raz Zimmt, analista del Instituto para Estudios de Seguridad Nacional de Israel.

«Pero ese sería solo el principio, porque luego necesita crear una bomba atómica y el misil balístico que la lleve hasta el objetivo. La inteligencia dice que aún le faltan entre 6 meses y dos años para lograrlo», puntualiza el experto israelí. «La pregunta no es si Irán acabará teniendo la bomba sino cuándo», apostilla Arteaga. Y eso cambiaría por completo las reglas del juego, porque Israel tendría que pensar mucho mejor si puede atacar Irán.

Núñez, sin embargo, le vuelve a dar la vuelta a la tortilla al asunto. «Se habla mucho del peligro que suponen las armas atómicas que Irán no tiene y muy poco de las que Israel sí tiene. A ese respecto, la decisión de Donald Trump de retirarse del acuerdo con Irán fue nefasta, porque nos ha quitado los ojos que teníamos sobre el terreno», analiza. «Ese acuerdo, además, incluía grandes incentivos económicos para la industria Occidental. Su fin ha llevado a Irán a estrechar los lazos con Rusia, a quien le une una relación forzada», señala Cornago. El enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Objetivo: derribar al régimen

En esta coyuntura, las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos van a ser clave. «Netanyahu y Putin están alargando sus guerras apostando a que Trump regrese a la presidencia», afirma Núñez. «Si eso sucede, no veremos a Estados Unidos enviar 100.000 soldados para participar en alguna operación, pero sí que podría ordenar acciones quirúrgicas destinadas a descabezar movimientos, incluido el revolucionario de Irán», contempla Cornago. Y a eso se podría añadir otro elemento relevante: la presión doméstica.

Estados Unidos: el mayor enemigo.
Estados Unidos: el mayor enemigo. AFP

Porque, como señala Arteaga, «Irán busca enemigos externos para compensar su falta de apoyo social y debilidad interna». Y las grietas sociales son cada vez mayores. «Cuesta mucho dinero mantener esa red de grupos afiliados. Y se estima que Irán ha invertido hasta 30.000 millones en la guerra de Siria. Sin embargo, las sanciones económicas hacen mucho daño, tiene que vender el petróleo con grandes descuentos, y el salario mínimo apenas alcanza los 130 dólares. El Gobierno tiene que subvencionar hasta el té. Todo eso provoca mucho descontento», subraya el analista del Instituto Elcano.

Arteaga incide en que, aunque el movimiento de las mujeres contra el velo es el que más notoriedad ha logrado en la prensa extranjera, «hay manifestaciones de índole económica por todas partes». Se quejan los trabajadores, los pensionistas, y una generación de jóvenes que «está esperando a que todo cambie». A eso hay que sumar revueltas de refugiados afganos y el terrorismo de grupos kurdos o baluches.

Además, muchos todavía recuerdan las libertades que existían antes de la revolución islámica. No obstante, Arteaga señala que «es difícil que la oposición se una y los movimientos sociales cuajen porque la represión es enorme». Núñez, además, añade la habilidad que el régimen ha tenido para mantener el suficiente grado de estabilidad «con clientelismo y paternalismo», y vaticina que no se produzcan grandes cambios en el futuro a medio plazo. «Una campaña militar para derribar al régimen es impensable, y la estrategia de que reviente por la propia población sigue sin funcionar», comenta el codirector del IECAH.

De momento, el escenario más plausible apunta a la continuación de la actual escalada de tensión. Cornago, por ejemplo, avanza que veremos más elementos de la guerra híbrida, como los ciberataques. Arteaga también apuesta porque se mantengan los ataques a Israel desde los frentes que abren los peones de Irán en la región, y todos creen posible que se fortalezca el eje Ruso-iraní, con algún cameo de países como Corea del Norte o China, que ha decidido mantenerse de momento al margen y que podría decantar el escenario geopolítico hacia un lado u otro. Como de costumbre, solo hay una certeza: en cualquiera de los casos la población civil será la más perjudicada.

«Ser mujer joven en Irán es una pesadilla»

Azadeh es contraria a cubrirse la cabeza. Es iraní y musulmana, pero ve en este elemento un símbolo de la supeditación de la mujer al hombre. Y, ahora, también de sumisión al régimen de los ayatolás, que han endurecido la represión contra las mujeres que muestran con su pelo al aire la exigencia de cambios políticos y sociales. A pesar de la represión que ejerce la policía de la moral, muchas jóvenes siguen saltándose las normas de la República Islámica, a pesar de que eso puede acarrear su detención, una paliza en plena calle, o incluso la muerte, como le sucedió a Mahsa Amini. «Ser mujer joven en Irán es una pesadilla. Pero tenemos que hacer lo posible por cambiar las cosas, porque si nos quedamos de brazos cruzados somos cómplices de lo que sucede», afirma. No obstante, reconoce que al movimiento aún le falta tracción, porque solo es fuerte en las ciudades.

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